Desde que empieza el camino de un músico cofrade el sendero siempre está lleno de metas. Llámese a estas metas diferentes momentos y eventos que vives en las diferentes bandas en las que participas en su vida musical.
En un principio siempre es la formativa, ese momento en que coges tu primera boquilla y el director o el encargado de ese menester te dice: «niño, tú sopla por ahí hasta que te salga el sonido«, y por fin llega el momento de ensamblar esa boquilla con el instrumento y sientes como de la nada sale algo parecido a música de tus labios. O cuando dejas de dar golpes y golpes y golpes, dos con cada baqueta, hasta que los unes y sale el redoble, es cuando empiezas a participar con tus compañeros y entras por primera vez en aquel circulo tan grande donde siempre habías soñado estar.
Otro de los grandes momentos es el de enfundarte el uniforme de tu banda. Es la funda perfecta a un sentimiento de orgullo personal y colectivo. Te crees poco menos que Superman ¡jajajaja! Orgulloso de lucirlo por toda tu ciudad y que te vean lucirlo. En fin, momentos, momentos, momentos.
Solos de ensueño con la marcha La Clámide Púrpura por Colón y de frente ver el encargado de encender los candelabros de tu Cristo que no es otro que tu padre y te mira orgulloso. Subir la Calle de la Feria el Domingo de Ramos y a mitad de la calle, siempre a mitad de la calle, a mi derecha y en el bordillo, las tres personas más importantes de mi vida esperando que pase para poder verme orgullosas. Esa mirada del hijo del músico cuando mira a su padre haciendo música es algo simplemente impresionante.
Pero sin duda el día que aquella niña que te preguntaba aquello de, «papi, hoy tampoco cenas con nosotras«, te dice que quiere ser música del Señor y su Madre, que quiere formarse en una banda, es uno de los más grandes vividos.
Empiezas a dar consejos, que si hay que respetar al director y a los compañeros, que si tienes que tener paciencia con el instrumento, en fin parece que eres tú mismos el que vuelve a la niñez.
Hasta que llega ese primer día que de tu mano sale hasta el lugar del primer concierto, dos uniformes en tu casa del mismo color, dos instrumentos y dos corazones que parecen que se salen del pecho por los nervios. Sin duda ni en los mejores sueños de un músico cofrade puede imaginar que eso le suceda. Niños que sin querer han «mamao» la música desde el vientre de su madre y ahora ocupan las filas de nuestras bandas. Cuidemos a esos niños, futuros músicos algunos de carrera, de esa forma estaremos cuidando nuestra cultura.





