Vivimos tiempos extraños, tiempos de una amabilidad sospechosa. En el taller, donde trabajamos codo con codo , aprendemos pronto que nuestro oficio no entiende de paños calientes. Si el dorado no está bien preparado o si el barniz no tiene el punto justo, el tiempo es el único juez que termina dictando sentencia. Sin embargo, observamos con asombro cómo la sociedad actual ha hecho del «bienquedismo» su religión. Parece que hoy, decir una verdad incómoda o señalar un error evidente es un sacrilegio contra la paz social.
Nos hemos acostumbrado a aplaudir lo mediocre, a celebrar el «todo va bien» y a mirar hacia otro lado cuando vemos que un proyecto o una decisión colectiva se despeña por el barranco de la improvisación. ¿Por qué? Por miedo. Miedo a no encajar, miedo a perder un cliente o miedo a que el algoritmo nos castigue. Hemos preferido la comodidad de la mentira amable a la incomodidad de la verdad necesaria.
Esta tibieza no es gratis. Cuando nadie se atreve a decir que el rey va desnudo, terminamos todos adorando el traje invisible. En nuestro entorno, el del arte sacro, esta actitud es una plaga. Vemos cómo hermandades se embarcan en proyectos técnicamente insostenibles, cómo se toman decisiones estéticas que desvirtúan siglos de historia y cómo se contrata no a quien mejor sabe hacer el trabajo, sino a quien menos problemas da al hablar. Y, mientras tanto, el silencio cómplice de los que sabemos —pero callamos— es lo que permite que la mediocridad se convierta en norma.
El «bienquedismo» es la forma más elegante de la cobardía. Es preferible ser desagradable y honesto, que encantador y cómplice de un desastre. En el taller, un error se corrige con una lija o con un nuevo bruñido, pero en la sociedad, el error consentido se convierte en costumbre, y la costumbre termina siendo nuestra identidad.
Quizás es hora de recuperar el valor de la discrepancia. Si al final de la semana, tu única preocupación es no haber molestado a nadie, es muy probable que no hayas hecho nada realmente importante. Nosotros seguiremos trabajando juntos, defendiendo que el oro y el barniz solo cobran sentido cuando se aplican con honestidad —aunque sea dura—, prefiriendo el respeto que se gana con el trabajo bien hecho al aplauso barato que se consigue con la hipocresía. Sevilla no se construyó con gente que siempre decía que sí; se construyó con maestros que sabían cuándo decir: «así no».
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