Existían en la Córdoba de siglos pretéritos dos hermandades bajo el título de las Ánimas del Purgatorio y San Nicolás de Tolentino respectivamente, las cuales convivieron durante un período indeterminado – que se tenga constancia – en la iglesia del Convento de San Agustín. Al igual que ocurriese con otras corporaciones de las que ya habláramos en anteriores publicaciones, con el transcurso del tiempo, ambas de fusionaron dando lugar a una cofradía de la que se sabe que, ya en el primer tercio del siglo XVII, tomaba parte activa en la Semana Santa de la ciudad realizando tradicional una procesión de disciplinantes que se desarrollaba en la jornada del Viernes Santo.
A pesar de la historia con las que ambas hermandades a título individual habían dejado tras de sí, fue un contagio originado en el año 1601 el que sirvió para intensificar en gran medida la devoción a San Nicolás de Tolentino aunque respaldada, sin duda, por los frailes agustinos con motivo de la grave y moral epidemia. Dicha veneración encontró un firme apoyo en una obra publicada en 1603 por Fray Cristóbal de Busto y denominada Compendio de algunos milagros que Dios ha obrado en Cordova por intercession de San Nicolas de Tolentino, desde San Matheo del año DCI hasta Septiembre de DCII.
Como cabe suponer por la ubicación de la sede en la que se hallaba establecida la corporación, la gran mayoría de los miembros de la hermandad pertenecían a las clases medias o bajas de la sociedad, residiendo por lo general en los vecinos barrios de Santa Marina, San Andrés y San Lorenzo. Según la documentación conservada relativa a la historia de la desaparecida cofradía y como prueba de lo dicho previamente, fue justamente un sastre, Diego Rodríguez de Benavides, quien ocupara el puesto de hermano mayor entre los años 1636 y 1640.
Cierto es que la humilde corporación de San Agustín contaba en su rutina con una reseñable característica que la diferenciaba notablemente de las restantes cofradías de la ciudad califal, pues en el caso de la Hermandad de San Nicolás de Tolentino se daba la circunstancia de que las rentas patrimoniales sobrepasaban las recaudaciones obtenidas mediante las limosnas y las cuotas de los hermanos. Así y de conformidad con lo expuesto, se ha podido conocer que durante los primeros años de la década de 1640 la olvidada cofradía tenía en su poder cinco censos y cuatro casas que, en total, le generaban una renta anual de 17.891 maravedíes. En contraste con ello, cabe destacar asimismo que, por su parte, las contribuciones aportadas por los miembros de la corporación y las demandas durante el mismo lapso de tiempo quedaban reflejadas en unos insignificantes 17 % y 18 % respectivamente.
En lo relativo a la estación de penitencia llevada a cabo en el citado Viernes Santo cordobés, es necesario recalcar que si bien es cierto que los estudios realizados no fueron capaces de revelar la cantidad exacta de imágenes que participaban en el desfile procesional de la Hermandad de las Ánimas del Purgatorio y San Nicolás de Tolentino, sí se sabe con absoluta certeza que, entre ellas, se encontraban las tallas de crucificado y una dolorosa tal y como quedó demostrado a través de la escritura de cesión de la capilla del Santo Cristo en beneficio de la cofradía del emblemático barrio de San Agustín.
La vida de la hermandad, al igual que la de tantas otras, se manifestaba por medio de la celebración de distintos actos cultuales que tenían lugar a lo largo del año, como prueban las cuentas fechadas en 1640:
Esta cofradía tiene obligación a hacer decir en cada un año por los religiossos del convento de sant Agustín, donde está fundada, ciertas fiestas solemnes y llanas de Nuestra Señora, sant Nicolás de Tolentino y sant Miguel y misas reçadas todos los lunes del año con processión y candelas encendidas.
Cambiando de escenario y de forma paralela, las visitas generales realizadas por parte del Obispado de Córdoba pusieron de manifiesto que a lo largo de las primeras décadas del siglo XVII existía también una cofradía conocida como de Nuestra Señora de la Paz en la iglesia monacal de los basilios en el característico barrio del Alcázar Viejo, la cual era llevada igualmente a la calle aunque no se tienen detalles suficientes para conocer su día de salida.
No obstante, sí fue posible hacer las pertinentes averiguaciones para traer al presente las distintas singularidades que daban forma a aquella antigua procesión de disciplinantes. Así pues, la estación de penitencia que comenzaba en el popular San Basilio se iniciaba con una cruz de guía tallada y dorada y un estandarte representativo de la cofradía. Les seguían dos filas de los denominados hermanos de luz y disciplinantes, vistiendo túnicas y capirotes y acompañando a los pasos de San Juan Evangelista, Cristo crucificado, Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Soledad. Tras todos ellos, el desfile procesional se cerraba con una comitiva en representación de la comunidad conventual que presidía el abad.
Durante el siglo XVIII, la cofradía gozó de un gran vigor que no hizo sino fortalecer la posición de la corporación en la Córdoba cofrade de aquel entonces, hecho que se debió en gran parte a la labor del hermano Juan Agustín Borrego, puesto que fue él el impulsor de una iniciativa tan relevante como la construcción del camarín de la Virgen, situado en la capilla mayor.
Con ese firme propósito, las obras – costeadas gracias al incesante trabajo del memorable religioso para recaudar limosnas – comenzaban en 1743 para concluir en 1755, fomentando una celebración en la fecha del 24 de enero de 1755 con Nuestra Señora de la Paz como protagonista. De esta forma, se llevaría a término una procesión con la querida titular tras el solemne pontifical de la mañana.
Sin embargo, la cofradía a la que daba nombre la venerada imagen se sume en un período de profunda decadencia hacia finales del siglo XVIII, acrecentada sin duda alguna por la escasez de recursos de la corporación y ya en el año 1771 cumple a el año 3 fiestas, dos de iglesia y una exterior y en todas tendrán de costa 254 reales que se sacan de los mismos individuos. Finalmente, la difícil coyuntura económica fuerza a cancelar la salida procesional en los últimos años de siglo, conduciendo a la Hermandad de Nuestra Señora de la Paz a una definitiva extinción.





