Siguiendo nuestra aproximación a la Semana Santa de otros tiempos, en esta ocasión, de la mano de don Ricardo de Montis, nos acercamos a tradiciones, ya desaparecidas, que aparecen recogidas en sus conocidas Notas Cordobesas, en cuyos tomos I, III, VII, VIII y X, nos aproxima a las costumbres propias de la Córdoba de la segunda mitad de la centuria decimonónica.
En primer lugar, de Montis sentencia: «La Semana Santa nunca fue celebrada en Córdoba con la ostentación que en otras poblaciones… Dos características muy poéticas y eminentemente populares la caracterizaban: los altares y las saetas.» Esto no significa que en nuestra ciudad no se celebrara la Semana Santa, sino que se vivía de forma más íntima y recogida. Evidentemente, en este modo de celebrar la semana de pasión influía de forma aplastante el famoso Decreto del Obispo Trevilla que redujo la Semana Santa en la calle a la procesión oficial del Santo Entierro, a la que nos referiremos más adelante.
Según nos cuenta nuestro cronista, los días previos a la Semana Santa eran aprovechados para limpieza general de las casas y, muy especialmente, de aquellas que se encontraban en el recorrido de las procesiones. Asimismo, la habitación principal de la casa, la que tenía el ventanal más grande a la calle, era acondicionada para instalar su monumento, normalmente compuesto por la imagen de un Cristo crucificado que podía estar acompañado por otras de la Virgen o de santos. Las paredes eran cubiertas por colgaduras, donde aparecían espejos, cornucopias y candelabros para la cera, mientras que el suelo aparecía sembrado de juncias y mastranzos.
También en los días previos a la Semana Mayor, además de sacar de armarios y baúles las “ropas de cristianar”, era costumbre la preparación de roscos, pestiños y otros dulces para ser degustados por la familia y ofrecidos a los eventuales saeteros que se acercaban al altar familiar. Señala de Montis que nuestras saetas eran distintas de las sevillanas, pues aquí reflejaban “el grito que lanza la madre al ver muerto a su hijo”, por lo que “cantada por una mujer nos da la impresión más exacta del sublime poema del Gólgota”.

La tradición marcaba la visita de los altares, en la noche del Jueves Santo, ‘velando al Señor’, por las fechas que escribía estas crónicas, primeras décadas del pasado siglo, esta tradición sólo se conservaba en “los barrios bajos de la ciudad”. Para la ocasión, los mozos, reunidos en cuadrillas, iban realizando su ronda, parándose en los altares que se encontraban en su camino. Normalmente comenzaba a cantar el que mejor lo hacía del grupo, que acto seguido era respondido desde dentro de la casa por una de las mujeres que allí se encontraba. Si el cantaor era amigo de la familia de la casa era obsequiado con la clásica copa de aguardiente y una exquisita torta. Una letrilla muy popular rezaba del siguiente modo:
«¡Qué hermoso está el monumento
con tanta luz encendía;
mujeres que estáis adentro
dispertar si estáis dormías
a adorar al Sacramento…!»
En materia de procesiones, afirmaba de Montis, «…nunca se ha distinguido esta capital ni por el número ni por la calidad de las mismas». A este respecto recoge las salidas del Señor de los Panaderos (Calvario), que el Domingo de Ramos era llevado al Marrubial. El lunes eran los curtidores los que sacaban, no siempre, al Señor en el Huerto. Aunque la procesión de mayor arraigo era la del Señor Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor que salía en la noche del Jueves Santo, integrada por los toreros del barrio de la Merced, con Lagartijo al frente, “cuyo busto parece reproducido de una moneda romana” y los piconeros de Santa Marina donde destacaba la presencia de tiznaos como el Pilindo, el Manano, el Retor y tantos otros que dieron fama a la collación santamarinera.
La principal procesión era la Oficial del Viernes Santo que se formaba en la parroquia del Salvador. Presidida por la Cruz Guiona y estaba integrada por un crucificado, normalmente el Cristo de Gracia, Nuestra Señora de las Angustias, el Santo Sepulcro y la Virgen de los Dolores, cuyo paso estaba considerado como el de mayor lujo y magnificencia de la ciudad. Junto a estas imágenes, a veces, procesionaban los ya citados del Calvario y el Huerto, Jesús Nazareno del hospital del mismo nombre, Jesús Rescatado y Jesús Amarrado a la columna de San Francisco, llegando a procesionar en alguna ocasión el Cristo del Amor acompañado por las imágenes de los dos ladrones.
Algunas de estas corporaciones lucían túnicas blancas, moradas o negras y sus integrantes iban cubiertos con “enormes cucuruchos, de los cuales pendía un pedazo de tela que cubría el rostro, a guisa de antifaz.” Al parecer, estas túnicas eran como las actuales de cola, con la salvedad de que no iban recogidas en la cintura, si no arrastradas por los penitentes, conocidos como mazaragüevos, lo que hacía que los niños colocaran grandes piedras sobre las mismas, resultando hechas girones al finaliza la estación de penitencia.
La Semana Santa culminaba el Domingo de Pascua con la procesión del Señor Resucitado, recorriendo la feligresía de Santa Marina. Este día era costumbre el colgar de los balcones peleles que representaban la figura de Judas, denominados “Júas”, que acababan destrozados a palos y pedradas. También se acostumbraba a celebrar la resurrección del Señor con el toque de gloria, disparos de armas de fuego y arrastre de latas, costumbre que, en opinión de Ricardo de Montis era propia de salvajes, pero no de pueblos medianamente civilizados.
En los dos días centrales de la celebración, los fieles “dedicábanse únicamente a conmemorar el drama sublime del Gólgota” abarrotando los tempos para asistir a los Santos Oficios, que se celebraban por la mañana y, a primeras horas de la tarde, comenzaba la visita a los Monumentos y Sagrarios. Tras reponer fuerzas con el potaje, las espinacas, el bacalao frito y las natillas o “las frutas de sartén” (roscos y pestiños), al caer la tarde se reanudaba la visita a los Monumentos y eran muchos los que acudían a escuchar el “Miserere” del maestro Ravé. A las nueve de la noche, mucho público se agolpaba para contemplar la procesión de Jesús Caído y, a pesar de trasnochar, la población madrugaba para acudir a los Divinos Oficios del Viernes Santo, escuchar por la tarde el Sermón de las Siete Palabras y asistir, a continuación, a la procesión oficial del Santo Entierro. Más de un siglo nos contempla de aquellos tiempos donde lo importante era el ser y no el parecer. Hoy hemos ganado en vistosidad y en suntuosidad, pero hemos perdido en gran medida el sentido de los actos que, con tanto, ahínco esperamos para conmemorar cuando llega la Semana Santa.






