Sin ánimo de ofender, 💙 Opinión

Mirando sin mirar

No deja de ser asombrosa la facilidad que algunas personas demuestran tener a la hora de hacerse notar, generalmente con el firme propósito de convertirse en el centro de atención pese a que ese ego, quizá excesivamente ávido de reconocimiento, trate por todos los medios de esconderse detrás de una escrupulosa moralidad que, bien llevada a la práctica, tendría toda una razón de ser.

Sin embargo, más pronto que tarde uno siempre termina por firmar sus obras y demostrar la pasta de la que se está hecho, de modo que no constituye ninguna novedad que sea ese primer y revelador impulso el que se apropie de toda voluntad, invirtiendo el orden lógico de actuación – considerando que haya algo de lógica – que finalmente anticipa el golpe a la pregunta.

Esta conducta tan impropia de los valores que, una vez más, se supone que guían los principios de un colectivo como el nuestro, parece asimismo estar estrechamente ligada a otro comportamiento de lo más sospechoso. Así pues, resulta enormemente curioso observar la pasmosa frecuencia con que esas personas que se dicen orgullosamente ajenas y detractoras de las opiniones que les disgustan – o disgustaban, según manifiestan – son las primeras en saltar desde el escondite en el que se encontraban agazapadas mientras fingían castigar a la otra parte con su cruel indiferencia.

El problema es que las conclusiones precipitadas, seguidas del pausado discurso cargado de florituras y tecnicismos propios del que cree hablar con la ley en la mano, son solo un torpe recurso que de nada sirve una vez que ya se han vomitado todos esos vacíos argumentos que tanto amparo esperaban encontrar en la ilegitimidad de los hechos del de enfrente.

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