Les voy a ser muy sincero, como intento serlo siempre, por otra parte. Iba a comenzar mi columna de esta semana diciéndoles que hay cosas que nunca dejan de sorprenderme. Sin embargo ha sido terminar de formular esta frase y darme cuenta de todo lo contrario. Después de toda una vida viviendo en el seno o alrededor de las cofradías, nada o muy poco de lo que ocurre en ellas me sorprende, en ocasiones para bien aunque la mayor parte de las veces es más bien al contrario.
Las últimas semanas están siendo extremadamente intensas para los hermanos de una de las hermandades más importantes – seguramente la más importante – de cuantas configuran el universo cofrade. Les hablo de la Macarena, claro, ese auténtico transatlántico en forma de corporación penitencial capaz de paralizar toda la información cofrade de una ciudad como Sevilla y al mismo tiempo, capaz de dinamizar por sí sola a la sociedad en la que vive y se desarrolla.
Hay quien dice que ser hermano mayor de la Macarena es casi tan importante como ser alcalde de Sevilla. Probablemente quien lo diga exagera, pero no mucho. Ser hermano mayor de la Macarena implica codearse con políticos, con empresarios… con lo más granado de la sociedad sevillana y andaluza. Cuando la voz del hermano mayor de la Macarena retumba lo hace y muy fuerte. Su opinión siempre es tenida en cuenta y sus manifestaciones tienen una trascendencia capital que sobrepasa la dimensión cofrade para instalarse en la social.
Buena muestra de ello es toda la polémica que desde hace años envuelve a la presencia de los restos de Queipo de Llano en la Basílica y como la torpeza, porque no puede llamarse de otro modo, de las manifestaciones que el pasado verano perpetró el actual hermano mayor – corregidas hoy mismo por uno de los candidatos -, al que le queda un suspiro como máximo mandatario de esta hermandad, afortunadamente, levanto una auténtica polvareda de reacciones, de indignación y defensa, casi a partes iguales en redes sociales y más tarde en los medios de comunicación que generalmente corren detrás de la tendencia que imponen, hoy por hoy, quienes opinan a través de Twitter o Facebook.
Y es que ser hermano mayor de la Macarena es muy importante, de ahí que la campaña electoral que se está desarrollando en el seno de la corporación sevillana esté haciendo correr ríos de tinta y manteniendo la atención de la inmensa mayoría de la prensa sevillana y gran parte de la cofrade de toda Andalucía. Ruedas de prensa, presentación de candidaturas al más puro estilo yankee, encuentros con medios – algunos, los de siempre, los que ponen la pasta, al resto, ninguneo – entrevistas y más entrevistas que vienen a redundar en las ideas básicas y esenciales que cada uno de los dos candidatos pretender implementar en el caso de que tenga el respaldo mayoritario de una asamblea mastodóntica, que se traduce, nada menos, que en ocho mesas electorales y 14000 hermanos, ahí es nada. Una trascendencia e importancia que contrasta gravemente con la deriva en la que parecen haberse instalado los candidatos, uno más que otro, es cierto pero ambos a fin de cuentas, que han caído en un enfrentamiento más o menos encubierto que esperemos que no termine como concluyó hace cuatro años, con un bochornoso espectáculo más propio de hooligans que de cofrades, en el interior de la basílica, que nadie lo olvide.
De nada ha servido el llamamiento de hace unas semanas del director espiritual de la corporación, pidiendo que se eviten “habladurías y críticas destructivas, descalificaciones y difamaciones”. Bueno, matizo, quizás haya servido para algo y de no haberse producido, la cosa hubiera sido aún más grave. Pero que hoy mismo uno de los candidatos dijera ante los medios que «el cuarto manto de la Virgen debe ser la pacificación entre los hermanos» demuestra, y pone sobre la mesa, que la hermandad tiene un problema, y gordo, que no se ha solucionado en absoluto en los últimos años y que desde luego solamente podrá solucionarse, si perdedor y ganador tienden en sus manos de manera sincera para unir lo que parece gravemente fracturado. ¿Se hubiese arreglado con una candidatura de consenso? Qué solución más lógica, considerando que ambos candidatos han cohabitado en la última junta de gobierno. Ocurre que, a veces, el ego no deja ver el bosque.
Y no han ayudado las propuestas faraónicas que venimos desgranando los medios en las últimas semanas. Una extraordinaria y multitud de proyectos patrimoniales que en definitiva implican una auténtica barbaridad de dinero que una hermandad como la Macarena no necesita en modo alguno invertir, considerando los tiempos que corren y muchísimo menos si se pretende ser ejemplo el resto de hermandades y de la sociedad. Hay muchas cosas de la Macarena que precisan de arreglo urgente – pregunten por la priostía – pero la mayor parte de ellas no requieren de un elevado coste económico. Es más una cuestión de elección de las personas adecuadas, de ordenación, criterio y racionalidad, que de acometer grandes proyectos que en absoluto son imprescindibles para una corporación que lo tiene todo.
Claro que es necesario incurrir en determinados gastos, aun siendo la Macarena, pero si repasan los proyectos, sobre todo el de aquel que decía que no tenía programa, uno termina casi por sonrojarse. Es cierto, no obstante, que desde el punto de vista del marketing, – les hablo del candidato sin programa – la campaña ha sido impecable, ha estado extraordinariamente bien llevada, consiguiendo exactamente lo que pretendía: mantener la atención de los medios, los cofrades y los hermanos, muy por encima de lo que ha logrado su rival. Y esto lo hace aún más triste, porque hemos reducido las elecciones en las hermandades a un enfrentamiento político en el que el marketing y las propuestas de cara a la galería – cuanto más llamativas y con más brillo, mejor – han adquirido muchísima más trascendencia que la esencia y el trasfondo.
Sí la Macarena es el ejemplo a seguir por el resto de cofradías, aunque ya tuvimos ejemplos precedentes – recuerden lo ocurrido en la calle Pureza hace relativamente poco tiempo, cuando el torero pensaba que arrasaría y al comprobar la cruda realidad comenzó a perpetrar determinadas salidas de pata de banco que abochornaron a más de uno -, miedo da pensar lo que nos deparará el futuro inmediato en los próximos años, visto lo visto. Solo ha faltado un debate televisado; imagino que porque a nadie se le ha ocurrido – tal vez porque alguien lo ha rechazado – ya que ganas, lo que se dice ganas, seguro que no le han faltado a más de uno. Mientras tanto, muchos espectadores asistimos estupefactos a esta deriva político-cofrade en el que nos hallamos inmersos preguntándonos con asombro, desesperación e impotencia ¿quo vadis, Macarena? ¿Hacia una pax romana con destituciones como aquella del Capitán de la Centuria o a una entente cordiale que emane de la inteligencia de los implicados?





