En la Cuaresma de 2002, organizada por la Agrupación de Hermandades y Cofradías y bajo el patrocinio de CajaSur, recibí el encargo de montar una exposición fotográfica sobre la Semana Santa cordobesa, a partir de los fondos del Archivo “Ricardo”, propiedad de la Obra Social y Cultural de la Caja, y que fue titulada “Semana Santa en Córdoba: La Pasión Según el Fotógrafo “Ricardo” (1942-1969)”. Mi sorpresa y admiración fue grande al comprobar la extensa producción de Ricardo Rodríguez, no sólo en el terreno específico de las celebraciones cuaresmales, sino en todo el amplio espectro en el que se desarrolla la vida de una ciudad como Córdoba, de ahí la inmensa dificultad que supuso el organizar la exposición y, por esta misma razón, dicha muestra sólo recogió el período comprendido entre 1942 y 1969, haciendo coincidir su final cronológico con el profundo cambio generacional que se produce en el máximo órgano cofrade cordobés a inicios de la década de los setenta, con la llegada a su presidencia de Rafael Zafra y que Ricardo sabrá captar con fina agudeza.
Sin lugar a dudas, Ricardo Rodríguez “Ricardo”, es uno los más significados y prolíficos redactores gráficos cordobeses del siglo XX, heredero de la tradición reporteril iniciada en Córdoba a finales del XIX por Eleuterio Almenara y continuada por profesionales como Nogueras, Montilla, Santos o su coetáneo Ladis. A lo largo de sus 42 años de profesión Ricardo captó la evolución de la Semana Santa de Córdoba en el período que abarca desde 1942, tres años antes de la fundación de la Agrupación de Hermandades y Cofradías, hasta 1984, año en el que deja la actividad profesional. Contemplando sus fotografías asistimos a profundas transformaciones, comenzando por los materiales fotográficos -puede comprobarse cómo la potencia del flash utilizado en sus comienzos quemaba los primeros planos, apareciendo éstos como manchas blancas, mientras que, conforme pasan los años estas grandes manchas van transformándose, dando paso a gamas de grises que perfilan y dan volumen a las figuras-, siguiendo por la geografía urbana de la ciudad, sus gentes y, por tanto, su Semana Mayor.

Desde el punto de vista histórico, resulta evidente el hecho de que nuestra Semana Santa evolucionó paralelamente al régimen político, social y económico surgido tras la Guerra Civil por lo que, casi, podríamos hablar de una etapa de autarquía, coincidente con la que se vive en España desde el final de la contienda hasta mediados de la década de los cincuenta. Esta etapa inicial vendría seguida por otra de apertura hacia el exterior en la que, desde el punto de vista estrictamente formal, comienzan a llegar modelos e influencias foráneas. Mientras que, desde el punto de vista político-económico, nuestra Semana Mayor se va a convertir en un reclamo turístico más, tal y como lo demuestra la imposición, por parte del Ayuntamiento, de la carrera oficial por los alrededores de la Santa Iglesia Catedral y el interior del Patio de los Naranjos, aunque sin realizar estación de penitencia en el primer templo de la ciudad, siempre buscando la imagen efectista y la atracción del turismo. Actividad económica que, a principios de la década de los sesenta del pasado siglo, comienza a configurarse como panacea para superar la debilidad endémica de la economía española. Lo más penoso de todo es el hecho de que este desacertado intervencionismo institucional, va a provocar una crisis que por poco acaba con un movimiento que venía gestándose con muchos esfuerzos y pocos medios.
Con estas premisas de partida, ¿cómo es la Semana Santa que recoge Ricardo en sus instantáneas? ¿Qué es lo que perdura de aquella Semana Santa? A la vista de la obra de Ricardo, ¿Se puede hablar de una esencia cordobesa frente a influencias foráneas?
