La revirá | ¿Quién tiene la última palabra?

Pocas veces una controversia artística ha logrado trascender con tanta intensidad el propio ámbito de lo artístico como está ocurriendo en la Hermandad de la Estrella con motivo de la elección del futuro misterio de Jesús de las Penas. Y quizá ese sea el primer aspecto que conviene subrayar. Porque nadie discute la extraordinaria categoría de las propuestas presentadas ni la solvencia de los artistas implicados. Muy al contrario, buena parte de la dimensión alcanzada por este debate nace precisamente de la calidad de los proyectos concebidos por José Antonio Navarro Arteaga, Álvaro Abrines y José María Leal, tres nombres de indudable prestigio dentro de la imaginería contemporánea. Sin embargo, la discusión hace ya tiempo que dejó de girar exclusivamente en torno a criterios compositivos, iconográficos o estéticos para adentrarse en un terreno mucho más complejo: el de la legitimidad de los procesos de decisión dentro de una corporación cofrade y el papel que corresponde desempeñar a cada uno de los actores implicados.

Las preguntas que sobrevuelan la polémica son numerosas y todas ellas presentan argumentos razonables en uno y otro sentido. ¿Cuál debe ser exactamente la función de una comisión artística? ¿Limitarse a asesorar técnicamente a una Junta de Gobierno o ejercer una influencia determinante en decisiones de semejante trascendencia patrimonial? ¿Debe una junta sentirse vinculada por el criterio mayoritario de los expertos a los que previamente ha solicitado asesoramiento? ¿O corresponde exclusivamente a los órganos de gobierno asumir la responsabilidad final de sus decisiones? La posterior dimisión en bloque de la comisión artística ha añadido nuevos matices al debate. Para algunos observadores constituye una consecuencia lógica derivada de una discrepancia profunda sobre el rumbo adoptado por el proyecto; para otros, plantea interrogantes acerca del alcance real que debía tener el papel de dicho órgano asesor. Ambas interpretaciones conviven actualmente en una controversia donde las certezas parecen mucho menos abundantes de lo que algunos pretenden transmitir.

A ello se suma un elemento especialmente sensible que ha ido adquiriendo mayor protagonismo en las últimas semanas: la creciente presión ejercida desde determinados ámbitos de la prensa cofrade, con posicionamientos cada vez más explícitos, editoriales marcadamente orientados y una dinámica de intervención que ha desbordado en ocasiones los límites de la mera información. No pocos hermanos y observadores han señalado que algunos de estos comportamientos podrían ser considerados, cuanto menos, desproporcionados, y en opinión de otros incluso grotescos o moralmente discutibles, al proyectar sobre el proceso un nivel de tensión ajeno a la propia naturaleza de una decisión interna de hermandad. La cuestión no es menor, porque introduce un factor externo que no solo describe la realidad, sino que en ocasiones parece intentar moldearla, generando un clima de presión pública que inevitablemente incide en el desarrollo del debate interno. En este contexto, las filtraciones, los posicionamientos anticipados y la construcción de relatos cerrados han contribuido a elevar la temperatura de una controversia que, en principio, debía discurrir en clave estrictamente cofrade y orgánica.

Mientras tanto, la Hermandad de la Estrella ha insistido reiteradamente en una idea que resulta clave para entender el estado actual del proceso. A priori, salvo cambios de última hora, los hermanos deberán pronunciarse sobre la aprobación o no del diseño de José Antonio Navarro Arteaga, proyecto que ha sido previamente seleccionado por la Junta de Gobierno de la Hermandad de la Estrella como opción a someter a la consideración del Cabildo General. Es decir, la decisión final no se articula sobre un abanico abierto de alternativas en igualdad de condiciones en esta fase concreta, sino sobre la validación o rechazo de una propuesta concreta que ha pasado ya el filtro del órgano de gobierno. Este detalle, lejos de ser menor, condiciona inevitablemente la naturaleza del debate y sitúa el foco en el grado de respaldo que el proyecto logre concitar entre los hermanos.

Y es precisamente ahí donde la controversia alcanza su dimensión más interesante. Porque, en realidad, el debate ya no gira únicamente en torno a qué proyecto resulta más acertado ni sobre cuál de los artistas ha concebido la propuesta más brillante. La cuestión de fondo es otra: cómo se articulan el criterio técnico, la responsabilidad de gobierno y la voluntad de los hermanos dentro de una corporación. ¿Debe prevalecer la opinión de los especialistas? ¿La de quienes gobiernan la hermandad? ¿La del conjunto de hermanos convocados en cabildo? Probablemente cada lector tendrá su propia respuesta. Y quizá sea precisamente esa la razón por la que esta polémica ha despertado tanto interés: porque trasciende ampliamente la excepcional calidad de las tres propuestas presentadas para plantear una pregunta tan sencilla como trascendental en la vida de cualquier hermandad: ¿quién tiene la última palabra?