La reciente salida extraordinaria de la Hermandad del Museo ha reabierto un debate cíclico que, aunque conocido, nunca deja de aflorar: la presencia de bandas de cornetas y tambores frente a la tradicional salida en silencio que caracteriza a esta corporación desde hace generaciones. Algunos sectores han interpretado la presencia de una banda de música en el acto extraordinario como una suerte de “puerta abierta” para modificar la idiosincrasia de la cofradía. Otros, simplemente, como una incoherencia con el sello propio del Museo.
Sin embargo, conviene recordar que una salida extraordinaria no es —ni debe ser— un laboratorio de ensayos para cambiar lo que define a una hermandad, sino una celebración puntual enmarcada en una efeméride concreta. Si la corporación eligió una banda de música para una procesión excepcional, fue precisamente por su excepcionalidad: un acontecimiento que no altera la forma ordinaria de vivir su estación de penitencia.
Resulta llamativo que quienes hoy reclaman cornetas y tambores en la cofradía apelando a la “modernización” o al “gusto popular” olviden que el patrimonio intangible de las hermandades —sus silencios, sus ritos, sus estilos— también forma parte de la cultura cofrade. La Hermandad del Museo es, precisamente, referente en Sevilla por la sobriedad de su cortejo, por la austeridad de sus sones inexistentes y por la profundidad de un paso que habla sin necesidad de música.
Modificar ese elemento esencial no sería una simple “actualización estética”, sino una ruptura con la tradición que ha convertido al Museo en lo que hoy es dentro del panorama cofrade. Y en un tiempo donde tantas corporaciones tienden a homogeneizarse, perder la singularidad sería, más que un avance, una pérdida.
Las extraordinarias pueden permitir gestos distintos, recursos inéditos o elementos más festivos. Pero la forma de procesionar cada Semana Santa constituye la identidad más profunda de una hermandad. Y el Museo, en eso, ha demostrado siempre fidelidad y coherencia. No se trata de rechazar las cornetas; se trata de apostar por la esencia propia.
Porque al final, la grandeza de Sevilla está precisamente en la diversidad de sus hermandades: en que cada una sea fiel a sí misma.
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