La Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Columna de Lucena, Córdoba, ha depositado este viernes en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) la imagen de Jesús de la Columna para elaborar un informe sobre su estado de conservación y un presupuesto para su restauración. Conviene subrayar que el pasado mes de enero un equipo del organismo público realizó una visita técnica a la parroquia de Santiago Apóstol, sede de la corporación, para hacer una inspección in situ de esta talla del taller de Pedro de Roldán y Onieva datada en el siglo XVII. Se trata, sin duda, de una de las imágenes lucentinas que mejor y más completamente ha de incluirse en el patrimonio histórico-artístico es la de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, procedente de la extinta cofradía de la Veracruz, la más antigua de las corporaciones pasionistas lucentinas creadas a raíz del concilio de Trento, institución creada a mediados del siglo XVI, datándose la imagen del Amarrado en 1674-1675.
La obra le fue pagada al insigne imaginero en dos plazos. El 11 de abril, jueves santo de aquel año, parece ser que recorrió este Cristo por primera vez, bajo palio negro y sobre andas de camilla del mismo color, las calles de Lucena, sobres hombros de seis «santeros» con almohadillas de lanilla negra y con horquillas preparadas por el cerrajero Diego Rodríguez. Juan Gómez, por 10 reales, tocaba el «torralbo», instrumento procedente en su materia del Puerto de Santa María y por el que se habían pagado 100 reales. En la procesión intervino la capilla de música de San Mateo, por 100 reales, bajo la dirección del licenciado don Cristóbal Recio Negrales, arpista. En la procesión participaban hermanos disciplinantes con jubones y capirotes blancos, junto con hermanos de luz que portaban hachas con cera amarilla procedente de la villa de Chillón, perteneciente también al marquesado de Comares, y con cera blanca, proveniente del Puerto de Santa María. También alumbraban clérigos con velas.
Dentro de la periodización establecida por el propio profesor Bernales para la obra de Roldán, el Amarrado de la Veracruz de Lucena se ha de incluir en el período de madurez (1665-1675), al que pertenecen también sus trabajos del retablo sevillano de la Caridad y otro buen número de obras altamente valoradas. En un encuadre cronológico efectuado anteriormente por el profesor Hernández Diaz de la obra del imaginero hispalense, el Amarrado lucentino pertenece al momento culminante de la etapa llamada por este experto “período de los lustros magistrales” (1660-1675). Como puede observarse, tanto en un caso como en el otro, esta imagen de la flagelación de Cristo se adscribe a los mejores momentos de la creación roldaniana.
Esta obra imaginera, en consecuencia con su valor artístico, ha sido siempre unánimemente elogiada por quienes la han contemplado. A finales del siglo XVIII, el historiador y sacerdote lucentino Fernando Ramírez de Luque se refiere a ella como “la grande efigie de Jesús de la columna”, y su epígono Lucas Rodríguez Lara, también sacerdote y párroco de Santiago de Lucena, la califica a finales del siglo XIX de “magnífica”. En 1911 nos encontramos referencias en la prensa local a esta imagen del siguiente tenor: “La hermosísima imagen es con justicia, entre las muchas y muy buenas que en Lucena existen la más admirada por cuantos artistas la han contemplado”. En 1916, la clásica Enciclopedia Espasa- Calpe nos habla de “la preciosa imagen de la Flagelación, de indiscutible mérito artístico”, siendo la única representación escultórica lucentina de tema pasionista que figura reseñada en esta obra.
Esta representación iconográfica del Señor Amarrado, como han puesto de manifiesto prestigiosos especialistas en imaginería andaluza, presenta la novedad histórica de situar la columna tras la propia efigie, lo que determina que Jesús aparezca con las manos atadas a la espalda. Esta fórmula que Roldán aplica a la escultura sigue el modelo que el flamenco afincado en Sevilla Cornelio Schut llevó a cabo en el grabado.





