Acaban de finalizar los Juegos Paralímpicos de París, competiciones cuya contemplación debería de ser de obligado cumplimiento, tanto para jóvenes como para adultos pues, después de lo visto y vivido a través de las pantallas de televisión, la cosa da para mucho que pensar, tal y como hizo en su blog el popular juez de menores, Emilio Calatayud, cuando ponía de manifiesto el esfuerzo, el tesón y la lucha de los atletas paralímpicos con el siguiente comentario: «Gabriel (dos Santos Araujo ‘Gabrielzinho’) un nadador brasileño sin brazos, ha ganado dos oros en París, (al final han sido tres) pero la noticia es que Mbappé mete goles» y este sólo es un ejemplo de los muchos que, a lo largo de estas semanas han luchado por vencerse a sí mismos y a las dificultades para llegar a lo más alto. Nombres como el del chino Guo con cuatro medallas y dos récords del mundo, el de su compatriota Jiange con siete. O el caso de la atleta india Sheetal Devi que no tiene brazos y, para poder realizar el lanzamiento del arco, utiliza su pie izquierdo como apoyo. U otros tan cercanos a nosotros como Alfonso Cabello, Teresa Perales, Marta Arce, ‘Tasy’ Dmytriv, Dani Molina o Susana Rodríguez, nos hablan bien a las claras de que, si se quiere, se puede. Y esta realidad se puede contemplar, muy especialmente, en las competiciones de natación, evidentemente no son las únicas, pero la semidesnudez de los competidores pone de manifiesto, con toda su crudeza, las limitaciones que les ha impuesto la naturaleza y la vida.
Aparentemente, cómo han cambiado las cosas, no cabe duda de que nuestra sociedad ha avanzado hasta límites insospechados y en esto, como en tantas otras muchas cosas, la doctrina social cristiana ha ejercido un papel fundamental, pues por algo fue la inspiradora de la Declaración Universal de los derechos humanos. La Convención de Naciones Unidas de los derechos de las personas con discapacidad, celebrada en Nueva York el 13 de diciembre de 2006 y ratificada por España (BOE 21 de abril 2008), constituye, desde el punto de vista internacional, el momento clave hacia una nueva era en el tratamiento de la discapacidad. La dignidad, la igualdad y la libertad de estas personas se convierten en el objetivo a alcanzar a través de todas las medidas que se adopten. Sin embargo, qué lejos estamos de alcanzar las cotas de respeto, protección y apoyo que debemos a estas personas. Esta Convención no establece nuevos derechos, sino que prevé las medidas, tanto de no discriminación como de acción positiva, que los Estados deberán implantar para garantizar que, más de 650 millones de personas, puedan disfrutar de sus derechos humanos en igualdad de condiciones con quienes no padecen una discapacidad, y promoverá su participación, con igualdad de oportunidades, en los ámbitos civil, político, económico, social y cultural. Lejos queda ya, es verdad, aquello de despeñar a los niños discapacitados de la belicosa Esparta, al río Eurotas, pero en la actualidad, después de dos milenios de historia, se considera, incluso desde los estamentos que más interés debieran tener por defender la vida, que un feto es cualquier cosa menos el proyecto de un ser humano con todo lo que ello conlleva, por lo que el asesinato del nasciturus es considerado un derecho inalienable para las mujeres. Hoy se protege más el huevo de una especie en vías de extinción, que la vida del no nacido, y si éste viene con discapacidades añadidas, entonces, casi con toda seguridad, será víctima de la cultura de la muerte y de esa doble vara de medir que caracteriza a las sociedades más avanzadas. Lo más curioso de todo, es que esto sucede desde la antigüedad más remota. La Roma clásica ya mostró interés y legisló sobre la discapacidad especialmente la mental, como se recogía en los mores maiorum, las XII Tablas y otros textos legales que han acabado pasando a nuestro derecho positivo; incluso llegaron a investigar y proponer soluciones médicas para los discapacitados, tal y como ocurrió con el gran emperador Marco Aurelio quien, a instancias de su médico, Galeno, utilizó los beneficios de la equino terapia cuando tenía necesidad de tomar decisiones importantes. Sin embargo, esto no era así para el resto de los mortales, pues esa misma sociedad romana no tenía el más mínimo reparo en utilizar a personas discapacitadas para someterlas a todo tipo de vejaciones, convirtiéndolas, en el mejor de los casos, en bufones de sus domus y palacios. Práctica que continuó a lo largo de la Edad Media y en siglos posteriores pues podríamos afirmar que perdura hasta la actualidad, aunque cambiando el envoltorio. En un artículo publicado en el País, Peio H. Riaño recogen los resultados de las investigaciones realizadas por el historiador del arte, José Moreno Villa, quien señala que los Austrias emplearon a un loco o a un enano por año en sus diversiones, eran conocidos como “gente de placer”. La misión de estos personajes era acabar con las penas de los reyes y los nobles. Entre 1563 y 1700 hubo más de 120 de estos “especialistas en barrer la melancolía de la Corte”, señala el historiador. Ahí están los famosos enanos de Velázquez: Don Sebastián de Morra, el bufón calabacillas, Francisco Lezcano “el Niño de Vallecas” o la famosa Mari Bárbola del cuadro de las Meninas. Y lo peor de todo, como afirma la hispanista Inger Enkvist, en una entrevista publicada en El Debate, la doctrina woke, tan en boga, basándose en sentimientos irracionales y no en hechos empíricos, considera a estas personas como víctimas dignas de una compasión más política que ética por lo que, en el fondo, lo que interesa es el grupo indeterminado, amorfo y no las personas concretas sujetos de derechos y necesidades concretas, lo que no deja de ser una perversa fuente de corrupción que nos aboca a la desaparición con sociedad integrada por personas acreedoras de derechos inalienables, para transformarnos en una sociedad igualitaria y deshumanizada, donde los derechos individuales no existen, salvo para el “amado líder” y las élites que detentan el poder. Desde estas líneas no quiero dejar de recordar a doña Dolores Moreno, ‘Loli’, madre de ‘Currillo’ y de Juan, ambos víctimas de una enfermedad degenerativa que los llevó a la tumba; Señora de las tabernas en 2011y hermana de la Cena, una mujer que siempre hizo gala de una alegría, una fuerza, un empuje y, sobre todo, una fe inquebrantable, que la llevó a sobreponerse siempre con una sonrisa los sinsabores que jalonaron toda su vida. Desde estas líneas mi recuerdo emocionado y mi admiración.






