Como sevillana y como cofrade estoy indignada y espero que los hermanos del Cachorro exijan responsabilidades a quienes mandan en una hermandad que ha vendido su dignidad por una foto junto al Coliseo
No hay nada más absurdo que tratar de convertir lo que es una carpa en un templo, por mucho que se le pongan columnas de cartón piedra y cortinas de terciopelo. La carpa, por mucho que se adorne, sigue siendo una carpa. Y, por mucho que se le intente dar una estética de santuario sagrado, no dejará de ser un refugio improvisado que no hace justicia a lo que realmente representa.
¿De qué sirve intentar disfrazar lo que no se puede ocultar? El Cachorro, la imagen cumbre del barroco andaluz, dada su calidad anatómica, artística e histórica, no merece, ni de lejos, que su salida se reduzca a un simple puesto de feria, por muy revestido que esté. Tallada en 1682 por el genio de Francisco Antonio Ruiz Gijón, la talla de El Cachorro es una de las más espectaculares y veneradas de la Semana Santa de Sevilla. No es solo una obra de arte, es un icono de la ciudad, un referente de la tradición cofrade que, indiscutiblemente, merece salir de un espacio digno, no de un refugio improvisado. La carpa, de lona y metal, por mucho que intenten camuflarla con adornos y detalles que intenten evocar la grandeza de un templo, sigue siendo una carpa, y nunca será el templo que la imagen de El Cachorro merece.
Es casi un insulto que, para cumplir con una necesidad logística, se vea forzada a salir de esta estructura temporal. ¿Para esto se va a Roma? El Cachorro, una de las piezas más sobresalientes del patrimonio artístico de Sevilla, no merece ser reducido a un espectáculo de feria. Su majestad, su grandeza y su peso histórico no deben ser tratados como si fuera un detalle secundario en un montaje improvisado que, por mucho que lo recubran de adornos, no deja de ser una carpa. No estamos hablando de cualquier imagen, estamos hablando de una de las más emblemáticas de nuestra Semana Santa, una obra maestra del barroco andaluz, y no debe salir a la calle desde este tipo de estructuras que, por mucho que se intenten adornar, no están a la altura.
Al final, quienes siempre han defendido que quien quiera ver la Semana Santa de Sevilla, que venga a Sevilla, tal vez tengan razón. No hay carpa ni «templo improvisado» que pueda sustituir la auténtica majestuosidad de la tradición sevillana. El Cachorro, con más de tres siglos de historia, no merece ser parte de este triste espectáculo. Se merece un templo real, digno de su grandeza, no este puestecillo de feria que, por mucho que se le quiera vestir de gala, no deja de ser lo que es: una carpa, y no más. Como sevillana y como cofrade estoy indignada y espero que los hermanos del Cachorro exijan responsabilidades a quienes mandan en una hermandad que ha vendido su dignidad por una foto junto al Coliseo.
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