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El Capirote, Opinión, Sevilla

Otra vez la misma historia

Se repitió el año pasado y vuelve a suceder otra vez. Las críticas hacia los altares que monta la hermandad del Cristo de Burgos vuelven a crear polémica nuevamente. Se destaca la escasez de velas, su simplicidad, etc. Es muy fácil opinar desde una tribuna creyéndose un ser por encima de los demás por el mero hecho de ser periodista. Y arrojan sus impresiones en las redes sin ningún tipo de base que nos lleve siquiera a imaginar lo que a algunos se les ronda por la cabeza.

La grandiosidad de otros altares sorprende, pero no por ello hay que menospreciar a los que se presentan ante los fieles ofreciendo una escena más reducida. Podría valorarse, además de aquello que contemplamos, el grupo joven que hay detrás, la priostía, los componentes la conforman, y tantas otras vertientes que habrían que tenerse en cuenta a la hora de lanzar determinados mensajes. Precisamente aquellos que destacan negativamente un altar de culto de pequeñas dimensiones podría ser el reflejo de quien no colocaría ni un cirio a no ser que se le pagara por ello.

Y aquí es donde percibimos el trabajo y esfuerzo que quienes están detrás de los montajes que se levantan durante unos días. Personas que a cambio de nada son capaces de tirarse horas y horas para ofrecer una imagen a los devotos lo más digna posible. Pero es más fácil escribir rápidamente lo primero que a uno se le viene a la cabeza y lanzarlo a la web con tal de crear polémica y entrar en un círculo vicioso que deja entrever una vez más la apariencia del mundo cofrade.

Si desde hace años se ha puesto de moda lanzar críticas abiertamente hacia bandas, pasos, cortejos, en presencia de estos sin tener en cuenta que uno está lanzando una serie de impresiones con la única intención de erigirse como un especialista en el mundo de las hermandades y cofradías, también ahora emergen quienes se dedican a visitar los altares de culto y criticar abiertamente los montajes que, con mejor o peor fortuna, levantan para los citados actos.

Imperan las críticas negativas; ni rastro de las positivas. Tenemos a los sagrados titulares en un altar de cultos y los mismos cofrades -uno ya no sabe si creyentes o no- asisten ahora con otras intenciones que antaño parecían impensables, ya sea porque las redes sociales nos elevan como predicadores o porque la educación nos sumerge en el subsuelo.

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