La revirá | Un regalo del Papa… que pagan las hermandades

Resulta difícil no percibir una profunda sensación de cinismo en determinadas iniciativas promovidas desde la alta jerarquía eclesiástica, especialmente cuando vuelven la mirada hacia las hermandades únicamente en aquellos momentos en los que hace falta financiación, respaldo económico o músculo social. La reciente campaña impulsada para sufragar 3.000 Biblias destinadas a internos de centros penitenciarios con motivo de la próxima visita de León XIV a la prisión de Brians 1 constituye un ejemplo paradigmático de ello. La operación se presenta revestida de una indudable apariencia pastoral y evangelizadora, y nadie en su sano juicio podría cuestionar la utilidad espiritual que pueda tener acercar la Sagrada Escritura a quienes atraviesan situaciones especialmente difíciles. El problema no reside ahí. El problema aparece cuando se pretende vender como un “regalo del Papa” aquello que, en realidad, se solicita financiar directamente a las hermandades y cofradías españolas. Porque conviene llamar a las cosas por su nombre: si las Biblias las pagan los cofrades, difícilmente puede hablarse de un obsequio pontificio. Y es precisamente esa manera de plantear las cosas la que lleva a muchos hermanos a sentirse tratados como borreguitos obedientes, como una masa a la que se recurre únicamente cuando interesa sostener económicamente determinadas campañas mientras, paralelamente, se mira a las cofradías con una mezcla de desconfianza, paternalismo y creciente incomodidad institucional.

La contradicción se vuelve todavía más evidente, más hiriente y más difícil de justificar cuando se observa el trato dispensado a las hermandades, a la religiosidad popular, a la devoción pública y al mundo cofrade en otros contextos mucho más simbólicos y representativos para la fe andaluza. Ahí están, sin ir más lejos, episodios recientes en los que grandes devociones como el Cachorro de Sevilla, la Esperanza de Triana, la Esperanza de Málaga, o el propio peso devocional de la piedad popular andaluza en su conjunto viajaron hasta el Vaticano, donde el Papa ni siquiera se dignó a ir a visitarlos, limitándose la presencia de la curia aún reducto protocolario, casi meramente institucional, mientras sí ha mostrado disponibilidad para otros encuentros con colectivos de menor arraigo o peso, generando una percepción de asimetría pastoral que no pasa desapercibida en la base cofrade.

Como tendrá tiempo para acudir Canarias pero no con el foco puesto en los canarios como comunidad en sí misma, ni en su identidad cultural o religiosa, sino orientando el núcleo de la visita hacia el encuentro con los inmigrantes, que constituyen el verdadero centro de gravedad pastoral, mediático y discursivo de la agenda del viaje del Papa a España. De este modo, la población canaria queda en un plano secundario, colateral, incluso incidental, ya que su eventual presencia o participación aparece más como consecuencia logística del desplazamiento que como objetivo principal del mismo. Esa jerarquización de prioridades, percibida por no pocos fieles como evidente, enlaza directamente con la sensación anterior: la de una Iglesia que selecciona cuándo, cómo, en qué condiciones y para qué presta atención a determinadas realidades, sin que las hermandades, ni la religiosidad popular en general, ni la expresión pública de la fe, ni el tejido cofrade tradicional siempre se sientan tratados con la misma centralidad, la misma visibilidad, la misma dignidad pastoral y el mismo reconocimiento institucional que otras sensibilidades sí reciben.

Desde hace tiempo se percibe en amplios sectores de la alta jerarquía, del ámbito decisional eclesial y de ciertos entornos de poder pastoral una relación cada vez más incómoda, más tensa y más distante con el fenómeno cofrade, con la religiosidad popular, con la expresión pública de la fe y con todo aquello que no encaje en esquemas estrictamente controlables o excesivamente homologados. Naturalmente, existen sacerdotes profundamente comprometidos con las hermandades, con la vida cofrade y con la pastoral de base, capaces de comprender el valor espiritual, humano, social, cultural y evangelizador que estas representan. Pero también resulta evidente que determinados sectores contemplan la religiosidad popular con una mezcla de recelo, de distancia institucional, de sospecha estructural y de un afán intervencionista difícil de disimular. Quizá porque las cofradías constituyen una realidad extraordinariamente heterogénea, profundamente enraizada, viva, compleja, difícil de uniformar y todavía más difícil de encorsetar, dirigir o controlar. No es casual que proliferen restricciones sobre manifestaciones públicas de fe, limitaciones sobre cultos externos, obstáculos para la creación de nuevas hermandades, dificultades para asociaciones civiles que intentan integrarse en la vida eclesial o intentos de supervisar incluso cuestiones patrimoniales internas de las corporaciones, generando una sensación de tutela permanente que erosiona la autonomía histórica del fenómeno cofrade. Todo ello dibuja un escenario en el que muchos cofrades sienten, cada vez con mayor claridad, que molestan más precisamente por aquello que representan: una religiosidad popular viva, masiva, autónoma, expresiva y difícilmente domesticable, que no encaja en determinados esquemas de control eclesial, ni en determinadas lógicas de gestión centralizada de la fe.

Y es precisamente ahí donde emerge el hartazgo, la fatiga moral, la desafección creciente y la sensación cada vez más extendida de injusticia estructural de muchos hermanos que comienzan a preguntarse hasta qué punto merece la pena seguir colaborando económicamente con estructuras que parecen recordar la existencia de las cofradías únicamente cuando necesitan recursos, presencia social, legitimación simbólica o capacidad movilizadora. Porque una cosa es colaborar con la Iglesia desde la convicción, desde la fe, desde la comunión eclesial y desde el compromiso pastoral, y otra muy distinta sentirse utilizado de manera permanente, casi sistemática, como recurso económico, logístico o representativo. Nadie discute la importancia de la pastoral penitenciaria, ni el valor humano de acompañar espiritualmente a quienes viven privados de libertad, ni la necesidad de iniciativas que acerquen la Palabra de Dios a contextos de vulnerabilidad. Lo que se cuestiona es la lógica de fondo: esa percepción de que las hermandades son tratadas como una especie de fondo inagotable, una caja de resistencia siempre disponible para sostener proyectos ajenos mientras, paralelamente, se restringe su autonomía, se relativiza su aportación y se menosprecia la dimensión cultural, evangelizadora, social y popular que representan. Y quizá ha llegado el momento de que muchos cofrades comiencen a decir, con serenidad pero con firmeza, que no están dispuestos a seguir participando en una dinámica donde se les exige obediencia, financiación, silencio, lealtad institucional, discreción constante y responsabilidad económica mientras otros deciden desde despachos cómo deben vivir, expresar, organizar y hasta justificar su propia fe.