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Ratas y ratoncillos cofrades

El parlamento andaluz sufrió esta semana la visita de una inesperada visitante que revolucionó la sesión. Una señora rata quiso participar, corriendo por la moqueta, en los pormenores de la política regional.

Pues bien, nuestras hermandades y cofradías también cuentan con la presencia de numerosos roedores figurados que buscan su porción de queso en cualquier rincón.

Las ratillas capillitas huelen a kilómetros una varita, un carguito, una plataforma con la que aumentar su notoriedad o una institución desde la que mangonear a sus fieles ratoncillos.

Fíjense si las hermandades estarán plagadas de roedores que hasta el nuevo arzobispo de Sevilla ha sufrido las travesuras de estos animalillos por desligarse el hombre de un tema tan manido y politizado como los indultos catalanes. Saiz Meneses seguramente optará por rezar el Vía Crucis, porque la penitencia que le ha tocado no invita a otro cosa.

Y fíjense que no conocía este humilde articulista la atracción de las ratillas cofradieras por los micrófonos y las cámaras, pero la realidad es que les encanta; sin importarles utilizar técnicas tan propias de su especie como el copieteo descarado o los cuentos chinos vendidos como exclusivas del año en cuestión.

Dentro de ese grupo se hallan por supuesto uno de los tipos más extraño a la par que numeroso de roedor: el ratoncillo vetador. Este singular elemento se dedica a poner chinitos en el camino a quien estima oportuno por simple hobbie y distracción, dado el aburrimiento sostenido que demuestra tanto en su entorno laboral como en los pregoncitos y lucimientos varios que se intuyen en el horizonte. ¡Qué pesado es el ratoncito vetador!

Otra especie igualmente insufrible es el denominado «ratón llorón», famoso por criticar todo lo que se sale de su hocico sobre un manto, una reforma en el recorrido de la carrera oficial o el resultado de un democrático cabildo de hermanos; y si no recibe su correspondiente loncha de queso curado, patalea sin parar atacando a cualquier ser vivo que haya a su paso.

Y cómo olvidar al más peligroso de todos los roedores cofrades: el ratoncito rancio. ¡Qué tragedia si te topas con alguno en el culto de marras! Y si se convive con él rutinariamente ya ni hablar. El ratoncito rancio se siente dueño y señor de la cofradía, el arzobispado, la ciudad y todo lo que pille. Es muy amigo del doctor liendre -que de todo sabe y nada entiende-, conviertiendo su criterio en ley suprema para cualquier tema. ¿Verdad, diputados mayores de gobierno y de cultos, secretarios o priostes?

Realmente están descontrolados tanto unos como otros, ávidos de cualquier sarao cofradiero, entuerto o polémica de escultores o bordadores para apuntar sus pasos en esa dirección y lanzarse al enredo y la especulación atroz.

Estamos por tanto ante una grave plaga ratuna figurada con visos a permanecer en nuestras cofradías. ¡Ríase la famosa visitante del Parlamento!

La solución es todavía una incógnita, pero esperemos que llegue pronto para evitar males mayores en el seno de las hermandades y en la propia salud mental de los cofrades.

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