Ocurre cada año y por más que se repita de modo aparentemente idéntico, tal y como sucede con la Semana Santa de sus mayores, la procesión infantil que el Colegio Franciscanos pone en la calle cada Cuaresma se transforma en un evento único e irrepetible, por más que recorra cada vez el mismo itinerario, por más que los niños vistan el mismo hábito y se vuelva a reproducir la escena de mantillas y Centuria Romana que evoca inevitablemente, al igual que la disposición de la trabajaderas, a la Semana Santa de nuestros pueblos más que a la propia de la ciudad de San Rafael. La mezcolanza plasmada a pie de calle se convierte año tras año en una maravillosa escuela de cofrades que cuida hasta el más mínimo detalle para que el espectador sueñe con decenas de procesiones similares recorriendo cada barrio de la ciudad alimentando el futuro de una de las manifestaciones más profundamente arraigadas en nuestra idiosincrasia, por más que algunos se empeñen en negarlo.
A las cinco de la tarde, nuevamente, las aceras de inundaron de espectadores ávidos de las tiernas escenas que parecen idénticas y son diametralmente diferentes cada año. La cara ilusionada del capataz, la concentración perfectamente asumida de las cuadrillas costaleras, el sabor clásico e inconfundible del repertorio de la Agrupación Musical de la Sagrada Cena, la hierática seriedad de cada miembro del cortejo, incluso la de la muñeca que colgaba del cordón de San Francisco de una de las niñas nazarenas… todo en sí mismo se erigía en mezcolanza perfecta para plasmar que hay tradiciones enraizadas en lo más íntimo del espíritu colectivo de esta ciudad milenaria que trasciende de modas superfluas y de cotidianidad impostada y se respira en cada gesto por encima del pensamiento único laicista militante que se ha instalado en todos y cada uno de las estratos de nuestra sociedad por obra y gracia de la educación adulterada orientada interesadamente por determinada clase política, cuyos medios afines se afanaban en realizar un reportaje fotográfico este domingo como se afanan en hablar de Cofradías porque vende, entre defensa y defensa de expropiación de la Catedral, tomando por tonto a quien por tonto se deja tomar.
Padres y madres, abuelos y abuelas se agolparon un año más a orillas de aquél pequeño riachuelo de cofrades del futuro, en quienes un puñado de cofrades han sembrado la semilla del amor por el aroma del incienso y la cera derretida. Una semilla que deberá ser cuidada y abonada por su entorno más cercano para que un día florezca en los corazones de estos niños, porque no se aprende a ser cofrade en el cole sino en familia. De poco servirá el maravilloso esfuerzo desarrollado por los miembros del Colegio que hacen realidad este milagro cada primavera, si luego este primer paso no tiene continuidad en los hogares. Hagan lo posible para que así sea. Lleven a sus hijos a vivir la Semana Santa, no solamente entre el Domingo de Ramos y el de Resurrección. No limiten su experiencia cofrade a comer pipas en una esquina y a hacer una bola de cera de un tamaño más o menos considerable.
Den el paso de darles la oportunidad de aprender que el interior de las casas de hermandad pueden vivir una experiencia hermosa y enriquecedora… mucho más enriquecedora de la que pueden vivir en un botellón cualquiera un noche cualquiera. Hagan ese esfuerzo por ellos y puede que les sorprenda descubrir que tiene mucha más sustancia participar vistiendo la túnica de la hermandad de su barrio que caminar en animada charla tras un paso cualquiera, y que es mucho más hermoso ser protagonista activo de una parte de nuestra esencia que mero espectador pasivo ocasional de una tradición que entre todos tenemos la obligación de alimentar y conservar.







