Que te hagan publicidad tus amigos y palmeros

Parece que en los últimos tiempos, no salimos de una polémica para meternos en otra y, desde luego, no me parece en absoluto casual, sino perfectamente organizado. Aún sigue latente la última de ellas, protagonizada por el tristemente famoso cartel navideño perpetrado para la Asociación de Belenistas de Sevilla, que se ha editado y publicado curiosamente tarde y mal, imposibilitando su difusión masiva, como se ha venido haciendo cada año, para satisfacción de los amantes del buen gusto, cuando una nueva controversia ha estallado en la ciudad de la Giralda a cuenta de la portada de un libro del que he decidido no hablar. Y no lo haré porque, en la medida de la humilde relevancia que este pequeño rincón de libertad tiene, en el proceloso océano de los medios de comunicación de masas, me niego rotundamente a darle al autor del libro lo que desea, publicidad gratuita.

Un libro que, francamente, desconozco si carece o no de interés y sobre el que jamás podré desentrañar semejante incógnita, visto que su autor nos trata como a auténticos imbéciles, con una portada que lo único que pretende es publicidad gratuita a costa de quienes, con todo el derecho del mundo, se sienten heridos cuando alguien – y si es cofrade, peor me lo ponen – se chotea de sus tradiciones. Una ridiculización además, y es lo que me parece más grave, perpetrada entre el aplauso cómplice de presuntos eruditos que piensan que la ofensa impresentable, la provocación zafia, la burla repugnante, el menosprecio más sucio y el insulto gráfico y verbal son sinónimos de vanguardia, cuando no es más que bazofia. Alguno de sus palmeros se ha permitido el lujo de ladrar que quienes se han sentido ofendidos olemos a alcanfor, comentario que al autor del libro le ha debido poner muchísimo, habida cuenta de que lo ha retuiteado. De modo que, ¿qué quieren que les diga?… que le publiciten sus amigos y palmeros. Después de todo, seguro que no le hacemos falta para nada, teniendo en cuenta el apoyo mediático «que dios le ha dado». 

Sí les recordaré, en cambio, una exposición que se desarrolló la pasada primavera en la Zunino Gallery que se halla en la calle Albareda cuyo contenido generó opiniones encontradas en redes sociales, una de cuyas «obras de arte» – con perdón – es portada del libro del que no les pienso hablar. Aquella fue una exposición presuntamente artística sobre las Fiestas de Primavera en Sevilla, que entremezclaba el ambiente cofrade con la Feria, precisamente cuando Sevilla se hallaba en plena transición entre ambas celebraciones. Las pinturas mostraban mujeres desnudas o besándose con un capirote, o bailando con traje de flamenca e incluso a la virgen y el niño Jesús con capirote o sombrero, basadas en otras obras precedentes de pintores clásicos en las que plasmaron escenas típicas andaluzas.

La muestra se inauguró el pasado 8 de abril pretendiendo fundir «idiosincrasia, crítica y simbología». Comisariada por Anabel Zunino, la muestra estuvo abierta hasta el sábado 29 de abril, fecha en la que los cuadros que la componían cayeron en el olvido que merecen. Según se explicaba por aquel entonces, el autor de semejantes joyas es un «el artista que centra su interés en el estudio de la idiosincrasia sevillana, partiendo de unos símbolos que esta ciudad manifiesta de manera hiperbólica en sus fiestas mayores. Pero Agustín Israel los aborda de manera sincrética, puesto que de la misma manera que en la conciencia del ser tienen capacidad de convivir lo uno y lo diverso, el elemento barroco y solemne de la Semana Santa se solapa con el jocoso colorido de la feria en su pintura.

En estos cuadros el elemento folclórico se yuxtapone a su vez con la obra de grandes maestros sevillanos, como Murillo y Velázquez o el catalán Anglada Camarasa, en un camino que parece empeñado en mostrar los diferentes estratos por símbolos del particular carácter sevillano. En su obra pictórica ha indagado sobre la relación entre tradición y folklore, tamizada por una conciencia autocrítica y un tono que transita entre la ironía y la parodia. Como investigador ha profundizado en la imagen de Sevilla a través de la visión que sus creadores contemporáneos proyectaron a través del soporte del cartel de fiestas». Ironía… parodía… crítica… cuestión de opiniones supongo, respetables, desde luego… exactamente como la mía. A mí, que soy de los que opinan que no todo vale, me parecen basura, pero oigan, para gustos, los colores.

El «artista» Agustín Israel, que expuso su obra bajo el título de «Sevilla en fiestas» pretendiendo fusionar ambas manifestaciones primaverales de la ciudad, totalmente opuestas, levantó una polvareda en el proceloso mundo de las redes sociales provocando airadas opiniones contrapuestas desde quienes estimaban que estábamos ante una obra transgresora con un elevado componente de crítica social hasta quienes estimaban que las imágenes implican una falta de respeto hacia el sentimiento religioso. Como era de esperar, acabada la polémica todo el mundo olvidó la existencia de estos cuadros; prueba de ello, es que pocos recordaban que la portada del libro del que no les pienso hablar, es una de aquellas «maravillas». Una polémica que el autor del libro del que, insisto, no les pienso hablar, se ha encargado de reavivar, con toda la intención del mundo, buscando publicidad gratuita insultando a media Sevilla, a media Andalucía… y de paso, tratándonos a los ofendidos como a gilipollas. Querido amiguito, como bien me dijo un amigo hace algunas semanas, «no utilices la excusa de la religión o de las cofradías para crear una polémica que te haga famoso, hazte famoso con tu propia capacidad» y añado yo, si tienes cojones.