Verde Esperanza, 💙 Opinión

¿Ofrecen las bandas la seriedad que ellas exigen?

No son pocas las veces que uno ha escrito sobre la incuestionable labor que realizan las formaciones musicales tanto en un ámbito social como en el cultural. Todo ello a base de trabajo y constancia diaria, que se ve reflejado en la mejora de la calidad musical y, por tanto, en el lucimiento de las imágenes sagradas en sus salidas procesionales. Este último punto no es una cuestión baladí, puesto que conviene enmarcar el orbe de las bandas de Semana Santa en su justa medida, es decir, como un elemento secundario y de aderezo, cuyo objetivo es el engrandecimiento de la presencia de una imagen cristífera o mariana en la calle.

Hace no mucho tiempo, salía a la luz un comunicado oficial -de los que ahora tan de moda está abusar- de una formación musical alegando como razones para no renovar con una determinada Cofradía, que esta había exigido una serie de cláusulas que se consideraban desproporcionadas por parte de la banda. El resultado de lavar estos trapos sucios en esas plazas del pueblo del siglo XXI llamadas redes sociales, es el escarnio público al que se sometió la Hermandad por parte de cuatro exaltados que se sienten con la valentía que les faltaría en persona como para emitir juicios de valor basados en el testimonio una de las dos partes implicadas, sin mayor consideración hacia la Hermandad, que podría estar equivocada en algunas cuestiones, pero cuya motivación para incluir esas cláusulas a buen seguro se basaba en alguna mala experiencia anterior. La conclusión que arrojaban los que, por lo menos, mostraban un mínimo de educación, es que las bandas debían ponerse en su sitio y exigir seriedad y respeto por parte de las Cofradías. Cosa que no deja de ser cierta, pero debería aplicarse a ambas partes, algo que desgraciadamente no sucede siempre.

Es necesario dejar bien claro que este artículo no pretende enfocarse en la situación anteriormente descrita, puesto que desconozco los pormenores de la misma y resultaría imprudente emitir juicios de opinión sobre algo que no se conoce a la perfección, como otros hacen. He de reconocer que he tenido y tengo la oportunidad de echar una mano a algunas Cofradías en la cuestión de la contratación de bandas, y ello me hace poder hablar de determinados asuntos con pleno conocimiento de causa desde mi experiencia personal. Por ello lo que sí voy a hacer es basar mi opinión basándome en situaciones tan reales que las he vivido de primerísima mano. Ojo, la crítica de este artículo no se dirige al gremio de las bandas como tal, sino a aquellos que las gestionan de manera tremendamente equívoca, ensuciando el nombre de todo el colectivo. Habrá quien, desde la perspectiva bandística, se vaya con la idea equívoca de que este texto es un ataque a todas las bandas. Nada más lejos de la realidad, se trata de destapar las malas prácticas de ciertos directivos de formaciones musicales que siempre se van de rositas. Tampoco pretendo sugerir la idea de que quienes gestionan las Cofradías sean santos varones, sería absurdo pensar así, y es que también nos encontramos con casos de falta de respeto y canalladas cometidas por parte de Hermandades en cuanto a trato hacia las formaciones musicales que son despreciables. Lo que sucede es que estos últimos sí que suelen ver la luz con cierta facilidad de un modo u otro. Para que quede meridianamente claro, este artículo no tiene ningún ánimo de generalizar, bajo ningún concepto. Al contrario, y es que afortunadamente un importante porcentaje de formaciones hace las cosas entre bien y muy bien, y estas están comandadas por personas que actúan desde la nobleza y el buen hacer. Realizadas todas estas premisas para enfocar correctamente el artículo -alguno seguirá sin tenerlas en cuenta-, me pregunto… ¿qué pasaría si las Hermandades contaran públicamente las fechorías que realizan quienes comandan ciertas bandas?

