La revirá | ¿Y si el obispo empieza a comprendernos?

Me ha contado un pajarito” que el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, se ha llevado una gratísima impresión de su visita a la Hermandad del Rocío de Córdoba del pasado sábado. “Ha flipado”, me dicen que se comentaba en determinados corrillos. Y no únicamente por la magnitud externa del fenómeno rociero ni por el impecable dispositivo humano —muy por encima de ciertos detalles logísticos, manifiestamente mejorables— que una filial como la cordobesa es capaz de movilizar antes siquiera de alcanzar las arenas de la Aldea. Lo verdaderamente relevante parece haber sido el descubrimiento, en primera persona, de ese inmenso caudal de fe sincera y profundamente arraigada que movimientos como el rociero representan dentro de la religiosidad popular andaluza. Porque el Rocío no es solamente una romería, ni una estética, ni una tradición folclórica como algunos siguen empeñados en simplificar desde la ignorancia. Es una forma íntima, autóctona e intransferible de relacionarse con la Madre de Dios, de llegar a Cristo a través de la Virgen del Rocío, de aprender a rezar caminando y de convertir la convivencia en una prolongación natural de la fe. Y cuentan quienes estuvieron cerca del prelado que conversó con peregrinos, que se acercó a los niños, que escuchó testimonios y que se mostró bastante más cercano de lo que muchos esperaban, algo que quizá no resulte tan extraño si entendemos que esa aparente distancia no es más que el reflejo lógico de una personalidad forjada en coordenadas culturales muy distintas a las andaluzas.

Las voces que coinciden en esa percepción deslizan además una reflexión especialmente interesante: la posibilidad de que el obispo haya estado contemplando únicamente por la superficie todo el enojoso asunto derivado del monumental fiasco perpetrado por la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías. Tal vez —y solo tal vez— la reciente reunión mantenida con miembros de la Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías haya comenzado a hacerle comprender que algunas de las cosas que determinados sectores le han querido vender como verdades absolutas no eran exactamente así. Porque las hermandades no son estructuras rígidas que necesiten ser domesticadas mediante reglamentos asfixiantes ni programas formativos sobredimensionados diseñados desde despachos alejados de la realidad cotidiana del cofrade. Las hermandades son, antes que nada, un semillero de fe auténtica, una escuela espontánea y natural de cristianismo popular donde la gente aprende a relacionarse con Dios de la misma forma en que un niño aprende de su madre: viviendo, observando, respirando fe sin necesidad de manuales excesivamente complejos ni controles obsesivos. Y quizá ahí resida precisamente el problema para algunos: en que la religiosidad popular andaluza es demasiado viva, demasiado libre y demasiado diversa como para encajar cómodamente en determinados esquemas de control.

Porque cabe preguntarse —y no sin cierta esperanza contenida— qué sucederá si el obispo comienza verdaderamente a comprender lo que hay detrás del universo cofrade andaluz. Qué ocurrirá si descubre que nuestra religiosidad popular funciona como un dodecaedro, un poliedro de múltiples caras, todas igualmente válidas y respetables para llegar a Dios. Qué pasará si entiende que no todo puede reducirse a uniformidad, fiscalización y obediencia mecánica. Tal vez entonces cobre sentido esa imagen de algunos personajes moviéndose el pasado sábado “como un pececillo en una bañera”, absolutamente fuera de lugar, incómodos ante una realidad que escapa a sus esquemas y sin saber muy bien cómo reaccionar cuando la fe deja de comportarse como ellos pretenden. Porque existe una sensación cada vez más extendida de que algunos han intentado deliberadamente alejar al obispo del pueblo cofrade, evitar que se mezcle demasiado, impedir que conozca desde dentro aquello que supuestamente deben ayudarle a pastorear. Como si comprendernos pudiera resultar peligroso. Como si descubrir la verdad de nuestras hermandades desmontara determinados discursos construidos interesadamente para justificar controles, restricciones y limitaciones que jamás debieron plantearse. ¿Y si resulta que haber vivido la pasada Semana Santa de una manera mucho más cercana —bastante más cercana de lo que a algunos les habría gustado, porque quizá prefieren mantener al pastor lejos del pueblo para evitar que termine mimetizándose con él, aunque todavía menos cercana de lo que muchos hubiésemos deseado— le permite comenzar a comprendernos realmente en lugar de dejarse llevar por quienes pretenden domarnos poniendo imposibles puertas al campo?

Les seré sincero: mi visión continúa siendo profundamente contradictoria. Mi pesimismo natural me impide creer del todo que semejante deriva haya podido desarrollarse únicamente desde el desconocimiento inocente de lo que realmente se estaba perpetrando contra la autonomía y la libertad de las hermandades. Pero al mismo tiempo empiezo a percibir pequeños gestos, determinadas palabras y ciertos movimientos que, escuchados en boca de algunos actores concretos, adquieren una relevancia imposible de ignorar y me obligan a albergar un pequeño halo de esperanza. La esperanza de que quizá, cuando el obispo —nuestro obispo— vea, comprenda y asuma lo que verdaderamente somos, termine impidiendo que prosperen los intentos de doblegarnos y tratarnos como un rebaño obediente e imbécil, tal y como pretenden algunos pececillos obsesionados con el control y el poder. Ojalá el tiempo termine por quitarme la razón y demostrar que yo estaba equivocado. Porque si eso sucede, tal vez aún estemos a tiempo de evitar que todo este episodio quede como el intento frustrado de convertir a las hermandades andaluzas en estructuras dóciles y sumisas. Y entonces seguirán siendo lo que siempre fueron: libres.