Comienza de nuevo el Camino al Rocío para la Hermandad del Rocío de Córdoba, y con él se abre ese tiempo suspendido en el que la vida parece regirse por otra cadencia, más lenta, más honda, más humana. Hay en la salida una alegría de oración compartida, un modo de comunión que se expresa en lo cotidiano: en el saludo fraterno, en el polvo que se levanta sin pedir permiso, en la conversación que se mezcla con el cansancio y la ilusión, en el rezo improvisado que brota cuando menos se espera y en esa emoción difícil de explicar que se instala en el pecho conforme la ciudad va quedando atrás. A media mañana, el Ángelus irrumpe como un paréntesis sagrado en mitad del itinerario, recordando que el tiempo no solo se mide en kilómetros, sino también en plegarias. Y en la misa en la pará, cuando el camino se detiene para escuchar lo eterno bajo el cielo abierto y el rumor de los pinares, la Hermandad se reconoce a sí misma como pueblo en marcha, como comunidad que no solo avanza, sino que también se detiene para mirar hacia dentro y reencontrarse espiritualmente consigo misma.
Todo el recorrido —que en el caso cordobés alcanza la nada desdeñable cifra de nueve días de camino— se convierte en una experiencia de resistencia serena, de convivencia exigente y de belleza inesperada. Porque hacer el camino desde Córdoba no es precisamente un capricho folclórico ni una excursión romántica para la fotografía de rigor en redes sociales. Supone un esfuerzo físico, económico y organizativo gigantesco para una hermandad que atraviesa kilómetros y kilómetros de carreteras, senderos y arenales hasta alcanzar la Aldea. Quien ha vivido el camino sabe que no hay gesto pequeño ni instante irrelevante, que cada parada contiene una enseñanza y que cada jornada acumula una verdad que no se escribe, sino que se vive. La Hermandad, en ese discurrir lento y fatigoso, no solo avanza hacia el Rocío, sino que se redefine a sí misma en cada amanecer, en cada convivencia improvisada y en cada oración pronunciada al compás de los mulos, de los bueyes, de las sevillanas rezadas y del cansancio compartido.

Sin embargo, conviene recordar —aunque a algunos les incomode la evidencia— que no todos los discursos que rodean al Rocío parten del conocimiento real de lo que allí acontece. Abundan las lecturas apresuradas de quienes confunden la romería hablando de ella como si de una procesión de penitencia se tratase, escandalizándose ante la alegría, la música o la fiesta sin comprender que precisamente ahí reside parte esencial de la identidad rociera. El Rocío es júbilo popular, convivencia, celebración y oración expresada de modos diversos. Y del mismo modo proliferan también quienes convierten el camino en una especie de competición moral absurda, ensalzando a quienes lo realizan mientras señalan a quienes únicamente pueden acudir durante el fin de semana de la romería. Una actitud profundamente injusta, cargada de una demagogia barata y de una ignorancia todavía mayor, porque muy pocos trabajadores pueden permitirse el lujo de disponer de dos semanas libres en pleno mes de mayo para atravesar media Andalucía y llegar a la aldea prometida. Hay quienes querrían hacerlo y simplemente no pueden. Y eso no convierte a nadie en mejor ni peor rociero.
Porque, al final, todo el sentido del camino se comprende únicamente desde su destino, desde esa espera que lo ilumina y lo justifica. El trayecto no es fin en sí mismo, sino tránsito; no es culminación, sino preparación para el encuentro definitivo. Todo adquiere su verdadera dimensión cuando la Hermandad llega ante la infinita presencia de la Virgen del Rocío, cuando el cansancio se convierte en gratitud y el itinerario entero cobra sentido delante de la Blanca Paloma. Lo demás —las críticas ligeras, las superioridades impostadas o las comparaciones absurdas— pierde toda consistencia ante lo verdaderamente importante: que nada significa el camino si no es por Ella y para Ella. Absolutamente nada. Por eso quienes desprecian a los que no hacen el camino completo y acuden únicamente para vivir la romería, para rezarle a la Virgen o para emocionarse viendo a la Señora en la procesión del Lunes harían bien en recordar aquel viejo refrán que nunca pierde vigencia: más vale permanecer callado y parecer idiota que abrir la boca y demostrarlo científicamente.
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