El conflicto entre Almonte y la filial manriqueña, latente desde la pasada peregrinación de la Hermandad sevillana, culmina con la Virgen evitando el saludo tradicional ante su sede
El Rocío sigue escribiendo capítulos cargados de emociones, tradición y también, en ocasiones, de tensiones no resueltas. En la madrugada de este lunes de Pentecostés, uno de los momentos más esperados y simbólicos del recorrido de la Virgen ha quedado marcado por una significativa ausencia: la Blanca Paloma no se detuvo ni saludó a la hermandad de Villamanrique, en un gesto que ha sido interpretado por muchos como el desenlace inevitable de una relación deteriorada desde la última peregrinación al Santuario.
La escena, cargada de tensión contenida, se desarrolló con todos los ingredientes del presagio. La expectación era evidente en torno a la casa hermandad de Villamanrique, cuyos hermanos aguardaban la llegada de la Virgen con el Simpecado dispuesto a las puertas, como manda la costumbre. Sin embargo, no se produjo un gesto clave que auguraba que no sería una visita al uso: los manriqueños no alzaron al director espiritual para llamar a la Virgen, un detalle tradicional que, esta vez, brilló por su ausencia por loq euntodo parece indicar que se sospechaba que sucedería lo que finalmente ocurrió. Esa omisión, significativa en el lenguaje de las hermandades, confirmó lo que muchos temían: la Virgen pasaría de largo.
Y así fue. Los almonteños, portadores de la venerada imagen, dirigieron su caminar alejando el paso varios metros de la fachada de Villamanrique, rompiendo la rutina del recorrido para bordear la casa hermandad y retomar posteriormente el itinerario tradicional hacia Pilas. Un silencio tenso sustituyó a los vítores y palmas que suelen acompañar esta parada, en la que el fervor se mezcla con la emoción de recibir a la Virgen en el corazón de cada filial.
El trasfondo de este hecho no es nuevo. Durante la última peregrinación al Santuario, el Simpecado de Villamanrique protagonizó una polémica entrada que generó un profundo malestar en el pueblo de Almonte. Desde entonces, las relaciones institucionales se han enfriado visiblemente, hasta derivar en este significativo episodio de distanciamiento durante la procesión gloriosa.
Para los manriqueños, la ausencia de la Virgen en su casa hermandad supone un hecho doloroso, que deja una herida visible en el corazón de sus devotos. Habrá que esperar un año entero para comprobar si el tiempo, la prudencia y el diálogo son capaces de restaurar la concordia, y con ella, la emotiva estampa del reencuentro de la Señora con sus hijos de Villamanrique. Por ahora, el vacío ha hablado más alto que las palabras.
Foto: Joaquín Corchero





