Como artesanos que pasan sus días entre el oro y el barniz, nuestra vida transcurre en la calma del taller. Desde ahí, observamos cómo nuestra ciudad se ha convertido en una especie de escenario permanente donde, bajo el pretexto del culto, el paso procesional parece haberse instalado en la calle de forma casi ininterrumpida. Entre vísperas, Semana Santa, Glorias, Corpus y extraordinarias, el calendario se ha vuelto un laberinto de cortes de tráfico, bandas y multitudes.
Para el creyente, esto es una manifestación magnífica de nuestra idiosincrasia. Pero, ¿nos hemos detenido a pensar qué siente el prójimo? Ese vecino que intenta llegar a su trabajo, el comerciante que ve su acceso bloqueado un domingo sí y otro también, o el ciudadano que simplemente busca la tranquilidad en su propia ciudad. Hemos llegado a un punto en el que la procesión, que debería ser un acontecimiento extraordinario, se ha normalizado hasta rozar la ocupación del espacio común.
Como profesionales que vivimos de esto, podréis pensar que nos estamos disparando en el pie al cuestionar esta dinámica. Pero ser artesano es también ser consciente de lo que uno tiene entre manos: el patrimonio sacro exige respeto y solemnidad. Cuando convertimos la ciudad en un desfile constante, despojamos a la imagen y al paso de su sentido último. Lo que es cotidiano, pierde su capacidad de asombrar; y lo que es permanente, termina generando el rechazo de aquel que, no siendo cofrade, siente que su derecho a la ciudad es constantemente vulnerado.
No se trata de pedir que se apaguen las luces, sino de recuperar el sentido de la medida. Cuando un artesano trabaja, sabe que el exceso de barniz mata la madera y que el exceso de oro satura la vista. Con la vida pública de Sevilla ocurre lo mismo: el exceso de manifestaciones en la calle está desgastando la tolerancia de un sector de la ciudadanía que, al final, es el que convive con nosotros todo el año.
Quizás es momento de reflexionar si el camino de la «procesión infinita» es el más sostenible para el futuro de nuestras hermandades. Porque la verdadera grandeza no está en adueñarse de la calle durante todo el año, sino en saber ser respetuosos con el prójimo, asegurándonos de que, cuando el paso finalmente salga, la ciudad entera se detenga a mirarlo, no porque no le quede más remedio, sino porque siente que está ante algo verdaderamente excepcional.
Pasen una buena semana.





