La Semana Santa de Sevilla es una amalgama de tradiciones profundamente arraigadas, donde cada detalle —por mínimo que parezca— forma parte de un complejo lenguaje emocional y espiritual. Por eso, cuando se produce un cambio sustancial, como el que ha vivido recientemente el Cristo de la Expiración, el Cachorro de Triana, las reacciones no se hacen esperar. Y mucho menos se apagan.
Esta Semana Santa de 2025 ha marcado un punto de inflexión sonoro para uno de los grandes referentes del Viernes Santo: el Cachorro ha dejado atrás los sones de la banda de cornetas y tambores Presentación al Pueblo de Dos Hermanas, con la que marchó durante años, para hacerlo acompañado por una banda de música: la Banda Municipal de La Puebla del Río. No es un matiz, es una transformación radical en la forma de sentir y vivir su paso por las calles de Triana.
El debate está servido, y es de los que no se agotan en una tertulia rápida ni en unos cuantos comentarios en redes. Hay quienes han recibido este cambio como un soplo de aire fresco, una apuesta por la musicalidad rica, melódica y pausada que puede aportar una banda de música. Para estos defensores, la nueva sonoridad resalta la dulzura dolorosa del Cristo, su trazo barroco, su agonía contemplativa. Es, dicen, una forma más coherente de potenciar la expresión estética de la imagen.
Pero del otro lado están quienes sienten este cambio como una pérdida de identidad. Para ellos, el Cachorro sonaba a Presentación, como el rugido de una multitud que reza con las cornetas al compás del sentimiento. Las cornetas y tambores no eran solo música; eran lenguaje, genio, pasión y una forma de gritar el dolor al cielo. El cambio, por tanto, no es solo musical: es emocional, casi íntimo. Y duele.
Lo interesante de esta controversia es que no enfrenta al purismo con la modernidad de forma simplista. No se trata de una mera disputa entre “tradicionalistas” y “renovadores”. Se trata de dos maneras diferentes de entender la religiosidad popular, de conectar con el arte sacro, con la liturgia no escrita que es la Semana Santa en las calles.
¿Es más digna una marcha interpretada por una banda de plantilla completa que una marcha de cornetas? ¿Acaso no pueden convivir ambas formas sin que una desplace a la otra? ¿Debe una hermandad seguir el camino que marca su historia o el que abre su sensibilidad presente?
Preguntas como estas no tienen respuestas definitivas. Y quizá ahí radica su valor. Porque lo que realmente importa es que Sevilla sigue discutiendo, sintiendo, latiendo en torno a sus imágenes. Y eso es señal de que la Semana Santa está viva. Cambiante, sí, pero viva.
Al final, el Cachorro sigue caminando. Y lo hace con una nueva voz. Ni mejor ni peor, simplemente distinta. Quedará en el recuerdo de cada uno decidir qué banda hizo sonar más fuerte su corazón.