Aquello de que la cantidad no hace la calidad es radicalmente cierto, una banda puede sonar perfectamente con 55 componentes, y de hecho las hay y muchas, pero hemos de tener en cuenta que hay procesiones que, por necesidades del guión, como por ejemplo el número de horas en la calle, deben otorgarle cierta prioridad, dentro de unos límites, a la cantidad de integrantes de una determinada banda. Más allá de lo anterior, que es perfectamente opinable, conviene centrarnos en una cuestión más relacionada con la seriedad. Si una formación antes de ser contratada se vende con un determinado número de componentes, ¿por qué luego el día de la salida aparecen quince o veinte menos de esa cifra? Bien es cierto que pueden suceder un sinfín cosas como enfermedades o motivos laborales que justifiquen algunas ausencias, pero intuyo que engordar la cifra de componentes es una práctica demasiado habitual. ¿Y si, además, le sumamos algo mucho menos habitual como quitar de golpe y porrazo unas diez marchas de repertorio? De aquellas que verdaderamente marcan la diferencia a la hora de elegir banda, no hablo de los cambios habituales y totalmente razonables que experimenta el repertorio de cualquier banda, sino de una verdadera perversión en el mismo. En definitiva, algunas Cofradías están expuestas a firmar algo que, en honor a la verdad, luego no se corresponde con la realidad, y parece que se acata con una normalidad que sorprende.

En este sentido, está plenamente aceptada la inclusión de cláusulas mediante las cuales si una corporación retrasa más de un determinado período de tiempo la recogida respecto a lo acordado, hay que abonar cierta cantidad, cosa que veo lógica, puesto que el horario está para cumplirse y es un servicio que la banda ofrece a cambio de contraprestación económica basada en la duración -a priori-. Pero, siguiendo esa línea argumental, resulta chocante que se rechacen de esa manera tan frontal las cláusulas de penalización por, por ejemplo, componentes de menos que falten respecto a lo acordado. Repito, todo ello dentro de los límites de la sensatez y sin ser quisquillosos, pero entiendo que si una Cofradía firma una determinada banda con sus componentes, luego no quiere llevarse la decepción el día de salida de ver que faltan dos docenas. Todo gira alrededor de la seriedad a la hora de formalizar un acuerdo con una Hermandad. Si ambas partes se comprometen en una cuestión concreta, llámese cláusula por retraso horario, establecer un número mínimo de componentes, o cualquier otra ¿por qué luego se exige su cumplimiento al pie de la letra solamente a una de las dos partes? 

Por otro lado, y precisamente respecto a la cuestión de horarios, resulta evidente que la estación de penitencia de una Hermandad ha de estar regida por un comienzo y un final. Nadie discute eso. Pero los responsables de bandas deberían ser conscientes de que ellas también están obligadas a un mínimo de rectitud con respecto, por ejemplo, a la hora de llegada al sitio de salida. He llegado a escuchar bandas afinando ya con un paso en la calle por llegar con el tiempo justo de que se abran las puertas del templo de turno, y también he visto a alguna llegar ya después de salir gran parte del cortejo, provocando así un claro perjuicio horario a la Cofradía. Al igual que un percance puede sucederle a una Cofradía también le puede suceder a una banda, pero la solución es sencilla, planear todo para llegar con un tiempo prudencial para, además de afinar correctamente, evitar estas cosas tan desagradables. Hay muchas bandas que lo hacen así y considero que es lo más sensato. En lo que se refiere a las llamadas cláusulas de agua, tengo que decir que sí que estoy de acuerdo en que la cuantía del contrato se abone en su práctica totalidad, algo de lo que no me di cuenta hasta que gente de bandas me lo explicó en detenimiento. Hay que tener en cuenta que las formaciones musicales tienen unos gastos anuales que no varían por ningún motivo, y si se encontraran con una Semana Santa -que viene a ser la principal fuente de ingresos en un año para las bandas- especialmente lluviosa, estarían expuestas a no poder afrontar esos gastos. Estipular pagos inferiores a lo acordado en caso de lluvia es poner en riesgo la viabilidad de una formación musical. No es de recibo.

