Reflexiones heterodoxas | Reflexionemos que falta nos hace

Acabamos de finalizar las celebraciones navideñas en las que, por decreto, hemos sido solidarios, nos hemos deseado y hemos derrochado afanes de paz, amor, felicidad y hemos estado dispuestos a compartir hasta con nuestros enemigos más íntimos en las odiosas comidas de empresa y hasta de hermandad. Pero todo esto se acabó y ahora toca volver a la dura realidad del tiempo ordinario, caracterizado por el “yo primero”, “quítate tú para ponerme yo” o el “sálvese quien pueda”. Comienza la dura cuesta de enero, que será continuada por las penosas rampas de febrero y los casi inexpugnables puertos de marzo, dicho todo esto en términos ciclísticos, hasta poder llanear en abril al son de marchas procesionales. Iniciamos una nueva etapa de desierto espiritual, aunque, para nosotros los cofrades, con la esperanza puesta en la próxima Cuaresma, un nuevo tiempo que, como el de Adviento, se nos invita a reflexionar y a convertirnos por encima de todo. De nuevo nos adentramos en un tiempo de espera, de ilusiones renovadas, si en Navidad y Reyes rememoramos las aspiraciones infantiles, los momentos imborrables de la niñez y recordamos a las personas que ya no están, ahora evocaremos esos instantes indelebles que se alargan en el tiempo con regusto a eternidad, en un intento desesperado por retener en nuestros corazones lo que, por esencia, es fugaz y perecedero. En un proceso de catarsis individual y colectiva, nuestra memoria se transformará en el futuro que ha de llegar: aquel rincón de la Córdoba eterna…, aquella sonrisa limpia que por unos instantes nos transportó a realidades de otros tiempos…, aquellos aromas a inciensos evanescentes, ceras derretidas y azahares etéreos…, esas primeras risas juveniles, plenas de entusiasmos desbordados e inagotables…, la luz del atardecer acariciando a la ciudad… Todo, todo está en nuestras memorias, porque todos deseamos que esos momentos imborrables sean eternos como una mirada clara y profunda, como el abrazo de una madre, como el recuerdo más recóndito. Siempre volvemos a aquellos sitios buscando reencuentros con sabor a primera vez, para volver a vivir nuestra Semana Santa particular hecha de retazos sabiamente dispuestos, formando un conjunto de perfección sin igual.

Nazarenos de la Hermandad de Ánimas por carrera oficial. Foto: PacoRomán

Ya han comenzado las convocatorias para las primeras igualás, los gimnasios empiezan a recibir a esta nueva suerte de gladiadores de la trabajadera, de gominas inmoderadas y patillas bandoleriles, huevo en las cervicales a modo de trofeo de guerra, y que se entienden en el idioma costaleril del “¡toh poriguá valientes!”, del “¡derecha alante, izquierda atráh!”, del “¡máh poquito a poco!” o del clásico por antonomasia del “¡al cielo con ella!”. Pero todo esto sólo será una ensoñación, algo así como la espuma de un vaso de gaseosa o de una cerveza mal tirá, porque detrás, normalmente, solo hay humo y vacío. Tres cuartas de lo mismo ocurrirá con los cortejos nazarenos, cada vez más numerosos, cada vez más perfectos, pero volvemos a lo mismo, si levantamos los cubrerrostros o los antifaces, como prefieren los puristas, nos encontraremos con risueñas caras bisoñas que, en el mejor de los casos, apenas superan la mayoría de edad porque gente con más de treinta, y no digamos ya metidos en la tercera edad, apenas unos cuantos que se cuentan con los dedos de las manos.

Mano de un músico y parche de su bombo ensangrentados. Foto PacoRomán

Pronto llegarán los desérticos quinarios, triduos, besapiés y besamanos. La geografía urbana se verá salpicada de Vía Crucis, en los que va más gente detrás de la sagrada imagen que alumbrando su camino. Luego vendrán todo un corolario de solitarios pregones, exaltaciones, presentaciones de carteles y muchas, muchas, muchas marchas procesionales, cargadas de bombos, estridencias de cornetas y aires de flamenco woke. Ciertamente, en estas fechas que muy pronto vamos a vivir, nos enfrentaremos a dos formas de entender la vida y, por tanto, de entender la Cuaresma y luego la Semana Santa: frente a quienes no ven más allá de las formas vacuas, frívolas y pueriles de esta sociedad, entontecida bajo los designios de la dictadura de lo políticamente correcto, estarán aquellos otros, la inmensa minoría, que viven los cultos de sus hermandades con recogimiento y devoción, que no alardean de ser cuaresmeros o capillitas militantes, que saben disfrutar en sus corazones de las formas barrocas de la imaginería y la talla, del bordado, del exorno floral o de las candelerías bien pinchadas, y transformar todas esas sensaciones en auténticas obras de arte efímero, y a éste en singular catequesis plástica, que nos invita a reflexionar sobre el mensaje de amor, fe y esperanza que día a día nos ofrece Cristo, muerto y resucitado para la salvación de toda la Humanidad, porque de esto se trata, de reflexionar, de catequizar, de hacer protestación pública de nuestra fe, aunque al final todo se transforma en circo callejero, en molestias para los que tienen la suerte de que las cofradías pasen por su calle o en ganancias para unos cuantos, gracias a la ocupación hotelera.


Foto portada: Costaleros en pleno esfuerzo durante un ensayo. PacoRomán