Reflexiones heterodoxas | Católico y cofrade… ¡y qué!

Reconozco que el titular de esta columna resulta un tanto chulesco, ¿a qué negarlo?, pero es que no se me ocurre mejor modo de reivindicar lo que soy, lo que somos muchos cordobeses, andaluces, españoles, europeos y occidentales, para que quede bien claro. A lo largo del tiempo que vengo asomándome a esta ventana, he reivindicado en numerosas ocasiones nuestras raíces judeo cristianas, nuestros orígenes grecolatinos y nuestra religión católica, como cimientos sobre los que está construido nuestro sistema de valores en el que la libertad de pensamiento, tanto filosófico, como político y/o religioso, está consagrada. En el que la igualdad entre hombres y mujeres, porque no hay más clases, está garantizada, aparte está la retahíla de géneros que se han inventado los gurús del wokismo. Donde la igualdad de oportunidades, en función de nuestros méritos y capacidad, está garantizada por nuestra legislación más básica, procedente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por la ONU el 10 de diciembre de 1948, y cuyos cimientos se encuentran enraizados en el humanismo cristiano. Otra cuestión es lo que hagan las oligarquías dominantes en cada momento de la historia, donde se retuercen estos principios hasta llegar a conclusiones absurdas y, con demasiada frecuencia, contrarias a lo que se dice defender, valga solo un ejemplo: Si declaramos y aceptamos que la vida es un bien universal, al que todos tenemos derecho (Artº. 3 de la DUDH) ¿cómo es posible que, a la vez, se defienda el aborto como derecho universal inalienable? La contradicción resulta palmaria pues, mientras que no se demuestre lo contrario y ya digo que es imposible tal demostración, el feto es una persona distinta de la madre que lo gesta en su seno, por tanto, es sujeto de derechos básicos tan elementales como es el derecho a la vida, por lo que su eliminación es un execrable asesinato sin ningún tipo de excusas ni falsos argumentos.

Alumbrado “navideño”. Foto: PacoRomán

Todo esto viene a cuenta de las celebraciones navideñas que estamos a punto de comenzar. Ahora ya no celebramos la Navidad, esto es, el nacimiento del Hijo de Dios. Celebramos “las fiestas”, ¿qué celebramos? Y aquí se abre una amplísima panoplia de vacuidades de mucho cuidado. Comenzando por los colegios, donde, una vez más, en nombre de la inclusión, el alumnado es disfrazado de árbol, de ovejas, cabras, renos, a veces de pastores y cantan canciones insulsas socapa de villancicos y todo porque al político de turno, unas veces por propia ideología y otras por miedo a parecer “carca, facha o retrógrado” entra al trapo descafeinando la celebración. En otras columnas ya nos hemos referido a los alumbrados navideños, a la publicidad y al bombardeo que sufrimos a diario invitándonos al consumo: “La Navidad sabe…”, “La vuelta a casa…”, hay que comprar las fragancias de las marcas más exclusivas, o las ñoñerías del anuncio de la lotería.

Nazarenos de la Hermandad de la Sentencia. Foto: PacoRomán

La cuestión es: ¿Qué se esconde detrás de todo esto? Evidentemente, lo primero y primordial, detrás de todo esto aflora el capitalismo más desaforado para el que cualquier resquicio ofrece una ventana de mercado. Pero vallamos más al fondo de la cuestión: ¿Qué hay detrás de ese afán de inclusión, de descafeinar la celebración para que “todo el mundo pueda participar”? Estamos viviendo un momento histórico que parece sacado de las historias de hace siglos, incluso milenios. Al inicio de esta columna aludía a nuestras raíces más profundas, origen de todo un sistema de valores que se vio reforzado tras la derrota del nazismo. En la actualidad, todo está sometido a la crítica más exacerbada, se habla de cultura y de “moral” líquida, no hay nada que no sea susceptible de ser sometido al análisis más despiadado. No hay ningún punto de apoyo, porque todo es relativo. No hay verdad absoluta o, lo que es lo mismo, todo depende de la voluntad individual, lo que puede llevar a consecuencias inimaginables en la actualidad, tales como la aceptación de la pedofilia, la zoofilia y todas las filias que se puedan pensar u ocurrir. Una auténtica aberración. Detrás de todo esto están los experimentos de ingeniería social que buscan una sociedad acomodaticia, dependiente, acrítica y obediente. ¿Por qué se favorecen los movimientos migratorios de países islámicos o del tercer mundo hacia occidente?  Porque es la mejor manera de acabar con nuestra cultura amparados bajo el paraguas de un falso corpus de derechos. Por esta razón me niego a aceptar las imposiciones amparadas en el buenismo más ramplón, por esta razón me declaro católico y cofrade ¿Y ahora qué? ¡Feliz Navidad a las gentes de buena voluntad!


Foto portada: Como dice el refrán: “El arbolito… desde chiquito”. Jovencísimos cofrades sevillanos participando en la procesión del Corpus de 2024. Foto: PacoRomán.