Uno de los debates que vuelve año tras año es el de si las imágenes deben ser vestidas con túnicas lisas o bordadas. Aunque antaño las túnicas bordadas fueron un requisito indispensable a la hora de vestir las imágenes, con el paso del tiempo se demostró que fue una moda que fue cayendo en desuso, tanto que, cuando una imagen es procesionada con una túnica bordada se convierte esta en una noticia de interés ante la novedad de que así se disponga para realizar su próxima estación de penitencia.
Que las imágenes con túnica lisa parecen más humanizadas es uno de los argumentos que esgrimen los que defienden que es mejor que recorran las calles con este tipo de indumentaria además de reafirmarse en la idea de que ofrecen un movimiento que no es tal ante el peso y los elementos que contienen las túnicas bordadas. En las imágenes de Cristo las túnicas lisas vendrían a acercarnos más a la imagen, del mismo modo que sucede cuando las dolorosas son vestidas de hebrea en la época de cuaresma.
El debate entre si una imagen tiene que utilizar túnica bordada o lisa no es una cuestión que aflorase hace escasos años. Esta cuestión ya fue abordada siglos atrás, como muestran algunas de las obras que recogen este aspecto. Encontramos un referente en una obra publicada en 1636 por el padre fray Tomás de Ledesma, lector de teología moral de la Orden de Santo Domingo, en el convento de Antequera. En su escrito “Apología o defensa de la cristiana, santa y loable ceremonia de vestir a Cristo nuestro bien con la Cruz a cuestas en la calle de la Amargura […]”, el fraile se dirige al reverendo padre fray Antonio de Saavedra, prior provincial de la provincia de Andalucía de la Orden de Predicadores transmitiéndole el pleito acaecido entre “un eclesiástico y un secular honrado”.

El origen de esta disputa, las opiniones encontradas en cuanto a la hora de vestir a Jesús Nazareno con o sin túnica bordada. Mientras que el secular honrado sostiene que la imagen ha de llevar vestiduras “de singular riqueza”, el fraile prefiere defender que la imagen ha de ir con túnica lisa, ya que del otro modo iría en contra de lo establecido en las Sagradas Escrituras.
El documento, que puede consultarse en la página web de la Biblioteca de Andalucía, se convierte en una defensa del punto de vista del secular, fundamentando sus opiniones sobre cuatro puntos cardinales que arrojan luz a esta cuestión. Cada uno de ellos comienza con una pregunta a la que posteriormente da respuesta esgrimiendo sus argumentos.
La primera de las cuestiones es la de si las vestiduras que llevó Cristo eran normales o las que llevaba un ajusticiado. Ante tal tesitura, declara que las vestiduras no eran las que se les entregaba a los ajusticiados sino que eran las que él tenía. La primera parte de esta obra concluye con la respuesta a la pregunta de si los ropajes utilizados por Jesús fueron “vestidos viles sin valor”. El fraile recuerda aquí las palabras de Santo Tomás, quien sostuvo que “algunos dijeron que la túnica inconsútil era preciosa”.
En el tercero de los puntos vuelve a hacer uso de las palabras de Santo Tomás para responder a la cuestión de que si la túnica no era preciosa ¿fue entonces un vestido sin valor? Ante esto, el santo declaró que la túnica de Jesús debió tener valor, aunque fuera moral, pues los textos recogen que cuando Jesús fue despojado de sus vestiduras, los soldados acabaron jugándose a los dados esta vestimenta. Y, en caso de que fueran viles, ¿sería mejor que las imágenes que representan a Jesús salieran con ricas vestiduras o mostrarle más pobre? Esta es la cuarta y última pregunta que se hace el fraile y para la que pone algunos ejemplos. El más llamativo, el capítulo que narra y que le sucedió a un presbítero de la ciudad de Narbona, al que se le apareció una persona de “enojado aspecto” que le dijo que todos estaban bien vestidos y que él, mientras tanto estaba desnudo, ordenando que le pusieran un vestido “a aquella imagen, en la que estoy crucificado”.
Por último hace referencia a dos hermandades de Antequera, la de Jesús Nazareno, en el convento de Santo Domingo y la de la Santa Cruz de Jerusalén, fundada en el convento y colegio de Jesús y María de la Orden Tercera. Ambas, con dos titulares que representan a Jesús con la cruz a cuestas y que visten ropas bordadas, “dos túnicas de Cristo, preciosísimas, de terciopelo morado carmesí” y que “son admiración de cuantos las ven”.






