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El Cirineo, Opinión

No pienses ni por un momento que la guerra ha terminado

No pienses ni por un momento que la guerra ha terminado. Los saqueadores de sentimientos llegaron un día para quedarse, para destruir todo aquello que amabas, para desmembrar tus recuerdos y arrojarlos para siempre por un abismo de profundidad abominable e indeterminada en el que yacen las ilusiones de varias generaciones de cofrades hastiados, como tú, que se marcharon para siempre rompiendo en mil pedazos su ficha de hermano, como estás a punto de hacer tú, cansados de ver cómo unos cuantos seres sin escrúpulos hacían añicos los sueños que un día fueron su tesoro, y el tuyo. Sin embargo y pese a todo, la guerra no ha terminado, grábatelo a fuego en las entrañas. Sé que muchos han abandonado el sendero y les comprendo, no pienses que no les comprendo. Te comprendo…

A fin de cuentas es lícito que quienes tienen vida propia y no necesitan un cargo miserable, un llamador o una palmadita en la espalda para sentirse realizados, decidan que no merece la pena clamar en el desierto, que hay cosas mucho más importantes que enervarse porque han vestido a tu Virgen como a un indio o porque año tras año tu cofradía vuelve a hacer el ridículo mientras los de siempre se vanaglorian nadie sabe bien por qué. Que suficientes miserias nos rodean como para que nos duela algo, que más allá de la devoción íntima y personal, esa que nadie podrá nunca robar ni apagar, no es más que un hobby, un pasatiempo, muy por detrás de nuestra familia y nuestro trabajo, por más que quienes hacen girar su vida en torno a un trono jamás lo hayan podido comprender. Quizá una parte de tu vida, pero no la más importante. Una por la que tal vez merezca la pena luchar pero que si se difumina no suponga la nada.

Pero la guerra no ha acabado. Otros llegan para coger el testigo que un día llevaste con dignidad y orgullo. Hombres y mujeres menos cansados que tú, sin viejas heridas ni recuerdos en sepia. Sin llevar la mochila cargada del daño incalculable que otros infligieron para poder tener su hueco en el paraíso que terminó convertido en cortijo privado. Y detrás llegarán otros, las personas pasan, nadie es imprescindible. Y del mismo modo que los que llegan ahora no recuerdan tu nombre, llegará un momento en que lo mismo les ocurrirá a quienes ahora mandan. Puede que algunos apellidos figuren en libros que casi nadie leerá. Puede que no llegue nunca a hacerse justicia con los que llenaron de víctimas la orilla de su codicia. Seguramente veas como una y otra vez, una sensación horrible de injusticia se apodere de tu alma y un dolor antiguo, que poco a poco se irá transformando en desidia, ennegrezca tu corazón. No escuches, no sucumbas del todo… aún no…

Es cierto que tus hijos jamás podrán vivir lo que tú viviste y que los responsables convertirán cada rincón de tu infancia en un erial corrompido. Como lo es que llegará un momento en el que descubras que han pasado meses, quizá años, sin que tus pasos te acerquen al Cielo para reflejarte en las pupilas de quien siempre ocupó un lugar insustituible en tu altar de cabecera. Y comprendas, de repente, que lo que un día imaginaste como un exilio temporal se ha convertido en eterno y definitivo, y que tu tiempo ya ha pasado. Un tiempo que se ha difuminado entre errores y desencantos para instalar toda su tristeza en tu espíritu destrozado, el mismo que parecía indestructible y del que ahora apenas queda un hálito.

Entonces, precisamente entonces, por difícil que pueda parecerte, habrá llegado el momento de volver a luchar, de aportar lo poco que puedas, lo poco que te quede. Un último suspiro para que un día las sonrisas vuelvan a brillar con toda su intensidad en el Edén que conociste. Llegarán para buscarte, reclamando tu consejo o tal vez que ayudes a remar… y será el momento de volver a apretar los dientes, por dignidad, la misma que enarbolaste antaño para correr carretera y manta. Levantar tu voz para que lo un día te robaron vuelva a ser de todos y para todos. Para que la libertad recupere el horizonte que jamás debió perder, y para que los sueños, que los que mandaron y los que mandan convirtieron en pesadilla por obra y gracia de su deleznable soberbia, vuelvan a renacer en generaciones más jóvenes, más limpias, más puras…

Será el momento de alzar la voz y gritar a los cuatro vientos que es la hora de volver a empezar, de volver a luchar, de volver a soñar… la hora de que quienes tiñeron de zozobra el mar en calma, sientan los efectos de la tempestad que con sus hechos crearon… que tal vez se hayan perdido mil batallas, pero que la guerra aún no ha terminado… la hora de la revolución.

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