Con motivo del septuagésimo quinto aniversario de su bendición, la imagen de María Santísima de la Esperanza retornará (Dios mediante) a la parroquia de Santa Marina de Agua Santas para celebrar sus cultos de manera extraordinaria. Hasta aquí lo conocido. Ahora quiero aprovechar esta circunstancia para reflexionar brevemente sobre el significado de este acto, al menos considerando dos conceptos ligados entre sí que me parecen fundamentales.
En primer lugar, tenemos la advocación de la Esperanza, que en sí misma y transparentemente proviene del verbo «esperar». La persona esperanzada es aquella que espera con paciencia algo que sabe confiadamente que va a ocurrir. Repito, lo sabe confiadamente, no matemáticamente ni con exactitud. Tiene esa virtud de la confianza, que es en sí misma un vínculo de unión que remite a la fe.
En el caso de María, y como leímos en el pasaje evangélico del día de la Inmaculada, al contestar «hágase en mí según tu palabra» la Virgen establece el vínculo de confianza con Dios en base a su fe. De este modo, espera que se cumpla la promesa, idea esta fundamental por la cual tanto María (como Señora de la Esperanza) como cada uno de nosotros (como seguidores) vivimos esperanzados. Creer en la esperanza como virtud teologal (es decir, proveniente de Dios) es admitir que, por esa confianza en la palabra dada, nosotros esperamos que se cumpla aquello que se nos dijo que ocurrirá.
Ahora bien, esa espera esperanzada se concretiza especialmente en algunos tiempos litúrgicos del año. Es este el caso del Adviento, que simboliza esa espera hasta el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. De ahí que la Esperanza se ligue también al periodo navideño y este sea en parte (o, mejor dicho, a mi modo de ver) un tiempo de gozo contenido mientras se acerca la manifestación de Dios hecho hombre.
Pero podemos sacar más ideas a partir de este hecho. Si la Esperanza celebra sus cultos en diciembre por la razón antes expuesta, no es menos interesante la circunstancia de que lo haga en Santa Marina, especialmente en este año. La explicación es localista, sin duda, pero provechosa.
Santa Marina es iglesia y parroquia, pero también es un barrio. Dicho barrio cordobés, históricamente hablando, tiene un largo historial de conmemoraciones y celebraciones muy particulares, entre las que destaca la Navidad. Ya lo cantaba el ilustre maestro Ramón Medina, muy unido al barrio de San Agustín, quien compuso su famoso villancico intitulado «La Cuesta del Reventón», en el cual los piconeros son protagonistas. Santa Marina era, por excelencia, el barrio de aquel gremio de artesanos, quienes celebraban la Navidad del mismo modo que sus vecinos de San Agustín: yendo puerta por puerta cantando, metiéndose en los vetustos patios de vecinos festejando comunitariamente el veinticuatro y veinticinco de diciembre… En definitiva, celebrando esa espera esperanzada que tiene su gozoso término con el nacimiento del Mesías.
Por tanto, que la Esperanza vaya de forma extraordinaria a Santa Marina nos revela que estamos ante un hecho de extraordinaria importancia, pues no solo se constituye como un gesto, sino también como una invitación a recordar el pasado, a meditarlo y a degustarlo de nuevo, aunque sea solo de manera parcial. Ver a María Santísima de la Esperanza en aquel altar mayor hará que retornemos a tiempos pretéritos que, si bien quienes los vivieron sufrieron grandes penalidades, fueron más ricos que los nuestros en valores de fraternidad y unión, sobre todo a la hora de celebrar la Esperanza ante tanta adversidad. Merece la pena darle una vuelta a esto, ¿no creéis?





