Reflexiones heterodoxas | Nolli me tangere

Clarea el primer día de la semana después de la cruel e injusta muerte del Maestro. Lentamente, los primeros rayos de sol comienzan a rasgar el velo de la noche, componiendo una sinfonía de violetas, rojos, naranjas y azules sobre el firmamento de Galilea. El canto del gallo se propaga por toda la ciudad y las tinieblas, poco a poco, comienzan a disiparse. La tradición judía marca que el difunto debe ser enterrado el mismo día del fallecimiento, aunque previamente debe ser sometido a la Tahará, o baño ritual, y purificarlo con especias aromáticas y buen aceite, normalmente una mixtura de mirra y áloe para colocarle a continuación los Tajrijim (mortajas blancas), con las que se quiere indicar que la muerte iguala a todos. Como Jesús murió unas tres horas antes de que comenzara el Sabat, José de Arimatea, ayudado por Nicodemo y otras personas, lo enterraron sin haber terminado de preparar el cuerpo, por esta razón, al despuntar el alba de ese primer día de la semana, María Magdalena, María la de Cleofás y María Salomé, las miróforas -portadoras de mirra- deciden dirigirse a la tumba de Jesús para ungir su cadáver y dar cumplimiento a lo que marca la Ley Mosaica.

María Magdalena es una mujer misteriosa, guapa, esbelta y decidida pero muy reservada, que ha seguido a Jesús desde el inicio de su predicación. Algunos la relacionan con la corte del Tetrarca Herodes, al que habría abandonado asqueada, tras el asesinato de Juan el Bautista. Otros, por el contrario, afirman que era una prostituta arrepentida, conmovida por el mensaje de amor del Maestro. Hay quien dice que Jesús la habría librado de una posesión demoníaca. Cada cual tiene una opinión, aunque de cierto, nada de nada. En cualquier caso, se trata de una de las mujeres más cercanas a Cristo, que siempre se ha mantenido en un discreto segundo plano pero que, en los momentos más trágicos y difíciles, al igual que sus compañeras y a diferencia de los apóstoles, excepto Juan, ha estado presente junto a María en el Gólgota. Por ello, sobreponiéndose a su propio dolor, toma la iniciativa de amortajar debidamente el cadáver de su Señor. Al igual que le había ocurrido a Pedro, la tensión de los días vividos le ha dejado marcada una honda huella en su bello rostro. Los regueros de lágrimas derramadas han provocado profundos surcos rojizos en su bello rostro que, poco a poco, han tomando una tonalidad parduzca, generando una especie de mueca de tristeza, desesperación y amargura.

La guardia romana estaba desconcertada, desesperada, aturdida y asustada porque la pena de muerte gravitaba sobre sus cabezas. Foto: PacoRomán

María de Cleofás, la segunda mujer del grupo, es hermana de la Virgen María y, por tanto, tía de Jesús. La tercera componente del grupo, María Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo, también es hermana de la Virgen, es una mujer que no da un paso sin antes haberlo meditado suficientemente. A pesar de su relación familiar con Jesús, no pertenece a su círculo más próximo.

Cubriendo sus rostros para protegerse del frío de la mañana y a salvo de miradas indiscretas, las tres mujeres callejean buscando llegar a la Puerta de Damasco o de los Peces, hacia lo que hoy se conoce como Skull Hill, la colina de Gordon o según los antiguos, el Gólgota. Sólo se oye el rachear de sus pies cansados y el ladrido de un perro que, asustado, provoca la respuesta de toda la población canina de la ciudad. Cuando llegan a la puerta, los guardias, todavía somnolientos, acaban de abrirla, se sorprenden de la presencia del grupo, aunque sin hacerles el más mínimo caso. Entre dientes discuten el modo como han de actuar cuando lleguen a la tumba: Primero deben de convencer a unos guardias a los que intuyen reacios, cuando no, abiertamente hostiles. En segundo lugar, se les presenta un problema no menos importante: ¿cómo van a mover la gran piedra que sella el sepulcro?

¿Por qué buscáis entre los muertos a quien ha resucitado? Foto: PacoRomán

Durante el trayecto, sus corazones palpitan a ritmo de vértigo, y las situaciones vividas el pasado viernes se les vuelven a hacer presentes en toda su crudeza y horror, en un torbellino desbocado de sensaciones dolorosas. Tras un giro del camino, por fin, se dan de cara con el lugar del sepulcro, pero las cosas no son como ellas esperan y, lo peor, no son como debieran de ser: los guardias están aterrorizados, trastornados, parecen desorientados, como enloquecidos porque algo que, no alcanzan ni a comprender ni a describir, acaba de suceder. Entre espasmos y mascullando, sólo hablan de un estruendo seguido de un gran resplandor y de la tumba abierta. Y esto último sí que es motivo de desasosiego para ellos, porque temen la reprimenda cuando no la dura represalia de sus jefes –dormirse en la guardia está castigado con la pena de muerte-. Y para ellas, pues no saben qué se van a encontrar en su interior y ni siquiera están seguras de que el cuerpo del Maestro siga depositado en la tumba. Sobreponiéndose al primer sobresalto, María Magdalena se adelanta al grupo y, recelosa, se introduce en el interior de la tumba. Como se teme, ¡el cuerpo no está, lo han robado! -piensa- Pero… ¿quién? Las ideas se amontonan en su cabeza sin poder ordenarlas mínimamente. Ahora el corazón es como un caballo desbocado. La vista se le nubla y se encuentra al borde del desmayo. No se da cuenta de una presencia detrás de ella, que la mira con rostro que rebosa amor, paz y felicidad. Al punto, sobresaltada, se da cuenta de que alguien, de blanco inmaculado, la tranquiliza: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret… ha resucitado… Id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea: allí lo veréis, como os dijo”.

Aterradas, dudando entre si la noticia es buena o mala, pues todo aquello les parece un desatino increíble, salen huyendo presas del miedo que se ha apoderado de ellas, y van a buscar a Pedro para informarle. Cuando llegan al Cenáculo les falta el resuello y hasta la vida. Como era de esperar, la noticia cae como un terremoto entre unos aterrados apóstoles, que en estos primeros momentos tan sólo les preocupa salvar sus tristes y desdichadas cabezas, y que no dan crédito a lo que oyen. Tras unos primeros momentos de desconcierto, acuerdan volver al sepulcro, esta vez acompañadas de Pedro que es el único que tiene arrestos para salir a la calle y enfrentarse con la situación.

Cuando llegan de nuevo al sepulcro, dispuestas a recuperar el cadáver a toda costa, un hombre le indica a Magdalena que quiere hablar con ella en privado. No lo reconoce a la primera, cree que es el hortelano, pero cuando escucha su voz, su corazón da un brinco de alegría indescriptible, quiere tocarlo, pero éste no se lo permite con misteriosas palabras: “No me toques porque aún no he subido al Padre”. Es Jesús que ha resucitado.


Foto de portada; ¡Cristo ha resucitado!. PacoRomán