Reflexiones heterodoxas | ¿Arte o disparate? No es arte todo lo que se produce

El diccionario de la Real Academia de la Lengua, en su segunda acepción, define el arte como la “actividad consistente en crear obras que, mediante recursos principalmente plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan estimulación estética o intelectual”. Sin embargo, corren tiempos en los que el concepto de arte es tan líquido, que se ha llegado a afirmar que arte es todo aquello que la gente diga que lo es. Verbigracia, el famoso plátano pegado a la pared con un trozo de cinta americana. Por lo que podemos concluir que, en la actualidad, en más del noventa por ciento de las veces, contemplamos ocurrencias en vez de obras de arte. A lo largo de la historia de la humanidad, los movimientos artísticos experimentan tres etapas evolutivas: una primera que podríamos denominar como arcaica, una segunda de esplendor o clásica y una tercera en la que las formas se retuercen y barroquizan. Esta evolución se aprecia clarísimamente en la escultura griega clásica, en la arquitectura gótica o en el arte del Renacimiento en su conjunto. Siguiendo este discurso, podríamos decir que actualmente vivimos en un momento final de etapa, en el que todo se retuerce hasta llegar a extremos como el del plátano antes citado.

Cartel anunciador de la Semana Santa de 2006, realizado a partir de una obra de Juan
Martínez Cerrillo, donde se aprecia el palio de Nuestra Señora de la Amargura y la espadaña del convento trinitario. Archivo de Francisco Román Morales

Esta introducción viene a cuenta de las polémicas que año sí, año también, surgen con motivo de la presentación de los carteles anunciadores de fiestas de todo tipo y, muy especialmente, de la Semana Santa. Volvemos al DRAE para definir qué es un cartel. Según su primera acepción, se trataría de una “lámina en que hay inscripciones o figuras y que se exhibe con fines informativos o publicitarios”, lo que, en román paladino, significa que estamos hablando de lanzar un mensaje de la forma más clara y explícita posible y sin necesidad de explicaciones.

Si hacemos un breve recorrido a lo largo de la historia, ya encontramos mensajes publicitarios, asimilables a los actuales carteles, en la antigua Pompeya, aunque en formato de grafiti. Antes de continuar hay que resaltar el hecho de que el cartel es una herramienta específicamente urbana que se desarrollará al compás del crecimiento de la ciudad entendida como realidad sociopolítica. En 1440 la imprenta revoluciona el mundo de la comunicación. El primer cartel conocido data de 1477 y aparece en Inglaterra firmado por William Caxton, quien “vende” los beneficios de unas aguas termales, mientras que cinco años después, aparece en Francia el primer cartel ilustrado, de la mano de Jean du Pré. Con la llegada de la Revolución Industrial el cartel llega a todas partes y a todos los públicos. La piedra litográfica será la pieza clave en este período, donde destaca la figura de Toulouse-Lautrec, paradigma de la bohemia parisina, con sus carteles anunciadores de los espectáculos del Moulin Rouge.

Poco a poco, la cartelería se irá transformando a base de usar colores planos y tipografías contundentes, junto a la representación directa y sintética del producto. El gran cambio surge a partir de 1914, cuando se transforma en arma de guerra, motivadora del patriotismo de sus eventuales consumidores, o como instrumento para adoctrinar a las masas.

Cartel anunciador de la Semana Santa de Cuenca de 2018.
Archivo de Francisco Román Morales

Durante el período entre guerras, movimientos como la Bauhaus, en Alemania, o el Art Decó, el cubismo, el futurismo o el surrealismo, en otros puntos del mundo, incidirán específicamente en la legibilidad buscando combinar belleza con claridad de mensaje. Por su parte, la dictadura soviética utiliza el constructivismo, combinando fotografías con elementos gráficos de corte geométrico y fuertes diagonales. Poco a poco, la litografía comienza a ceder el paso a la impresión en offset. Tras la Segunda Guerra Mundial, la escuela suiza se convierte en referente del mundo del diseño gráfico a base de sobriedad, sutileza en los colores, minimalismo, simplicidad y una composición excelente que pone a la tipografía como centro de todas las miradas. Después vendrá la psicodelia, marcada por el surrealismo y el arte pop. Y con esto llegamos a nuestros días, en los que las nuevas tecnologías han revolucionado el mundo del cartel y con ello el modo de consumir la información, aunque el objetivo permanezca inalterable: vender el producto.

Y ahora volvemos al cartel de Semana Santa en el que, como reflejo de la sociedad en la que vivimos, parece que todo vale. Ahí tenemos los casos del realizado el año pasado para Sevilla, por Salustiano García. O el de este año elaborado por Luis Gordillo para la Macarena. O qué decir del cartel perpetrado por el utrerano Gonzalo Quesada, donde la imagen de Cristo se forma con simuladas manchas de un papel de pescado frito. En todos los casos se pueden dar las explicaciones que se quieran, pero, en mi humilde opinión, esa no es la finalidad del cartel de Semana Santa, a no ser que lo que se busque es llamar la atención y generar polémica. Hoy en día, los responsables cofrades priorizan la pintura frente a cualquier otro modo de expresión artística. Ahora se trata de contar con la firma de los pintores de moda, con independencia del resultado definitivo, que queda a su libre albedrío sin control de quienes pagan, habiéndose creado una especie de circuito, en el que los artistas van rotando por las distintas ciudades, de manera que, al final, todas tienen lo mismo y, en demasiadas ocasiones, con resultados lamentables. Supongo que será efecto de la globalización. La verdad, creo que, el objetivo no es montar una gran pinacoteca, sino dar a conocer aquello con lo que todos nos sentimos identificados. Basta con repasar la cartelística cofrade cordobesa, desde mediados del siglo pasado, con nombres como Anaya, Andrés Roig, Pepe Jiménez, Cerrillo o Pepín Aguilera, por citar algunos de los más destacados, que no los únicos. En todos los casos, como afirmaba el gran maestro de numerosas generaciones de fotógrafos cordobeses, don Andrés Roig, no dejaban lugar a dudas, de que estaba retratando la Semana Santa de Córdoba.


Foto portada: El famoso plátano pegado a la pared.