El viejo costal, 💙 Opinión

Maldita parca…

Con el paso de los años y la edad acumulada, como daño colateral, vengo sufriendo en exceso de la partida de muchos conocidos y otros tantos amigos, con los que compartí años de trabajo y mucha pasión por las cosas que nos gustaron.

Esta semana pasada recibí otro mazazo de la vieja parca, si esa que todos conocemos y de la que no nos gusta hablar, Átropos, hermana de Cloto, la que hilaba, también hermana de Láquesis que devanaba, pues entre estas paganas deidades, romanas, es Átropos la que cortaba el hilo de la vida.

Y hace apenas unas horas he perdido una persona muy apreciada y querida, incluso admirada. Sí, hablo de José Miguel Poveda de la Rubia, otro de viejo costal, que se inició en esto en la década de los 70 del siglo pasado. Con el que tuve el privilegio de trabajar bajo las trabajaderas, y como colaborador en otras hermandades, hasta en la suya, Virgen de los Dolores de Alcolea, como costalero, compartimos alguna década codo con codo.

Un caballero de los pies a la cabeza, cofrade, amigo leal, compañero fiel, buena persona, humilde y un millón de calificativos superlativos serían pocos para enumerar su calidad como persona.

José Miguel, serio de aspecto y siempre de sonrisa apaisada, y de humor ligero, sin maldad. Con mucha razón, las más de las veces, consejero infalible.

Pues te hemos perdido, vaya forma más inhumana de empezar este año 2020, con la pérdida de un amigo, con el corazón compungido, ¡maldita parca!

Tenemos la seguridad de que estás disfrutando de los parabienes que Dios les tiene reservado a los que en vida le sirvieron, y que cuando lleguemos a volver a vernos, sienta de nuevo al abrazarte, que tu abrazo es de “Amigo”, amigo de los de verdad, como has sido durante tu vida, y puedas reconfortarme con la serenidad que te caracterizó siempre.

José Miguel tú sabes que con tu partida he perdido una parte importante de mi vida cofrade, un trozo grande de mi corazón se ha parado, ha dejado de latir, tu sabes el hueco tan grande que has dejado en los que te conocimos, ahora que has terminado esta chicotá, ahora que el único capataz de la vida ha gritado “ahí quedó”, pues como siempre, un breve descanso y arrancar de nuevo bajo la trabajadera, y ya sabes José, al levantar de nuevo, como si fuese la primera en el templo, empezamos otra obra grande, otra chicotá inmensa. Te quiero a mi lado, ayúdame como siempre y ya sabes te estoy ya echando de menos.

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