A contracorriente | Los dos faeneros

faeneros

Hay códigos que, cuando saltan a la palestra, los reconoces. Sobre todo, cuando los mismos son similares a los que usas o, al menos, te sientes muy identificado con ellos.

No son convencionales, ni su lenguaje es apto para todos los públicos, pero su mensaje guarda una verdad antigua, latente, fuera de las modas y muy cercana a la historia. La misma que nos trajo hasta aquí y que, con absoluta frecuencia, desconocemos, ignoramos o, peor aun, no la estimamos.

No se trata de un chascarrillo de capataces anquilosados. Nada qué ver. De lo que hablan es de los más grande de las cofradías, de las generaciones que nos trajeron hasta aquí y que dan todo el sentido de todo lo que hacemos.

Se trata de dos faeneros y no hay nombre tan bonito para aludir al oficio de costalero. El primero del que les hablo se apellida Garrido y se llama Enrique. Su tradición es la que él mismo se impuso y escudriñó ahondando en la historia del mundo del costal.

Lo admiro como a pocos (quizá al nivel de Ángel Carrero), porque tiene un discurso coherente, argumentado y en algunas de las cosas en que se fija son exactamente las mismas que mira un servidor. Cuando los raritos se encuentran se reconocen y les aseguro que es de las pocas sensaciones de tranquilidad que uno puede tener.

E costó años estar un par de horas con él, sin testigos, y esa entrevista es una de las que más he disfrutado, y he hecho unas cuantas.

Les gustará más o menos, pero para mí es el presente y el futuro de las cofradías con alguno más que, aunque muy distintos, son capataces de pitón na rabo.

Con el otro faenero, el legado de la estirpe de los Sáez, mantengo una amistad de las que no hace falta mantener a diario. Cuando hablamos, esporádicamente, es como si fuera ayer y eso es más valioso que cualquier cosa en esta vida.

Se apellida Pinto Sáez, se llama David Simón y con él, desde mi punto de vista, Córdoba no ha estado a la altura. O quizá sí, la de la mediocridad, pudo ser capataz de lo que hubiera querido pero, como ya les digo de los raritos, optó por el camino del salmón, el de nadar a contracorriente.

Eso no se perdona, lo que se aplaude es la asiduidad a las tabernas, a los rumores, a la crítica. Pero David se viste por los pies y nunca ha entrado en nada de eso.

Recuerdo, querido amigo, la primera vez que hablamos y ahí supe que estaba ante alguien diferente. Como me dijo otro amigo, fue un flechazo de amistas y me demostraste que ser coherente tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar.

A nuestra manera sé que lo hemos pagado, pero si de algo me enorgullezco de esta ciudad es que tu familia tiene una placa y, en la misma está tu apellido.

Córdoba tiene a dos faeneros y, de alguna manera, yo también me siento así y ese regalo no te lo traen ni lo Reyes Magos.