Como ya ha quedado apuntado, la labor profesional de Ricardo se inicia poco después del final de la Guerra Civil, por lo que sus primeras imágenes nos hablan de una sociedad de posguerra, desgarrada y rota por tres años de lucha fratricida que ha dejado a España sumida en la más profunda de las pobrezas. Y es esa situación socio política la que aparece reflejada en aquellas primeras imágenes de nuestra Semana Santa, en las que la presencia del estamento militar y los símbolos del poder resultan determinantes. Es una Semana Santa pobre, en el sentido literal de la expresión, donde se recurre a la instalación de focos para iluminar las imágenes, dados los precios casi prohibitivos de la cera. Es una Semana Santa más conceptual que formal, más preocupada por el mensaje evangélico que por la forma de presentarlo. O dicho de otro modo, nuestras hermandades responderían a un modelo prebarroco muy alejado de las exuberancias netamente barrocas que poco a poco se van imponiendo en nuestros días y que no son sino reflejo de la sociedad actual.

En otro orden de cosas, no podemos dejar de lado las imágenes que aparecen en segundo plano y que, en ocasiones, llegan a cobrar tanto o más protagonismo que los motivos centrales de las fotografías. En este sentido llaman la atención algunas transformaciones urbanas, especialmente en la plaza de las Tendillas; o la presencia de esos niños famélicos, rapados para evitar el contagio de enfermedades provocadas por la falta de higiene; o la inquietante ausencia de público, en general, incluso al paso de alguna de las cofradías de más raigambre. En este sentido da la impresión de que en nuestra ciudad no arraigó con tanta fuerza, aunque se dieron casos, el prurito aparecido en el resto de España, donde se acudió a la Iglesia, en general, y a la religiosidad popular, en particular, como refugio seguro para hacer desaparecer o, al menos, soslayar antiguas veleidades liberales o republicanas, cuando no izquierdistas.
Otro de los aspectos sobre el que merece la pena reflexionar contemplando la obra de Ricardo es la abrumadora mayoría de hermandades que rinden culto a un crucificado, en detrimento de los tradicionales nazarenos, de tanta raigambre en la geografía andaluza, por no hablar de la casi inexistencia de pasos de misterio. A esta característica habría que unir la reutilización de pasos desechados por hermandades que pasan al patrimonio de otras de nueva creación; o la escasa presencia en los cortejos procesionales de pasos de palio completos. Las pocas imágenes marianas que procesionaban en estas fechas, generalmente, tenían al cielo como palio, ya que su generalización en la Semana Santa cordobesa será muy posterior y nos está hablando de una situación socio económica favorable, tal y como se pondrá de manifiesto a partir de mediados de la década de los sesenta.
La “revolución” de los setenta, corre paralela al cambio en las perspectivas económicas, permitiendo a nuestra Semana Santa dar un salto adelante: gana en riqueza ornamental, aparecen nuevas hermandades; el público comienza a abarrotar las calles; se convierte en una de las principales fuentes de ingresos de nuestra ciudad, aunque ésta siempre se queda corta a la hora de las contrapartidas y comienzan a aparecer, todavía muy jóvenes, los personajes que protagonizarán el despegue de las décadas de los ochenta y noventa de la pasada centuria.
Como conclusión de cuanto hemos expuesto en esta sinopsis, hay que resaltar el hecho de que Ricardo nos muestra en su obra una Semana Santa en formación, carente de recursos y de identidad propia, ésta última motivada por la falta de tradición provocada por más de 125 años de vida larvaria cuando no de absoluta inactividad. Nos muestra una Semana Santa clasista, característica de una ciudad de interior que permanece encerrada en sí misma, aunque, paradójicamente, carente del apoyo popular que se le presta en el resto de Andalucía. En cualquier caso, lo que no se puede dejar de afirmar es que Ricardo nos presenta una Semana Santa viva, con presencia de reminiscencias que nos trasladan a un pasado que bien pudo ser de esplendor porque, en palabras de José Cruz Gutiérrez, en una entrevista publicada en el suplemento dominical de Diario CÓRDOBA, de fecha 15 de febrero de 1998, Ricardo Rodríguez, “Ricardo”, fue un hombre que, “supo entender la fuerza y la trascendencia de la imagen”.






