El espíritu de la orden de san Francisco, en mi opinión, se fundamenta en dos pilares: la humildad y el amor. Ambos estaban muy presentes en el cardenal Carlos Amigo, ejemplo de los frailes menores, quien ha dejado tal huella no solo en la ciudad hispalense, sino en toda Andalucía, que será imposible de borrar. Encontramos la prueba en los múltiples reconocimientos que de cara a su fallecimiento han venido remitidos desde distintos puntos de nuestra geografía. Pocos líderes de la Iglesia serán recordados con tanta estima como la que se profesa al bueno del cardenal, hombre prudente, prolífico en la escritura, comprometido con la nueva evangelización del mundo y, cómo no, intelectual de altas miras.
No es casualidad que el lema de su ministerio fuera «Gracia y paz». Estos dos términos resumen las palabras finales de Cristo en el Evangelio y son en sí mismas uno de los principios de nuestra fe. El cardenal Amigo busco la paz de su tiempo pidiendo al Cielo la gracia suficiente para alcanzarla. Para quien no esté seguro de esto, sería bueno que repasara su biografía, sobre todo cuando fue arzobispo de Tánger. Si pese a todo sigue sin fiarse de la afirmación precedente, basta con que revise la extensa bibliografía del cardenal. Solo en sus títulos hallará conceptos tan necesarios como «esperanza», «valores», «humanismo» y «vida».
El cardenal Amigo Vallejo descansa ya en la casa del Padre, auspiciado por el cariño y la entrega de toda la feligresía sevillana. Fue sin duda un prelado cofrade, que entendió la religiosidad popular de sus nuevos hermanos e hijos con una delicadeza sin precedentes. Ya lo dijo él mismo: «Sevilla es parte de mí». Ahora él es parte de la ciudad para siempre, no solo porque una de sus calles lleve su nombre, sino porque su recuerdo se ha esparcido por los corazones de todos sus vecinos. Sevilla, la milenaria —como la bautizó Pascual González, otros de sus hijos que nos dejaron—, tendrá a este franciscano como un modelo de vida y entendimiento perenne, un paradigma imprescindible de cualquier nuevo pastor que rija los destinos de su ciudad. Y, haciendo extensible este deseo a otras partes de nuestro territorio, una necesidad imperiosa para cualquier diócesis moderna.
Adiós, hermano Amigo. Ya tu ministerio ha terminado y te mereces la gloria que emana del Cielo. Ahora podrás entonar, junto con el padre Francisco, aquel cántico de las criaturas que leemos en el oficio divino. Por nuestra parte, solo nos queda seguir tu estela y vivir según los consejos que nos regalaste. No me cabe duda de que en la próxima Semana Santa estarás muy presente entre nosotros. Mientras tanto, abraza por nosotros a los que ya se fueron. Gracia y paz.





