Falta poco para la llegada de la Cuaresma y todo el mundo parece desmadrarse con la celebración del Carnaval. En estos días, Cái vive sus días grandes, con el Falla como epicentro de la fiesta. El origen de esta celebración se remonta a las ceremonias en honor de los dioses grecorromanos Baco, Saturno y Pan, aunque el antropólogo Julio Caro Baroja, afirma que el carnaval moderno hunde sus raíces en la Edad Media, en el tiempo de permisividad que precedía a las celebraciones cuaresmales. En puridad, el carnaval era la subversión temporal de las normas dictadas por la Iglesia Católica, en particular las de comer carne y beber vino en exceso, razón por la cual está personificado por Don Carnal, símbolo de todo cuanto está prohibido. Una vez transcurrido ese tiempo, con la llegada del miércoles de ceniza, todo volvía a su lugar. En Salamanca, el “Lunes de Aguas” recuerda el regreso festivo de las prostitutas a la ciudad, el segundo lunes después del Domingo de Pascua. Desde un punto de vista antropológico, la gran virtualidad de esta fiesta reside en la multiplicidad de manifestaciones que adopta, en función del espacio geográfico donde se desarrolla, así como la peculiar idiosincrasia de la población autóctona.
Aunque disponemos de una historia del carnaval cordobés, sabemos por las Ordenanzas de 1884, que el uso de disfraces estaba permitido, con limitaciones, durante los tres días de Carnaval, así como en las noches del 23 y 28 de junio, es decir durante la celebración de las veladas de San Juan y San Pedro. Estaba prohibido proferir insultos o molestar, así como descubrir a otra persona o a obligarla a quitarse el antifaz. Gracias a Ricardo de Montis conocemos que solían organizarse bailes, cucañas, desfiles de gigantes y cabezudos, jeringas de agua, triquitraques y, sobre todo, las máscaras, autorizadas en 1852 para solemnizar el nacimiento de la Infanta María Isabel, Princesa de Asturias. Se formaban comparsas y murgas, que cantaban sobre las cuestiones que preocupaban en cada momento, además de las máscaras, individuales o en grupo, que se dedicaban a “correr la calle” para embromar a familiares y amigos, a los que espetaban un “¡adiós que no me conoces!” chillón y destemplado, que casi rompía los tímpanos. Éstas se concentraban en la Corredera, aunque los lugares más concurridos eran el Realejo y las Cinco Calles. Actualmente, el carnaval cordobés sigue el modelo gaditano, aunque sin el esplendor del de la Tacita de Plata, pero con una particularidad: ¡termina el primer Domingo de Cuaresma! con un desfile de carrozas por la Victoria, por lo que, el primer Sábado de Cuaresma, es frecuente el encuentro del traslado del Vía Crucis de las Hermandades con gentes disfrazadas que, en el mejor de los casos, nos miran a los cofrades como si estuvieran viendo a “ETÉ”. En esto, nuestro Consistorio, con independencia de su color político, todavía no se ha enterado, o no quiere enterarse, de qué fecha marca el final del Carnaval. Lamentable.

Esta introducción viene a cuento porque, en las últimas décadas, en Occidente, estamos viviendo un continuo, permanente y más que alarmante carnaval, empezando por la ideología woke dominante y finalizando por la mediocridad de la clase política, más preocupada por mantenerse en el poder, a costa de lo que sea, que en procurar el bienestar de la sociedad. Ahí tenemos al desinquieto de Trump, barriendo para casa y tratando de repartirse el mundo con la Rusia de Putin, anclada en la nostalgia de tiempos pasados, y la China post-Mao, mezcla de lo peor del comunismo y el capitalismo. La vieja Europa comandada por doña Úrsula, Macron y el defenestrado Sholz, más decrépita que nunca, incapaz de ponerse de acuerdo en nada, embaucada por los cantos de sirena de la Agenda 20-30, sólo alcanza a lamentarse, tras ser ninguneada por el inquilino de la Casa Blanca. Si miramos para casa, la corrupción y la mentira oficializada cabalgan como Atila por Europa, en una clarísima deriva autoritaria de Sánchez, el autoproclamado “faro de Occidente” frente a Trump. Por todo esto y algo más, cada vez son más las voces que se alzan advirtiendo que Occidente tiene los días contados, señalando signos de decadencia tales como las raquíticas tasas de natalidad o directamente el rechazo a tener hijos, la falta de un sólido sistema de valores espirituales, morales o intelectuales y, sobre todo, la búsqueda de la comodidad y el placer como único principio absoluto, de ahí que estemos viviendo en un mundo que parece vivir en un continuo carnaval, donde se subvierte absolutamente todo, no vamos a volver a incidir sobre ello, pero es la triste realidad, por mucho “brillibrilli” que quieran darle y por mucho derecho, con el que pretendan revestir las ocurrencias de cuatro papanatas metidos a visionarios.

Al final, llegamos a nuestro mundo de las cofradías. Por desgracia, no somos inmunes a la situación actual. El humus del que habla mi amigo Blas. Hace unos días, Curro Bono entrevistaba al actor Antonio Garrido, el popular “hermano mayor del Palermasso” quien, al analizar la figura del nazareno, hablaba de dos tipos de penitentes: los que visten el hábito de su hermandad y los que se disfrazan. Para los primeros, la túnica es su segunda piel, es sagrada y con ella no se juega; para los segundos, sólo es algo para pasar un rato más o menos divertido. Todos hemos oído hablar de aquel padre que fue a recoger “el disfraz de nazareno” de su hijo. En Córdoba hay hermandades que no hablan de túnica o hábito, sino de “traje de nazareno”. Unas veces por falta de información, la mayoría de las ocasiones por absoluta y manifiesta falta de formación, los cortejos procesionales son cada vez más numerosos, pero cada vez menos respetuosos con las normas de la estación de penitencia. Los cultos brillan por sus magníficos altares y por la más insultante ausencia de hermanos. Los grupos de presión, léase costaleros o bandas, campan por sus respetos quitando y poniendo hermanos mayores. Si a todo este cúmulo de despropósitos, unimos las frecuentes y hasta cansinas salidas extraordinarias pretextando cualquier historia, las magnas magnísimas que se van ocurriendo, organizando y celebrando, siempre con la aquiescencia de los que mandan, más preocupados por la imagen y la masa que por mantener la esencia, hacemos un pan con unas tortas pues, al final, todo se reduce a número de turistas y a euros recaudados. Como sigamos así, pronto le pondrán velas rizás a los pasos de peatones para animar el cotarro.
Foto de portada: Silueta de un palio reflejada sobre un paso de peatones. PacoRomán





