¡Que fácil resulta criticar a los curas!

Esta semana, que llega a su fin, quede estupefacto y asombrado, con una predicación de nuestro Papa, que a continuación mencionaré. Dicho sermón, fue pronunciado en la Casa de Santa Marta, lugar donde habita nuestro pontífice y se alojan numerosos miembros de la curia, cardenales, obispos y sacerdotes. Esta homilía, me interpeló de tal manera, que me hizo pararme a reflexionar, profundizar y ahondar sobre el papel de los sacerdotes en la Iglesia.

Vengo percibiendo y notando, que desde que el Papa Francisco, accedió a la Sede de San Pedro, existe un poco de desconcierto o confusión, entre algunos sectores de nuestra Iglesia, en torno a su figura, la cual el Espíritu Santo, ha elegido para guiar y conducir a nuestra Santa Iglesia, nos guste más o menos. No obstante, nuestro pontífice no ha modificado, cambiado, variado o transformado la Fe, los Mandamientos (la Moral) y los Sacramentos (la Sagrada Liturgia).

En cambio, con su comportamiento y discurso, está arremetiendo fuertemente, con vehemencia y con una gran dureza a esa iglesia clericalista, a esa iglesia de privilegios, a esa iglesia inmóvil, a esa iglesia de “Señores Feudales”, a esa Iglesia de “funcionarios religiosos, y en definitiva a esa iglesia poco evangélica. A todo esto, sus palabras fueron las siguientes: “Al pastor que no se hace cercano, le falta algo. Puede que sea un “patrón de la finca” pero no un pastor”.

Sin embargo, a lo largo de mi vida, he tenido el privilegio, de conocer personalmente a pastores que son como el Papa Francisco pide, pero que se encuentran en el anonimato, ocultos y que jamás serán noticia y sobre todo que son pastores con un fuerte olor a Santidad. Ellos, se configuran con Cristo, a través de las virtudes evangélicas (Pobreza, Castidad y Obediencia) enamorados de su vocación y amantes de las almas, así como del pueblo de Dios que se le ha sido encomendado y de la Iglesia de Cristo.

Ellos, viven las virtudes evangélicas fuertemente y con rigurosidad. La pobreza, con una vida austera, sin caprichos, sin nada superfluo, despojados de todo lo material y hasta incluso, “teniendo poca cosa en el frigorífico”. La castidad, con una entrega total e incondicional, hacia los asuntos de Dios y a las almas, y solo “poniendo su corazón” en la Iglesia y a Cristo. La obediencia, además de a sus superiores jerárquicos, a la Verdad de Cristo.

Si nos detenemos, en el Catecismo de la Iglesia Católica, en concreto, desde los número 888 hasta 896, hallamos que los sacerdotes, en todo momento son unos humildes servidores, es decir, son imagen del Jueves Santo cuando se postran para lavar los pies a sus fieles, y contienen una triple misión: la de enseñar, santificar y gobernar al Pueblo de Dios.

Sus enseñanzas, no son tanto de palabra, con grandes discursos, esplendidos programas pastorales, fabulosos discursos, razones sobre la Fe convincentes, por el contrario, enseñan desde el ejemplo y el testimonio de vida en Cristo Jesús. La misión de santificar, por medio de los sacramentos, como puente de Dios entre el cielo y la tierra, y sabiendo en todo momento, que no son de su propiedad o suyos los sacramentos, que ellos son un meros instrumentos de Dios, para transferir la Gracia Santificante. La misión de gobernar, no de una forma dictatorial o coercitiva, sino por los conductos del amor, de la misericordia, de la escucha, de la cercanía, de la paciencia y de despojarse todo su ser a la dedicación de atender al Pueblo de Dios.

Doy gracias a Dios, por tantos y tantos, ministros de la Iglesia que son como Hostias vivas, que se van consumiendo progresivamente, en los asuntos de Dios, como el Pan Eucarístico, se consumen cuando es comulgado, y que Dios nos continué bendiciendo con Santos Sacerdotes. “La mies es mucha, pero los obreros pocos; rogad, por tanto, al Señor de la mies que envié obreros a su mies” (Lucas 10,2)