Por no hablar de algo que, personalmente, considero que es de lo que más me puede indignar de una banda. Decía anteriormente que un incidente puede suceder y provocar pequeños retrasos en la recogía de una corporación. Todo el mundo conocerá aquel caso que sucedió en Córdoba en el que una formación musical dejó plantada a una imagen sagrada en la calle de forma bochornosa. Desgraciadamente no ha sido un suceso aislado, ya que he vivido situaciones en las que bandas llegan a amenazar con abandonar el cortejo procesional camino del autobús si el paso no está recogido a determinada hora, y puedo garantizar que no se trataba de un período que excediera la media hora, que suele ser el período de cortesía que dan las bandas respecto al horario de finalización del contrato. Todo aquello implicó que se acelerara la recogida y quedara deslucida, especialmente para quienes la vivimos desde dentro. Pero vuelvo a la retórica en las preguntas, ¿qué pasaría si las Cofradías contaran estas cosas con nombres y apellidos? ¿Quién querría contratar a una banda que amenaza con abandonar en la calle a una imagen sagrada el día más importante para tantas personas por un retraso inferior a los treinta minutos sin buscar otra solución alternativa? Sin embargo, el decoro de muchas Hermandades -no todas-, así como el miedo por su parte a sufrir linchamiento mediático por parte de los hooligans bandísticos, frena que estas fechorías salgan a la luz pública.

Hablemos de temas de trato personal, que pese a ser algo más subjetivo, bien debiera ser considerado. Por el mero hecho de haber tenido la inmensa suerte de tratar personalmente con diversas personas de bandas, sean relaciones públicas o directores, de distintas bandas, y comprobar tanto su buen hacer en su labor como su exquisito trato personal en todo momento, haya existido acuerdo o no, me resulta relativamente sencillo identificar a aquellos que ejercen este tipo de cargos con malas artes. Hablamos de comportamientos como alargar la contestación a una determinada Cofradía para esperar a otra que, por lo que sea, interese más, hecho que sería respetable siempre y cuando se fuera de frente y no se tomaran atajos mentirosos. Por poner un ejemplo, sé de bandas que, aparentemente, celebran elecciones en su junta directiva año sí año también. Casualmente. Mención aparte merecen los directivos de las formaciones que llegan a apalabrar un acuerdo con una Cofradía y al paso de los días firman con otra corporación para esa misma jornada, así como aquellas que estiman oportuno rescindir contratos con Hermandades porque sí y sin ser claros con la Hermandad a la que venían acompañando, obligando a las Cofradías, en la mayoría de casos por no decir todos, a plegarse al capricho de la junta de la banda de turno. Se fuerza a la Cofradía a jugar a una ruleta en la que el color rojo y el negro son malos. En el rojo, la Cofradía libera a la banda de la relación contractual para que pueda firmar donde le apetezca y debe que acudir al «mercado» probablemente en unas fechas en las que ya no hay bandas, o al menos no tantas, que cumplan las expectativas de la Cofradía, y en el negro, si se trata de forzar a la formación a cumplir el contrato acordado, puede encontrarse cualquier cosa el día de salida y, créanme, no va a ser agradable para ninguno de los sentidos. También resulta llamativo la proliferación de acuerdos entre bandas y candidaturas de Hermandades. Una fórmula que, además de no brillar por su seriedad, ha demostrado ser desastrosa para las bandas, que en la mayoría de los casos terminan quedándose sin el contrato que tenían y sin el que querían tener.

Y eso por no tratar un tema del que sí que he hablado en profundidad anteriormente, como la disparidad de criterios de ciertos encargados de contratación de bandas en lo que a presupuestos demandados se refiere cuando se trata de una Cofradía importante de una capital, a las que se piden cantidades irrisorias de dinero, o cuando se trata de una corporación de menor relevancia mediática, a las que el precio comienza a aumentar bajo el paraguas de las más dispares excusas: cantidad de horas (cuando en otros casos no se tiene en cuenta), desplazamientos, cansancio… Se termina pidiendo más dinero al que puede ofrecer menos y una menor cantidad monetaria a quien tiene mayor poder adquisitivo. Un contradios justificado por ponerse la medallita de plantar el banderín de la banda de turno en una Cofradía de capital casi a cualquier precio. Tampoco habla bien del funcionamiento de determinadas juntas de bandas aquellas que actúan más como empresas, seleccionando a los músicos de otras formaciones que despuntan y, prácticamente, fichándoles para sus proyectos, aún a costa de perjudicar directa o indirectamente a compañeros del gremio, que ven frustrados sus sueños de conseguir formar una banda de primer nivel para un proyecto nuevo. Y si hablamos la figura del encargado de tratar relaciones externas, llámese relaciones públicas o como fuere, el contraste entre aquellos que verdaderamente atienden con nobleza e interés, y quienes bien podría parecer que estás cobrándoles una deuda, es algo para hacérselo mirar. Ese rol en una banda es tremendamente importante y considero que la selección de la persona encargada se descuida demasiado, olvidando que va a representar la imagen de la banda hacia el exterior, para bien y para mal.

