Una Magna no es solo una celebración costumbrista en la que vemos procesionar los pasos de siempre en un día distinto del habitual. No, lo siento, una Magna no es eso. Una Magna es una oportunidad especial de orar en comunidad, de contemplar de forma colectiva la pasión de Nuestro Señor, de meditar públicamente en los misterios de nuestra salvación. Eso es la Magna y nada más… ni nada menos, obviamente.
Al hilo de la última Magna vivida hace unas horas en Granada, pretendo reflexionar brevísimamente sobre el significado profundo de este tipo de actos. Son muchas las voces que no los entienden y que los critican. Dentro de lo razonable de sus argumentos, no cabe duda de que sus consideraciones muchas veces no ahondan hasta el núcleo mismo de lo cofrade; es decir, la verdadera razón de ser que da sentido a lo que hacemos cada Semana Santa y que motiva la celebración de una extraordinaria. Dentro de lo razonable de sus argumentos —repito—, los cuales se fundamentan en la comprobación empírica de ciertas actitudes, debemos entender que toda procesión bien entendida tiene como centro a Dios.
Por tanto, a la hora de valorar la efectividad de este tipo de actos extraordinarios, hay que hacerse las siguientes preguntas: ¿ha servido para algo a nivel espiritual?, ¿nos ha motivado a profundizar en nuestro conocimiento de Dios y del Evangelio?, ¿hemos comprendido el mensaje que transmiten los pasos procesionales, es decir, esa catequesis dramatizada y escenificada en la calle?, ¿hemos sentido la llama del Espíritu Santo, que nos habla constantemente en nuestro día a día y que, en un acto tan especial, se nos presenta de forma clara haciendo religioso lo que habitualmente es profano?
Estas y otras tantas cuestiones centralizan nuestros criterios a la hora de ponderar su valía. Podemos sin duda añadir otras más, pero al final todas redundan en lo mismo: ¿cómo ha afectado esto a mi relación con Dios y con el prójimo? Si somos capaces de dar una respuesta sincera y positiva, podremos decir con claridad que esta Magna —y todas las anteriores— han cumplido con creces su finalidad. Si no somos capaces, entonces tenemos que inquirir las razones que nos han llevado a ello.
Habrá otras Magnas, habrá otras procesiones extraordinarias, habrá más actos especiales… Siempre habrá algo nuevo que hacer dentro de lo inusual. En todos esos casos, la mirada crítica ha de ser siempre la misma. Repito, el núcleo fundamental de todo esto, su razón de ser y su finalidad, es Dios. En él llegamos al prójimo a través del amor puro, desprendido de todo interés y de todo egoísmo mundano. Así, si el núcleo está presente y nos dejamos guiar por él, obtendremos los mismos beneficios espirituales tanto en una procesión de cincuenta pasos como en una humildísima visita al Santísimo de cinco minutos.





