Resulta difícil no detenerse, con cierta incredulidad y sonrojo, ante la agenda pública del neodelegado diocesano de Hermandades y Cofradías de Córdoba, JJJ Güeto, quien ha encontrado espacio para acudir este martes a un programa de televisión local con el objetivo de presuntamente desgranar los pormenores del reglamento impuesto a las cofradías cordobesas, mientras sigue sin concretarse una reunión efectiva con la Agrupación de Cofradías de Córdoba, pese al tiempo ya transcurrido desde su nombramiento, más de medio año. Y la pregunta se impone con una crudeza inevitable: ¿qué lectura institucional cabe hacer de una planificación en la que la proyección mediática antecede al contacto directo con las propias hermandades? ¿Hay alguien a quien esto le parece normal?
Porque no se trata de una simple circunstancia menor ni de un asunto meramente organizativo, sino de un problema de orden de prioridades y de jerarquía del diálogo eclesial con el tejido cofrade. La comparecencia televisiva, necesariamente unidireccional y sin posibilidad de contraste real, se enfrenta de forma casi hiriente con la ausencia de un encuentro formal con quienes representan orgánicamente a las hermandades de la capital, que es la Agrupación le pese a quien le pese, aunque entre ellos se pudiera encintrar el propio neodelegado —hablo en hipótesis—. Se instala así una dinámica inquietante: la del discurso emitido hacia fuera, hacia la opinión pública, frente a la conversación interna, diferida o directamente postergada, con los verdaderos destinatarios del marco normativo. ¿No se iba a contar con las cofradias para elaborar el reglamento? Pues eso.
Y es precisamente en ese contraste donde la situación adquiere su dimensión más incómoda. ¿Cómo interpretar que exista disponibilidad para un espacio televisivo mientras se mantiene en suspenso el diálogo con la Agrupación de Cofradías, órgano natural de representación? No se trata solo de una ausencia física, sino de una percepción progresiva de desplazamiento del interlocutor legítimo, como si el contacto con las hermandades resultara accesorio frente a la construcción del relato público de este prescindible reglamento, lleno de carencias, silencios y contradicciones. A ello se añade un dato que agrava todavía más la percepción de desequilibrio institucional: sí ha existido, en cambio, tiempo y disposición para que los denominados presuntos formadores de los cofrades, en el marco de esa controvertida —y ya ampliamente criticada— formación de carácter excesivamente reglado y casi leonino que se pretende imponer a las cofradías, conozcan de primera mano que, en determinados contextos, percibirán dietas por su labor, un detalle que inevitablemente introduce interrogantes sobre el enfoque real de determinadas prioridades.
Porque ese es el verdadero núcleo del asunto: la impresión de que el diálogo con las cofradías no se concibe como parte estructural del proceso, sino como un trámite posterior a la difusión pública del discurso ya elaborado, reduciendo a las hermandades a la mera condición de sumisos oyentes. Y cuando esa percepción se consolida, el daño no es solo organizativo, sino profundamente simbólico, porque transmite la idea de que la interlocución con las hermandades es prescindible, secundaria y sometida a un progresivo ninguneo, cuando en realidad constituye el fundamento mismo de cualquier reglamentación que aspire a ser legítima y no meramente impuesta.
De este modo, la cuestión trasciende la anécdota de la televisión o la agenda institucional y se convierte en un síntoma más amplio: el de una forma de gobernanza en la que el espacio público de exposición adquiere más peso que el espacio interno de escucha. Y ante eso, la pregunta vuelve a emerger con insistencia: si hay tiempo para acudir a justificar lo injustificable y, de paso, darse un pequeño baño de masas, mientras no se encuentra el momento para reunirse con las cofradías, ¿qué lugar real ocupan estas en el esquema de prioridades? Porque cuando esa asimetría se normaliza, lo que queda no es solo una mala planificación, sino una forma sutil —pero eficaz— de desplazar a las hermandades del centro real de la decisión, de reducir su voz a un eco cada vez más distante dentro del propio entramado que, en teoría, debería escucharlas y no condenarlas a un menosprecio que se podrá intentar justificar, detrás de una retahíla de palabras huecas, pero que en realidad encierra un desdén absolutamente bochornoso.





