Reflexiones heterodoxas | Ocurrió el Viernes Santo de 2007

Acabamos de iniciar una nueva Cuaresma, el “Tiempo”, con mayúsculas, para nosotros los cofrades. Es el momento de los reencuentros, del esprint preparatorio de la próxima estación de penitencia, se renuevan las papeletas de sitio, se desempolvan las túnicas, que no trajes ni mucho menos disfraces, nazarenas. Por las calles comienza a verse un constante trasiego, normalmente de niños acompañados o adolescentes portando sus nuevos capirotes de cartón o de rejilla. Desde poco después de Navidad, las igualás y los ensayos de costaleros se suceden por doquier, mientras que las distintas formaciones musicales se aprestan afinando sus instrumentos y puliendo las composiciones que este año estrenarán, aumentando y sus respectivos repertorios habituales. Por si todo esto fuera poco, los primeros brotes que anuncian la ya inminente primavera, hacen que nuestros corazones comiencen a latir al ritmo de la granadera. De soslayo, comenzamos a mirar para el cielo, este año el Miércoles de Ceniza… En este ambiente se me vienen a la cabeza dos hechos acaecidos el Viernes Santo de 2007.

La ciudad llevaba varios días viviendo bajo la presión mediática generada por la prensa afín al régimen que, a toda costa, cual bandada de alimañas carroñeras, pretendía escarnecer al mundo cofrade cordobés bajo las acusaciones de misógino, retrógrado, ultramontano, facha y reaccionario. Todo, a cuenta del ruido artificial e interesado que se había organizado en la ciudad, y que había trascendido al resto de España, como consecuencia de la negativa de la Junta de Gobierno de la hermandad de los Dolores, a que dos costaleras continuaran bajo las trabajaderas del paso de la Señora de Córdoba, constituyendo la única cuadrilla mixta de nuestra ciudad. Afortunadamente, el cielo todavía no había dicho su última palabra, las primeras horas de la tarde se presentaban inciertas, alternándose los grandes claros con amenazantes cumulonimbos que sólo transmitían incertidumbre. La inestabilidad atmosférica, propia de la primavera andaluza, tomaba carta de naturaleza en forma de sendos truenos y una leve llovizna para poner fin al morbo, ayudando a los miembros del Cabildo de Aguas a tomar la decisión de suspender la estación de penitencia. Quien esto escribe, tuvo la oportunidad de vivir en primera persona los momentos previos al anuncio de la decisión de la directiva servita. Las escenas protagonizadas por los plumillas becarios, destacados en Capuchinos, resultó un auténtico sainete, pues hicieron gala del desconocimiento supino que, en su inmensa mayoría, demostraron tener del hecho cofrade, llegando a tildar a los costaleros de desagradecidos pues, cuando les preguntaban qué iba a pasar mientras se celebraba el Cabildo de Aguas, ellos respondían que no lo sabían, cosa que era cierta pero que los intrépidos reporteros achacaban a un presunto pacto u orden de silencio. Hubo una, supongo que titulada en periodismo, que, alardeando de su ignorancia, criticó al medio que me había mandado, argumentando que quienes escribíamos para ese rotativo sí que sabíamos de aquello. Fue patético. ¿Alguien se imagina la que se habría liado si este hecho, ocurrido durante el gobierno del malhadado Zapatero, hubiera tenido lugar bajo la hégira del Sr. Sánchez y sus podemitas? ¡Para cortarse las venas!

Grupo de costaleras del palio de Nuestra Señora de la Encarnación, componentes de la única cuadrilla integrada exclusivamente por mujeres en nuestra ciudad. Ellas coinciden con sus compañeros masculinos en el rechazo a las cuadrillas mixtas por razones obvias. Foto: PacoRomán

Sin embargo, no muy lejos de allí, mientras que aquella tormenta en un vaso de agua experimentaba su momento álgido, eran muchos los cordobeses que, expectantes, casi acongojados ante la incertidumbre climática, esperaban el gran momento de la Semana Santa de 2007: el estreno de la nueva urna-relicario en la que, a partir de entonces, la hermandad del Santo Sepulcro iba a procesionar a su Sagrado Titular. La aparición del nuevo paso bajo el cancel jesuítico se vio acompañada por un sonoro silencio, mezcla de incredulidad y de admiración, amalgama de alegría y respeto. Sí, fueron muchas y variadas las reacciones de cuantos nos encontrábamos en la plaza de la Compañía, aunque todos participábamos del éxtasis por el conjunto arquitectónico, auténtico auto de fe, en el que Cristo, de forma simbólica baja cada año hasta ese Sehol, oscuro y hermético, situado bajo las arcadas de la antigua mezquita musulmana para, unos instantes después, salir triunfante de la Catedral cristiana, proclamando a los cuatro vientos que la muerte ha sido vencida, que hay esperanza en una resurrección cierta, porque Él nos ha redimido del pecado entregando su propia vida.

Paso de la urna poco después de atravesar el cancel del templo jesuítico en 2007. Foto: PacoRomán

Ciertamente, aquella tarde quedaron patentes y enfrentadas dos formas de entender la vida, por desgracia, cada vez más acentuadas y, por tanto, de entender la Semana Santa: aquella que no ve más allá de las formas vacuas, frívolas y pueriles de esta sociedad entontecida bajo los designios de la dictadura de lo políticamente correcto, aquella que se queda sólo con el envoltorio y el espectáculo callejero, frente a aquella otra que va más allá, que sabe convertir las formas en auténticas obras de arte, y a éste en singular catequesis plástica que nos invita a reflexionar sobre el mensaje de amor, fe y esperanza que día a día nos ofrece Cristo, muerto y resucitado para la salvación de toda la Humanidad. Que cada cual se quede con lo que mejor le plazca.


Foto portada: Nuestra Señora de los Dolores transcurriendo por el Patio de los Naranjos, camino del palquillo de salida de la Carrera Oficial. PacoRomán