Por concluir y no alargarme en exceso, póngase en situación. Imagínese que una banda firma un contrato por una determinada cantidad de euros, en un horario perfectamente definido y con un número de marchas a interpretar máximo en el contrato. Y después, en la salida procesional, el horario se excede en un período que excede lo razonable sin contraprestación adicional, se han exigido más marchas de las acordadas y, una vez finalizada la procesión, tampoco pagan el precio estipulado. El caso terminaría, con toda la razón del mundo, en los tribunales. En cambio, cuando la situación es al revés, es decir: la banda llega tarde y sin afinar al sitio de salida, el tambor brilla por su exceso frente a la falta de interpretación de marchas, vienen menos componentes de los acordados o incluso faltan marchas que estaban previstas que pudieran sonar, las Hermandades están atadas de pies y manos para poder ejercer ninguna medida que salvaguarde sus derechos como parte contratante. En primer lugar, más allá del exasperante proceso en los tribunales, porque esa Cofradía se pondría automáticamente en la diana del resto de bandas. Las juntas de las bandas son conscientes de que tienen la sartén por el mango, cuando en teoría no debería ser así, y muchas sacan provecho de ello de forma excesiva. Por ello, estas se permiten realizar incumplimientos de contrato con una ligereza asombrosa, por todas las cuestiones descritas anteriormente. Que una banda no cumpla lo que se promete al ser contratada es una práctica habitual y que se concibe y se justifica cada vez con más normalidad. 

Precisamente por esa razón determinados ciertos directivos de bandas vienen imponiendo una ley no escrita en base a la cual cláusulas como mínimo de marchas a interpretar o penalizaciones por falta de componentes no tienen lugar cuando se diseñan los contratos, los cuales, francamente, considero que han ido moldeándose con el paso de los años para beneficiar en un amplio e injusto porcentaje a las formaciones musicales. No se quiere firmar, por parte de las directivas de bandas, algo que se sabe casi de antemano que no se va a cumplir, aunque sin embargo no por ello dejan de prometerlo para aumentar sus posibilidades de adjudicarse un determinado contrato. Es una consecuencia más de la crisis de valores que afecta a nuestra sociedad, en la que la palabra dada, sea por la parte que sea -Hermandad o banda-, no es más que una débil hoja en blanco susceptible de volar a la mínima brisa de viento.

Entonces, ¿qué? ¿Exigimos seriedad para ambas partes o solamente las bandas pueden hacerlo con respecto a las Cofradías? Así, respondiendo a la cuestión del titular, honestamente creo que hay algunos dirigentes de formaciones que enturbian la imagen del colectivo musical cofrade, para desgracia de todas aquellas cuya presencia tras los pasos es todo un lujo tanto en lo sonoro como en lo personal. No, hay algunas bandas, demasiadas a mi parecer, que no ofrecen ni un cuarto de la seriedad que exigen. Que tomen buena nota de la nobleza de la mayoría del colectivo, cuyo sacrificio y buen hacer bien vale para hacerse escuchar tras una imagen sagrada. Y, para terminar, si es usted músico y se siente atacado, sepa que no es mi intención en absoluto y piense si ese sentimiento lo producen mis palabras, que solo reflejan hechos reales, o las canalladas que han sido cometidas por quienes dicen ser compañeros suyos, pero ensucian la incalculable labor del músico cofrade durante todo un año. Luchemos entre todos por rescatar el valor de la palabra dada en el orbe de las relaciones entre bandas y Hermandades, en ambas direcciones.

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