La revirá | Nunca es tarde si es el momento adecuado

Hay decisiones que solo pueden adoptarse cuando llega su tiempo exacto, ni antes ni después. Vivimos en una sociedad acelerada que confunde con demasiada frecuencia la urgencia con la necesidad, el ruido con la razón y la presión con la verdad. Sin embargo, las hermandades poseen una virtud que muchas veces desconcierta al mundo contemporáneo: conocen el valor de la espera. Saben que los procesos importantes exigen reflexión, estudio, prudencia y consenso. Por eso conviene recordar que los tiempos de las hermandades no son los tiempos de los hombres, porque mientras unos se dejan arrastrar por la ansiedad del instante, las corporaciones centenarias suelen caminar al ritmo pausado que marcan la responsabilidad, la experiencia y el sentido común. Ahora es el momento, no hace dos años, ni hace cinco, ni dentro de otros cinco más. Ahora. Porque así lo ha decidido quien tenía que decidirlo.

Y quien tenía que decidirlo era el cabildo general de hermanos, auténtico depositario de la soberanía de la corporación. Conviene subrayarlo porque no siempre parece entenderse. Durante los últimos años no han faltado voces empeñadas en convertir una cuestión compleja de conservación patrimonial en una suerte de batalla pública donde algunos pretendían fijar los plazos desde una tribuna, una red social o un canal de opinión. Afortunadamente, de nada han servido las impresentables presiones perpetradas por ciertos opinadores e influencers morados, convencidos quizá de que las hermandades debían actuar cuando a ellos les pareciera oportuno. No ha sido así. La restauración del Santísimo Cristo del Amor se acometerá cuando la Hermandad del Amor, que es la única legitimada para hacerlo, ha considerado que debía acometerse. Ni un instante antes. Ni cuando lo exigían determinados titulares periodísticos, ni cuando lo reclamaban las redes sociales, ni cuando lo demandaban quienes confundían notoriedad con legitimidad. Ha hablado el cabildo y, en una hermandad, cuando habla el cabildo, habla la institución. Y esa es precisamente una de las grandezas de nuestras corporaciones: que siguen siendo capaces de gobernarse a sí mismas sin someter sus decisiones al dictado de quienes creen que una opinión reiterada termina convirtiéndose en autoridad.

Lo verdaderamente relevante es que el debate sobre el momento ha quedado definitivamente atrás para abrir paso a lo esencial: la conservación de una obra irrepetible. Estamos hablando del primer crucificado realizado por Juan de Mesa, una de las grandes cumbres de la imaginería universal, una talla de 1,81 metros cuya fuerza expresiva sigue estremeciendo cuatro siglos después de que el maestro cordobés la ejecutara personalmente entre 1618 y 1620, comprometiéndose incluso por contrato a no permitir la intervención de oficial alguno en su realización. El llamado por algunos historiadores “Laocoonte cristiano”, esa portentosa síntesis de anatomía, espiritualidad, dramatismo y trascendencia, iniciará ahora un proceso de conservación en el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico que se prolongará durante aproximadamente ocho meses. Y nadie alberga dudas razonables sobre el resultado. El IAPH ha demostrado sobradamente durante décadas su capacidad técnica, científica y profesional. Nadie duda de que logrará recuperar el esplendor de esta imagen insustituible, preservando para las generaciones futuras una de las joyas más extraordinarias del patrimonio devocional sevillano. Una obra que no solo pertenece a una hermandad concreta, sino también a la historia artística y espiritual de toda una ciudad.

Por eso quizá convenga contemplar esta noticia desde la serenidad y no desde la confrontación. Durante años se insistió en que la imagen no presentaba una patología que exigiera una actuación urgente, aunque sí requería labores de conservación que terminaran garantizando su adecuada preservación. Los distintos estudios técnicos, desde los informes encargados a especialistas hasta los diagnósticos del propio IAPH, fueron construyendo el camino que desemboca hoy en esta decisión. Ni precipitación ni inmovilismo. Ni alarmismo ni dejadez. Simplemente el ejercicio responsable de una hermandad que ha estudiado, valorado y decidido. Porque las grandes corporaciones no se gobiernan desde la histeria colectiva ni desde la presión externa. Se gobiernan desde la responsabilidad, la prudencia y la convicción. Y cuando una decisión de semejante trascendencia es respaldada por aclamación, cuando el cabildo soberano se pronuncia con semejante claridad, lo inteligente no es seguir discutiendo sobre el calendario, sino alegrarse de que una de las más altas expresiones del arte sacro sevillano vaya a ser cuidada como merece. Al fin y al cabo, nunca es tarde si la dicha es buena. Y esta vez, sencillamente, era el momento.