En este domingo nos encontramos con una lectura del Evangelio que, como en todas las homilías se predica, nos interpela directamente: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt16,13b). Los discípulos allí reunidos contestan que si Elías, Jeremías… Pero la clave viene ahora: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» (Mt 16,15b).
¿Qué contestaría hoy el mundo? Muchos dirían que Jesús fue un gran hombre, incluso revolucionario o precursor del “comunismo” —creedme que se dice—. Algunos menos proclives a él, aun admitiendo su presencia histórica, dirían que es un judío especial que formó alboroto y que murió… o que no, pues hay quien afirma que sobrevivió a la cruz. En cualquier caso, todas las respuestas del mundo se circunscriben a un Jesús solamente humano.
En este punto, resuena del nuevo el Evangelio: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Hay cofrades que, ante esta pregunta, firmarían lo anteriormente dicho. Es decir, piensan que Jesús es alguien que existió y que fue importante, pero hasta ahí. Podríamos profundizar más en estas “creencias” y llegar a ciertos límites inquietantes, pero tampoco es cuestión de ahondar en singularidades. Basta resaltar que, para algunos, la respuesta no es la del Evangelio.
Será Pedro, el primero de los apóstoles, quien dará la respuesta certera: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16b). De ahí que Jesús le llame bienaventurado porque se lo reveló el Padre que está en los cielos. En efecto, Jesús es el Cristo, el Mesías, el Ungido, la Palabra de Dios hecha carne que acampó entre nosotros, el prometido desde el principio para cumplir la Redención y la Salvación. En resumen, Jesús es Dios hecho hombre.
Esta es la respuesta, la única verdaderamente válida para el cristiano, para el cofrade. Ante ella, toda cuestión e interpretación histórica, ceñida a los vaivenes de las modas ideológicas está de más. Jesús es Cristo y, por tanto, en él hallamos la revelación, el amor encarnado del Padre que entrega al Hijo para la salvación del mundo.
Sin embargo, esta respuesta es imposible, desagradable e, incluso, peligrosísima para muchos. Nos lo recuerda bien el misterio de San Gonzalo, cuando Jesús está ante Caifás y este le conmina: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (Mt 26,63b). Y, ante el «Tú lo has dicho» (Mt 26,64a) de Jesús, responde con indignación Caifás: «¡Ha blasfemado!» (Mt 26,65b).
Para el mundo moderno, inmerso en sus disputas ideológicas, que reivindican lo “social” a fuerza de confrontación y lucha, y que sustentan sus relativas verdades y creencias en la posmodernidad, afirmar que existe un Dios que se hizo hombre, que murió y resucitó, que predicó el Reino de Dios y llamó a la conversión de los pecadores, todo ello como digo es sin duda una blasfemia.
Para ellos, Jesús es un personaje histórico, exagerado para algunos, manipulado por otros. Pero no deja de ser un personaje que estuvo y que ya no está, que pasó y que no puede volver a pasar. Jesús es uno más que en la historia del hombre hizo algo que repercutió de determinada manera, pero ya está. Y, si se olvida o si se silencia, mucho mejor.
No obstante, para nosotros Jesús es más que un hombre, como ya hemos dicho. Es el Cristo que venció a la muerte y al pecado para darnos vida en plenitud, es el alfa y omega que vive eternamente y que se sienta a la derecha del Padre. Es nuestro maestro, nuestro buen pastor, aquel que se reveló por amor y que estará con nosotros, su Iglesia, «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20b). Es Dios y hombre verdadero que supera cualquier disquisición filosófica tanto teórica como práctica. Es el hombre y Dios prometido que no se atiene a lo del mundo, porque es su Señor. Es en quien, definitivamente, se recapitulan todas las cosas en la plenitud de los tiempos (cf. Ef 1,10).
Por tanto, no dudemos en proclamar todo esto. Y si alguno tuviera dudas, busque en él las respuestas del mismo modo que hicieron los apóstoles. Tenga presente cualquiera que, sin aceptar este hecho, principio de fe en sí mismo, todo carece de sentido; pues, como dice San Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe» (1 Cor 15,14). Sin embargo, sí resucitó, y esa es la Buena Noticia que desde los tiempos apostólicos se ha ido transmitiendo, la fe en la cual vivimos y en la que confiamos. Somos cristianos porque seguimos a Cristo; y seguimos a Cristo, porque vive. Esa es nuestra fe, esa es la meta de la respuesta que hoy nos plantea el Evangelio y esa es la realidad que nos hace tener esperanza, aunque para las ideologías sea blasfemia.





