“Es que muchos capataces piensan que cuando salen del dintel de la iglesia, la gente está pendiente para rezarle a él, ponerle una velita y rezarle un quinario”
Hay momentos que quedan marcados para siempre en la vida de un cofrade. En el caso del capataz de Morón de la Frontera, Manuel Martín Nieto, ha habido dos (uno por bueno y otro por difícil) que se le han quedado grabados.
Así los desveló en la tertulia de la que fue parte en la entrega semanal de Cofrades 24/7, donde Martín Nieto aludió a la cofradía del Soberano, en el apartado positivo.
El mejor momento
“Yo tengo dos hijos y ese es mi tercer hijo, ese sueño que empezó hace quince años desde cero, cuando salimos el primer año como hermandad” y pudo “tener la suerte de haber sido el autor de las imágenes, fundador de la propia hermandad y estar delante de mi Señor y de mi Virgen, habiendo salido de mis torpes manos, ha sido de las cosas más emocionantes”, confesó.
Ello para agregar que, “imaginaos lo que es estar delante, con mi gente, con tu Señor que ha estado en tu taller en barro y en madera, y con la gente de tu barrio”.
Y fue más allá al confesar que se acordó de “mi gente materna, de mis abuelos que me pedían antes de morir, que porqué no hacía una hermandad en el barrio. Fallecieron y no fui capaz de meterle mano”.
El peor momento
En el otro lado, el más desagradable, sin lugar a dudas, lo viví con mi compadre Melli, y fue en el año 2000 en el Santo Entierro Magno de Morón de la Frontera”, reveló Martín Nieto.
Así recordó que “era capataz de la Borriquita, tuvimos un retranqueo el Viernes Santo por la tarde y el paso era de cuarenta costaleros y allí apareciern veinticinco o veintiséis”.
“Esa noche, salvando las distancias, yo pasé una agonía. No dormí, un sudor frío, me levanté con los ojos pegados, porque como salían los demás Cristos de Morón todo el que venía a echarme una mano salía en su hermandad y tuvimos que hacer un trabajo de rogativas para que vinieran. La verdad es que lo pasé muy malamente”.





