Hay una tristeza que no nace de la derrota, ni de la pérdida, ni siquiera de la decepción personal. Es una tristeza más profunda, más silenciosa y, por ello, mucho más difícil de combatir: la tristeza que produce contemplar cómo el odio se ha instalado en todos los ámbitos de la sociedad, cómo el enfrentamiento se ha convertido en una forma cotidiana de relación y cómo la hostilidad parece haber sustituido a cualquier posibilidad de entendimiento. Vivimos en un tiempo en el que demasiadas personas parecen necesitar un enemigo para justificar su propia existencia, una trinchera desde la que contemplar al otro con desprecio y una batalla permanente que les permita sentirse parte de algo. Y el mundo cofrade, por mucho que algunos se empeñen en presentarlo como una excepción luminosa, no es ajeno a esa enfermedad moral. También aquí crecen la envidia, el resentimiento, la sospecha y la voluntad de destrucción. También aquí existen quienes han convertido la rivalidad en una forma de vida y el enfrentamiento en una estrategia. Y es entonces cuando la tristeza se impone, porque resulta especialmente doloroso contemplar cómo un universo nacido alrededor de la fe, la devoción, la caridad y la fraternidad termina reproduciendo, con una fidelidad casi perfecta, algunos de los peores vicios de la sociedad que dice querer transformar.
Lo más desolador es comprobar hasta dónde puede llegar la degradación de determinadas ambiciones. Existen sujetos capaces de vender a su propia madre con tal de alcanzar sus objetivos, individuos para quienes cualquier principio es negociable y cualquier lealtad puede ser sacrificada si el precio resulta suficientemente atractivo. Personas que acumulan resentimientos durante años, que alimentan viejas heridas, que convierten cada desencuentro en una cuenta pendiente y que esperan pacientemente el momento de cobrarse la factura. La envidia, esa pasión mezquina que rara vez se confiesa pero que tantas veces gobierna comportamientos, se ha convertido en una fuerza devastadora. Hay quienes no desean construir nada, sino impedir que otros construyan; quienes no aspiran a mejorar su propia posición, sino a destruir la de quien consideran una amenaza; quienes no buscan reconocimiento por sus méritos, sino por la caída de aquellos a los que no soportan ver avanzar. Y en esa lógica miserable, la persona deja de ser hermano para convertirse en obstáculo, rival o enemigo. Lo verdaderamente triste es que muchos de quienes actúan así conocen perfectamente el lenguaje de la fe, manejan con soltura los símbolos cristianos y se presentan públicamente como defensores de unas convicciones que sus actos contradicen de manera sistemática.
Porque hay algo profundamente perturbador en la normalización de valores absolutamente contrarios a los principios del cristianismo dentro de un ámbito que debería tener precisamente en la fraternidad uno de sus pilares esenciales. El odio, la envidia, el resentimiento, la soberbia y la voluntad de hacer daño no son accidentes menores, sino síntomas de una enfermedad mucho más profunda. Y, sin embargo, se han convertido en señas de identidad de este miserable ámbito cofrade en el que nos desenvolvemos. Hay individuos que llevan años sembrando enfrentamiento de manera deliberada porque han comprendido que en medio del caos pueden obtener rédito, influencia y una importancia que probablemente no tendrían en un escenario de normalidad. Necesitan que todo arda para sentirse necesarios; necesitan la fractura para convertirse en mediadores; necesitan el conflicto para ocupar un espacio que la concordia les negaría. Su negocio es la división y su combustible, el resentimiento. Mientras los demás se enfrentan, ellos crecen. Mientras las relaciones se rompen, ellos adquieren protagonismo. Mientras la fraternidad desaparece, ellos encuentran una razón para sentirse imprescindibles. Y así, poco a poco, el mundo cofrade se vuelve cada vez más árido, cada vez más sucio y cada vez menos fraterno, hasta el punto de que a veces resulta difícil reconocer en determinadas actitudes la huella de aquello que, al menos en teoría, debería constituir la razón última de todo cuanto hacemos.
Por eso es la tristeza la que muchas veces se apodera de mi alma. No una tristeza estéril ni una melancolía complaciente, sino la tristeza de quien contempla cómo se pierde algo que debería ser mucho más grande que nuestras miserias personales. La tristeza de comprobar que demasiadas personas han olvidado que ninguna victoria obtenida mediante el daño puede ser verdaderamente una victoria, que ningún cargo justifica la traición, que ninguna influencia merece el precio de la dignidad y que ningún objetivo puede convertir en legítimo el camino de la destrucción. La tristeza de mirar alrededor y descubrir que, en demasiadas ocasiones, quienes más hablan de hermandad son precisamente quienes menos capacidad tienen para practicarla. Quizá lo más doloroso no sea que existan personas dominadas por el odio, sino que hayamos empezado a aceptar su presencia como algo inevitable. Y no debería serlo. No debería parecernos normal que la envidia gobierne, que el resentimiento determine las relaciones, que la mentira sea una herramienta útil o que el enfrentamiento se convierta en una vía de promoción personal. Tal vez por eso, en medio de tanta hostilidad, solo quede conservar la tristeza como una forma de resistencia. Porque quien todavía es capaz de entristecerse ante la pérdida de la fraternidad demuestra que, al menos, aún no se ha acostumbrado completamente a vivir sin ella.
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