La noche resultó tranquilizadora, pues, a fin de cuentas, estas lluvias abrileñas, copiosas, pueden devolver a nuestra Sierra parte del esplendor que le ha faltado en el ámbito del encuentro, de la peregrinación, de la devoción que recorre estas tres históricas leguas que la unen la ciudad de Andújar con la Basílica de la Santísima Virgen de la Cabeza (¡porque nada separa a Andújar de su Señora y Madre!).

Actos diversos han asaeteado le memoria de la ciudad y su ansiedad por volver a hacerse al viejo Camino de Herradura o a la carretera con su remozado y fortalecido puente de hierro. Exposiciones, cartelería, reposteros y paneles fotográficos en las distintas avenidas nos manifestaban nuestro orgullo como pueblo y nuestro amor, generación tras generación, hacia la Madre de Dios que vive en el Cerro que nace desde las orillas del Jándula montuno y que se alza como Cabeza y centro de toda la Sierra Morena. Pero grandes eran las ausencias. En primer lugar, de tantos seres queridos como han partido, en estos dos años de pandemia, de esa vida al Cerro de los Cielos. Después, por la ausencia de todo ese trajín que conlleva nuestra ancestral Romería en los hogares andujareños: revuelo de trajes, de comidas, de preparativos para los días a vivir en la Sierra, momentos para la organización y para el festejo alegre de estar y sentirnos vivos junto a los familiares y amigos; tiempos para la oración, la plegaria, el llanto y la alegría por saber que CRISTO nos ha redimido y que la Santísima Virgen de la Cabeza (que siempre nos dijo que así sucedería) está tan cerca de nosotros para recordarnos las verdades de fe que contienen su palabra contenida en el MAGNIFICAT.
Una Romería sin peregrinación; una Romería sin Camino viejo; una Romería sin Jueves de la Ofrenda y Viernes de Recepción de Cofradías; una Romería sin banderas acercándose a los balcones y a los zaguanes para que los andujareños de bien besen sus cintas, ofrendando su amor a la Reina de Sierra Morena; una Romería sin nuestros coros cantando por sevillanas por las calles mientras se formaban los remolinos de andujareñas bailando en círculo con esa gracia y ese aleteo de manos al aire que tanto enamora a la brisa que nos llega desde el viejo río.

¡Pero lo que en ningún momento ha languidecido ha sido la FE! Una fe de “Padre nuestro”, “Ave María” y “Gloria”. Una fe que vistió a la Madre y Señora con el manto color esperanza que bordaran las hermanas Engelmo y que simula dos cuernos de la abundancia, flamantes llameros de flores, en las esquinas de sus caídas frontales, un manto que nos recuerda a Nuestra Madre en su antigua efigie, que también vistió este hermoso terno. Una fe que es caridad auténtica, pues es en el amor en donde se cimenta. Una fe de abrazo a los hijos para hablarles de cuanto se siente en cada rincón donde Ella nos convoca. Una fe de memorias de risas y encuentros al llegar por los Caminos al paraje del Lugar Nuevo. ¡Una fe que se ha hecho comunión y celebración conjunta de la Sagrada Eucaristía, presidida por nuestro señor Obispo en el altar de CRISTO que corona la Basílica y Real Santuario erigido por el pueblo de Andújar en honor, homenaje y mayor gloria de nuestra Madre Amantísima, Madre de Dios y Mujer bendita entre todas las mujeres, la siempre llena de la Gracia Divina, la Pura, Limpia e Inmaculada Concebida, la Reina de Cielos y Tierra, la más perfecta Rosa de Oro, la SANTÍSIMA VIRGEN DE LA CABEZA!





