Cuando la lluvia recorre gran parte de nuestra tierra y riega los campos, mi mente me traslada a aquellos días previos de ilusión donde todo era un ir y venir. Atrás quedaron esos momentos de nerviosismo por mi parte ante la llegada de una de las celebraciones por excelencia en mi familia. No vuelvo a sentir esas mariposas en la barriga como las que sientes al arreglarte en las primeras citas con el amor de tu vida. No vuelvo a sentir el corazón acelerado como cuando sabes que te van a dar tu primer beso en los labios.
No. Sólo añoro. Sólo recuerdo. Revivo en mi mente momentos de antaño cuando todo era algarabía, todo eran ojos llenos de amor y pasión. La lluvia me trae recuerdos, como a un anciano en el final de su camino, como a la abuela que te cuenta como eran sus años de mocita y como la pretendía aquel moreno de la calle de al lado.
La lluvia me trae recuerdos, añoranzas de aquellos que ya no están entre nosotros y que me hacían vivir con intensidad la Semana Santa. La lluvia me recuerda que perdí todas las ganas de luchar, todas mis fuerzas de juventud y que hoy por hoy sólo me quedan mis recuerdos de juventud.





