¿Qué-pa-sa-rá?

Nazarenos caminando, dos filas interminables de penitentes igualados por el hábito; aroma a incienso, señal de que se acerca el cuerpo de acólitos que precede a la Imagen de la Hermandad; de fondo… tambores y música.

En las calles cruzan niños pidiendo cera al nazareno, madres pendientes de todo lo que ocurre alrededor, más o menos distraídas. Padres que han procurado un buen sitio desde el que contemplar toda la familia el paso de la procesión.

Calles cortadas al tráfico en planes especiales para siete días. Dispositivos atentos ante cualquier emergencia.

Mientras sigo a mi hermano que me antecede pienso en el revuelo y nerviosismo de los días previos a la procesión. Costura de escudos, vueltas en capas, encargo de capirotes nuevos, guantes y calcetines. Y eso en el ámbito doméstico. En el entorno de la Hermandad, cera que pinchar, flores que colocar, montaje de altar de insignias…

No por repetido tantos años el ritual de cada cofrade y de cada cofradía, deja de fluir el nerviosismo y el hormigueo propio de esos momentos ante la vivencia de la Cuaresma y de la Semana Santa. Son casi cincuenta días al año en los que tenemos más o menos claro y asimilado cada paso que dar y cómo vivir cada instante que nos conducirán a la memoria del acto más grande y hermoso acaecido en este mundo, como es la Resurrección de Nuestro Señor.

Y como uno ya no es nuevo en estas lides, más bien al contrario, he tenido la oportunidad de vivir muy variadas situaciones; situaciones que, no por inesperadas o sorprendentes, han hecho flaquear la intensidad en la forma de disfrutar todos esos días. Son momentos del año que tenemos totalmente asumidos y asimilados en nuestro calendario vital, como los cumpleaños y la Navidad.

Sin embargo, por muchos años cofrades que haya vivido, nada como este año que acaba. La nada más absoluta. Porque, y ustedes me entenderán, el cofrade está hecho de una piel muy sensible y propensa a la lágrima fácil, pero a la vez de un pellejo con el que nada puede. Lágrimas que hemos visto todos verter ante una cámara de televisión en el momento de suspensión de una procesión por esos hermanos compungidos ante la evidencia de que la lluvia les ha arrebatado el ciento por ciento de su vida en la Hermandad.

Recuerdo años en los que no se ha podido salir a la calle, dejando prácticamente baldía la Semana Santa. Pero incluso en esa ocasión hubo algo que nadie nos pudo arrebatar, como fue el vestirnos de nazarenos y acudir a nuestro templo; el ver a nuestros Sagrados Titulares en los pasos; el ver los palios con la cera y la flor esperando ver la calle. Mas este año… ¡ay este año!

Ese pellejo de cofrade que nos recubre es el que nos invita a mantener viva la Esperanza de un final, no sólo feliz (si es que esta situación puede tener un final que podamos llamar «feliz», sino próximo y cercano. Pero, ¿y si no está tan próximo?

Y aquí es donde entra la frase que da título a este pensamiento. ¿Qué pasará?

Ésta es una de las preguntas que más escucho entre los cofrades que viven su pasión por todo este mundo desde una mirada no sólo íntima e individual, sino fijando el foco también en lo global. Y la pregunta no se queda en el corto plazo de la Semana Santa de 2021, pues ésa creo que está muy en el aire.

No. Me quiero referir a qué pasará cuando esto acabe. ¿Habremos dejado atrás para siempre la Semana Santa y las Cofradías como las hemos conocido hasta ahora? Entiendo que no podamos entender una forma distinta a la que conocemos de vivir estos días, pero tampoco podíamos entender una manera distinta de vivir la vida cotidiana y hemos entrado por muchos aros ya, y algunos bastante angostos.

¿Soportarán las Hermandades otro año más (y esperemos que sólo sea uno más) la prácticamente nula actividad y contacto con los hermanos? Porque, y ahí no podemos culpar a pandemias ni a gobiernos, hay alguna hermandad de nuestra ciudad que se ha abandonado por completo al albur de los acontecimientos e, incluso, se han puesto a favor de corriente para justificar la inexistencia absoluta de ideas, proyectos o vida cercana al cofrade.

Y no olvidemos que hay muchos tipos de cofrade. Los que viven su vida sin entender de otra forma su existencia sin estar vinculado a la vida de su Hermandad; pero también hay una masa muy amplia de cofrades que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena (aprovechando que ayer fue su festividad) y este letargo de la memoria cofrade puede hacerle caer en el frío más intenso en cuanto a sus ganas a continuar en algo a lo que ha podido llegar por… ¿moda?, ¿amigos?, ¿calor humano?, ¿necesidad de contacto con los demás?

¿Cómo sustentarán las hermandades a ese grupo tan grande de hermanos que hay en todas las cofradías, que sólo visten la túnica y que aún no tienen claro por qué lo hacen? ¿Cómo podrán mantener viva la llama del cofrade sin ninguna idea que la mantenga en la mecha de cada cirio? ¿Y cómo podrán evitar el vacío y la estampida de tanto hermano que no sabe por qué es hermano? Ni valoremos las motivaciones religiosas de cada uno pues, desgraciadamente, no es común que sea la principal en estos cofrades.

¿Y si se enfría el boom del «mundo de abajo»? ¿Y si estos años sirven para que algunos piensen en retiradas forzadas por la edad que sigue su curso?

¿Y qué podrá pasar con tanta banda y agrupación que está viendo peligrar su continuidad y su existencia? ¿Habrá ganas de volver a hacer sonar metales y parches?

Y… ¿procesiones a «puerta cerrada»? ¿salidas procesionales sin plazas abarrotadas?

Éste es el miedo que planea sobre los corazones de muchos cofrades. Miedo a una nueva manera de entender todo este mundo que nos apasiona y que nos trae por la calle de la Amargura por igual.

Y aunque el cofrade medio sabe en todo momento cómo arreglar esto de las cofradías, apoyado en la barra de un bar, cuando no por extensión sabe cómo arreglar el resto de las cosas de este mundo, me parece que en esta cuestión está patinando en cuanto a tomar partido por una respuesta.

Pues, hermanos: si ni nosotros sabemos cómo hacer frente a este miedo que se respira, miedo a ver filas de nazarenos mermadas o cuadrillas de costaleros como las que conocí en los noventa, entonces puede ser que el problema esté en nosotros mismos; y este virus sólo ha venido a mostrar algunas vergüenzas y miserias de muchos.