Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

Los carmelitas y la Cofradía del Santo Sepulcro de Córdoba: nazarenos de sangre, la Virgen de las Penas y otras pinceladas históricas

El especial de la Semana Santa de Córdoba de 1996 de la revista Alto Guadalquivir, contenía un excelente artículo de Juan Aranda Doncel, que realiza una serie de consideraciones históricas acerca de la relación entre la Orden Carmelita la antigua Cofradía penitencial del Santo Sepulcro. Aranda Doncel recuerda en este texto como los Carmelitas se instalan en Córdoba en el periodo comprendido entre 1510 y 1557, refiriendo la gran cantidad de conventos que fueron fundados en aquel tiempo. 

La llegada de la Orden a la ciudad de San Rafael fue autorizada expresamente el 12 de octubre de 1542 por Leopoldo de Austria heredero de la silla de Osio, quien cedió la ermita de la Vera Cruz, situada frente a la de San Sebastián, para que los carmelitas allí se establecieran. El documento de Juan Aranda Doncel precisa que allí permanecieron hasta que en 1580 se trasladaron a Puerta Nueva. 

El interesante artículo explica que ya durante la etapa en que el Convento del Carmen se encontraba en su primitivo emplazamiento allí radicaba la antigua Cofradía penitencial del Santo Sepulcro al igual que ocurría con la Hermandad de Nuestra Señora de la Cabeza, ambas con gran pujanza y arraigo entre los vecinos del barrio, si bien la advocación popular más importante en el templo correspondía a Nuestra Señora del Carmen que contaba con su propia hermandad. Estas tres potentes hermandades coexistieron con otras que terminaron extinguiéndose a finales del siglo XVIII, las de la Santa Cruz, Concepción de Nuestra Señora, Ánimas del Purgatorio y San Gregorio. 

Más en concreto, en relación con la antigua Cofradía del Santo Sepulcro, Aranda Doncel explica que sus primitivas reglas fueron aprobadas el 5 de marzo de 1573 por el licenciado Montano de Salazar, provisor general del Obispado, en nombre de fray Bernardo de Fresneda, obispo de la diócesis. Una hermandad abierta a hombres y mujeres cuyos miembros formaban parte mayoritariamente de las capas medias y bajas de la sociedad cordobesa entre los que abundaban artesanos, tratantes, lagareros, pequeños labradores y trabajadores del campo así como mercaderes incluso inmigrantes extranjeros. 

La Hermandad, siempre según el magisterio impartido por Aranda Doncel, estaba presidida por un prioste o hermano mayor nombrado por los propios cofrades cuyo mandato solía durar un año si bien este se prolongaba mediante sucesivas reelecciones. Se conserva la identidad de algunos de estos priostes entre los cuales figuran artesanos y comerciantes como Alonso Ruiz Paniagua, cordonero, o Andrés Carrillo, vendedor de libros, qué ocuparon este cargo en 1611 y 1632, respectivamente, pero también analfabetos cómo Juan lainez y Andrés de Madrid, qué ocuparon el cargo entre 1586 y 1588. 

El devenir de los acontecimientos propició que en la segunda mitad del siglo XVIII la Hermandad se vincularse al Colegio de escribanos públicos cuyos miembros habían sido expulsados en 1755 de la Hermandad de Jesús Nazareno lo que contribuyó a paliar la deficiente situación económica de la cofradía, alimentada por aquel entonces exclusivamente de las cuotas de hermanos y las limosnas. 

Ingresos exiguos para soportar los gastos de la corporación cuya partida más importante correspondía la estación de penitencia que tenía lugar en la noche del Viernes Santo inmediatamente después del sermón del Descendimiento. Aranda Doncel explica que en esta procesión estaba conformada por los pasos del Yacente en el Sepulcro y Nuestra Señora de las Angustias o Quinta Angustia, acompañados por hermanos de luz y de sangre. 

Juan Aranda Doncel explica que, a finales del siglo XIV, coincidiendo con el traslado de la Orden Carmelita y la cofradía a Puerta Nueva, la imagen primitiva de la Virgen sería sustituida una nueva imagen, tal y como certifica, el testamento otorgado por Ana Martínez de Ojeda en mayo de 1597 que detalla que es su voluntad que su cuerpo sea sepultado en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en la Iglesia Nueva, a los pies del altar y poner en dicha iglesia la nueva imagen de Nuestra Señora de La Quinta Angustia. 

Sin embargo, Juan Aranda Doncel indica que la nueva dolorosa cambió su antigua advocación por la de Nuestra Señora de las Penas, título por el que será conocida hasta el siglo XIX. Conviene destacar que, en aquellos años, la única capilla existente en la Iglesia del Carmen, además de la mayor, era la que ocupaba la Hermandad del Santo Sepulcro, cuyos miembros la remodelaron completamente en 1737, lo que da fe de la importancia capital que tuvo la Hermandad. 

La Cofradía del Santo Sepulcro, indica Aranda Doncel, dejó de realizar su estación de penitencia en 1820 a consecuencia del famoso e inolvidable Decreto del obispo Pedro Antonio de Trevilla. Una salida procesional que volvió a recuperarse a mediados del siglo XIX, con el Yacente formando parte de la procesión oficial del Santo Entierro que salía de la antigua iglesia de los jesuitas, la parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos, conocida por este motivo como la Compañía, pero esta ya es otra historia…

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