A veces uno se mira de lado y le da hasta vergüenza el papelón que gastamos los que nos dedicamos a esto. Salimos en las fotos, nos ponen el micrófono cerca o nos llaman «maestros» con una ligereza que asusta, y corre el peligro de creérselo uno mismo. Qué peligro tiene mirarse demasiado el ombligo en este ámbito. Al final, nos ponemos pedantes, sacamos a pasear una falsa humildad que canta a leguas, y se nos olvida de dónde venimos y para quién trabajamos.
Conviene bajar los humos a tierra, sacudirse el polvo del taller y recordar la verdad más grande de todas: no somos nadie.
Aquí no hay salvadores de la patria ni genios inalcanzables. Somos, simple y llanamente, unos currantes. Artesanos y artistas que se levantan temprano, que se manchan las manos de verdad y que tienen la inmensa suerte de poner su tiempo y su oficio al servicio de algo mucho más grande que nosotros mismos. La obra que pasa por nuestras manos no nos pertenece; nosotros somos solo el instrumento, el medio que Dios o la devoción utiliza para tomar forma.
Respeto máximo a todos los compañeros de este gremio, en cualquiera de sus disciplinas, porque sé lo que cuesta salir adelante sin perder la dignidad. Por eso mismo no se trata de mirar por encima del hombro a nadie, ni de creernos por encima del bien y del mal solo porque una pieza haya salido redonda. El talento no es un carnet de superioridad; es una responsabilidad, una herramienta prestada para servir con sencillez.
Cuando uno entiende que su único papel es agachar la cabeza, ponerse el delantal y trabajar con honradez para Él, se le quitan rápido las tonterías de la cabeza. Ni somos más que nadie por tener este don, ni se nos caen los anillos por reconocer que somos obreros de la belleza.
Que cada cual toque su palo con orgullo, pero con los pies bien pegados al suelo. Porque al final, cuando baje el telón y se apague el foco del taller, lo único que queda es la verdad de lo que has hecho: ni más, ni menos que un trabajo entregado con el alma, sabiendo que nosotros pasamos, pero lo que de verdad importa se queda para siempre.





