El triunfo de la Ilustración, trajo consigo una auténtica revolución en la concepción del mundo, desplazando a Dios de la centralidad, merced a la razón, para situar en ella al hombre. Ciertamente, el renacimiento ya había hecho lo mismo con respecto al arte, aunque en este punto la Iglesia siguió ocupando el lugar de preeminencia, dado su papel como mecenas de todas las disciplinas plásticas. Máxime cuando este mecenazgo venía avalado por siglos de trayectoria que enlaza directamente con la civilización romana.
Como decimos, el triunfo de la razón traerá consigo una serie de profundas reformas en el campo del pensamiento, el súbdito va a dar paso al ciudadano, los estamentos cederán su puesto a las clases sociales, el vasallo pasará a ser obrero e incluso patrón y, en fin, el triunfo de la burguesía permitirá, ya en el siglo XIX, que todos los ciudadanos, por el hecho de serlo, tuvieran derecho a voto. Mucho más tarde, las mujeres, alcanzarían este derecho. Recordemos a este respecto que la arcádica segunda república española concedió el voto a la mujer, gracias al apoyo de los partidos de derechas, enfrentados a los partidos de izquierdas, recelosos del sentido que pudiera adquirir el voto femenino, merced a la influencia de maridos o de confesores.
Como consecuencia de esta auténtica revolución social, en la actualidad, salvo los depredadores de lo ajeno que siempre han existido, todos aceptamos como reglas del juego para una convivencia pacífica, conceptos como la libertad individual, la separación entre la Iglesia y el Estado, la libertad de comercio, la propiedad privada, la Universidad como foco emisor de la ciencia, motor del progreso y, sobre todo, los derechos individuales reconocidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Dichos principios son de una racionalidad preclara, de un sentido común tan apabullante, que están tan incardinados en nuestro ADN que nadie, salvo los antes indicados, los cuestiona sólo cabe una pregunta, pero ¿sabemos cuál es el origen de tales ideas? ¿Dónde se fundamentan tales principios? Podríamos decir que en lo que los juristas denominan “Derecho Natural”, pero… ¿es eso así? El historiador estadounidense, analista político y escritor Thomas E. Woods, Jr., en un magnífico libro titulado “Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental” (Ciudadela, abril de 2007), nos ofrece un esclarecedor trabajo donde pone de manifiesto la labor realizada por la Iglesia a lo largo de la historia, a la vez que desmonta muchos mitos o, como hoy se denominan, bulos.
Tradicionalmente, se ha considerado que el período histórico denominado como “Edad Media”, es una etapa oscura, cuajada de supersticiones, donde el púlpito imponía su ley de forma implacable y todo lo que no fuera estrictamente canónico era condenado a la hoguera. Lejos de esta visión, a todas luces sesgada, la realidad es que los grandes monasterios acabarán constituyéndose en los valedores del saber y la cultura grecolatina, así como centros en los que, merced al principio de caridad cristiana, surgen los primeros hospitales y los primeros centros educativos donde van a ser atendidos los más desfavorecidos. De este aspecto trataremos más adelante en otra columna. Sus grandiosas bibliotecas albergarán, prácticamente, todos los títulos publicados en siglos precedentes. Bien es cierto que la civilización islámica tradujo los antiguos tratados filosóficos, médicos y científicos heredados de las Grecia y Roma clásicas, pero no es menos cierto que en los monasterios, de forma callada e ininterrumpida, se procedía a la misma labor. Por esta razón no cabe sorprenderse del hecho de que las Universidades modernas sean producto de la labor científica y divulgadora llevada a cabo por la Iglesia. Las primeras universidades que otorgan títulos con su organización corporativa y relativa autonomía surgen en la Europa cristiana medieval. Antes de 1500 se establecieron más de ochenta universidades en Europa occidental y central. Durante la posterior colonización de América, la universidad se introdujo en el Nuevo Mundo de manos de los dominicos, quienes fundan en 1538, en la República Dominicana, la Universidad Santo Tomás de Aquino, por bula papal de Pablo III, confirmación de 1558 por decreto imperial de Carlos V. A partir de aquí, España funda otras 24 universidades repartidas por todo el continente americano. De este modo la Universidad, de manos de la Iglesia, se extendía por todo el mundo como el centro de educación superior. Enlazando con la fundación de la primera universidad americana, hemos de referirnos a lo que, actualmente, es conocido como “Derecho Internacional”, a la base de todo se encuentran los debates de los teólogos católicos españoles, sobre los derechos inherentes a los pueblos americanos, que se verían sustanciados en las “Nuevas Leyes de 1542” en favor de los pueblos indígenas, leyes que, a pesar de su fracaso, dieron paso a los trabajos del dominico Francisco de Vitoria, quien es considerado como padre del Derecho Internacional moderno.
Como vemos, lejos de lo que el pensamiento único trata de imponernos y tal vez por eso mismo, la Iglesia tiene y sigue teniendo la culpa de la formación del pensamiento moderno.
Foto: PacoRomán. Vista del claustro del Real Monasterio de San Juan de la Peña, lugar de enterramiento de los primeros reyes de Reino de Aragón.





