- La primera procesión de la Virgen de los Reyes durante la II República
- La romería perdida de la Virgen de los Reyes
- Una restauración secreta de la Virgen de los Reyes que terminó en polémica
Sobre el robo de las joyas de la Virgen de los Reyes en 1953 encontramos bastante documentación. Un hecho que sucedió el 15 de marzo de 1953 y que tiene a Emilio García como autor, llevándose alrededor de ochenta piezas. El tema ha sido objeto de estudio en bastantes ocasiones sobre todo si lo comparamos con el que aconteció en los años setenta del siglo anterior y que constituye uno de los episodios más tristes relacionados con la patrona.
El seis de abril fue Domingo de Ramos. Una Semana Santa que contó con tan solo tres hermandades en la calle: Cigarreras el Jueves Santo, Macarena durante la Madrugada y Las Siete Palabras que salió el Viernes Santo. Pero a aquella jornada que inaugura la semana grande los ánimos eran distintos. El martes de esa misma semana, día 1, el sacristán mayor se acercó al amanecer hasta la capilla real. Al abrir el camarín descubrió que las cerraduras estaban levantadas. Alguien había accedido al anterior. Dirigió su mirada hacia Nuestra Señora de los Reyes. Entonces comprobó que faltaban la corona y el peto de la imagen y que tampoco se hallaba en la mano izquierda del Divino Infante la pequeña ramita de brillantes que solía portar.
Eran las siete y media de la mañana y tras convocar el capellán mayor de la capilla, Juan Manuel Álvarez, un cabildo extraordinario, dieron cuenta de ello al arzobispo, Luis de Lastra y Cuesta. Después el asunto se puso en manos de la justicia. La corona, conocida como “de las águilas” era además la única que tenía la Virgen. La misma reina Beatriz la trajo desde Alemania en 1219, formando parte de su ajuar nupcial, y según la tradición Fernando III la entregó como obsequio a la patrona.

Prima hermana del emperador Federico II, Beatriz de Suabia contrajo matrimonio con Fernando III el 30 de noviembre del mismo año, festividad de San Andrés, en la iglesia de Santa María de Burgos, contando con la presencia del obispo Mauricio de Burgos, consejero del rey.
La presea fue lucida por la Virgen durante siglos, hasta que la tarde del 30 de marzo se produce el robo. El día 1, cuando el pueblo quedó enterado de tal acontecimiento, «se agolpó en la Catedral para averiguar pormenores del robo y se supo que se habían encontrado en el lugar del sacrílego atentad, una palanqueta, una lima sorda, lleva de polvo de oro y algunos brillantes por el suelo» recoge Carrero Rodríguez, quien afirma que además se tuvo que desalojar el templo ante la avalancha de personal que acudió a sus inmediaciones.
La noticia apareció en la prensa de la época e incluso en periódicos de ámbito nacional. La presea, ejemplo de orfebrería de valor incalculable, fue descrita como una corona de oro y piedras preciosas, como rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En el centro, un águila imperial coronada, con incrustaciones de esmeraldas, y alrededor un total de 43 diamantes. La descripción de 1762 recoge con exactitud hasta el peso de las piedras preciosas, en una descripción que da cuenta de la riquísima pieza que se perdió. Estaba conformada por nueve piezas grandes que alternaban con otras de menor tamaño. Cada pieza a su vez tenía diez piedras finas.

Pero la pieza tuvo que llegar alterada hasta el día que desapareció. En el inventario se da cuenta de las piedras preciosas que faltaban, por lo que se supone que la corona habría sido enriquecida. Por ejemplo, se añadió el águila bicéfala rodeada de diamantes. Los cambios se aprecian mejor si observamos una fotografía que Jean Laurent tomó de la misma, en 1872, y cuya instantánea forma parte de una colección que se conserva en Madrid.
Carrero Rodríguez recoge más datos sobre un robo que consternó a Sevilla. Uno de ellos, sobre un capellán que había faltado durante días previos al coro y que supuestamente se había quedado guardado en la taquilla donde guardaba sus ropas. El hecho de que aparecieran un cigarrillo y un puro dio pie a que se pensara que debió de tratarse al menos de dos personas.
Pero al final todo quedó en elucubraciones. Nunca se supo la identidad del autor o autores de lo que fue calificado como atentado. Tampoco llegó a saberse nunca el paradero de la corona, que durante siglos había ceñido las sienes de Nuestra Señora de los Reyes.
Desde aquel año la Virgen contó con una nueva presea, ejecutada por el orfebre Lecaroz. Después, en 1876 llegó el estreno de la que realizase Manuel González de Rojas, sufragada gracias a las donaciones de los devotos. La primera de ellas suele portarla durante los cultos, mientras que la segunda fue la que llevó en las sucesivas salidas procesionales hasta que llega la gran joya con la que se corona en 1904 y que luce con asiduidad en su camarín.





