«Dios hizo a Santiago, Patrón de España, que no existía entonces, para que cuando llegue el día pudiera interceder por ella y volverla otra vez a la vida con su doctrina y con su espada»
Francisco de Quevedo.
Cuenta la tradición cristiana que, tras el día de Pentecostés, Santiago visitó la Hispania romana en su periplo evangelizador y que, en un momento de desánimo, fue la propia Virgen María la que vino a la península para confortarlo. Según este relato, el 2 de enero del año 40 d. C., la Madre de Dios, poco tiempo antes de su asunción al cielo, se apareció al Apóstol en carne mortal. El lugar del encuentro habría sido en la ciudad de Cesaraugusta, la actual Zaragoza, dejando como recuerdo del momento una columna de jaspe conocida popularmente como «el Pilar». Se cuenta que Santiago y los siete primeros conversos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe a orillas del Ebro. Este testimonio es recogido por un manuscrito de 1297 de los Moralia, sive Expositio in Job, de Gregorio Magno, que se custodia en el Archivo del Pilar.

Se ha discutido mucho sobre la presencia del Hijo del Zebedeo en España. Hay autores que niegan la mayor: Santiago nunca pisó la península ibérica. Otros autores coinciden en afirmar que el Hijo del Trueno, como también es conocido, efectivamente vino a Hispania para evangelizar a los pueblos peninsulares. Dentro de este grupo, unos afirman que, tras cruzar el Mare Nostrum –el Mediterráneo-, habría atravesado las Columnas de Hércules –estrecho de Gibraltar- para adentrarse en las procelosas aguas de los atlantes hasta llegar a las tierras de la Gallaecia, nombre con el que los romanos designaban la actual Galicia y el norte de Portugal. Frente a quienes defienden esta teoría, están los que afirman que la llegada a la península tuvo lugar por el puerto de Tarraco, entonces capital de la Hispania Citerior, circunstancia que le habría permitido adentrarse hacia el interior del territorio siguiendo el cauce del río Ebro, lo que he habría permitido llegar a Cesaraugusta, donde se habría topado con María. Como podemos ver, todo son especulaciones. Lo único cierto lo conocemos por el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se cuenta que Santiago fue decapitado por órdenes de Agripa I, rey de los judíos y nieto de Herodes el Grande. La ejecución habría tenido lugar entre los años 41 y 44 d. C. Vuelve a ser la tradición la que nos relata, que los seguidores del Apóstol habrían recogido sus restos mortales y embarcado hacia la Gallaecia, donde llegaron a la localidad de Iria Flavia, actual Padrón, en cuya iglesia de Santiago se conserva un cipo de época romana, conocido como “El Pedrón”, donde sería amarrada la nave, origen del nombre actual de la población. En aquel paraje labraron una tumba en la que habrían depositado los restos del Apóstol, tumba que, con el paso del tiempo quedaría olvidada y perdida, al quedar engullida por la naturaleza circundante. Habrán de pasar, casi ocho siglos, cuando, hacia el año 812 ó 813, un ermitaño llamado Pelayo o Paio dijo haber visto una estrella posada sobre el bosque del Libredón. Se lo comunicó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, fueron allí y descubrieron en la espesura la antigua capilla donde se encontraban las reliquias atribuidas al apóstol. La noticia se difunde y llega hasta Asturias, donde reinaba Alfonso II, (c. 760–842), apodado el Casto, quien peregrina hasta allí con su corte y manda construir una primera iglesia en el lugar donde, según la tradición, reposaban los restos del apóstol Santiago. La periodista y escritora, Isabel San Sebastián, en una deliciosa novela titulada “La Peregrina”, cuenta la aventura vivida por el Rey Casto, en cuyo séquito viaja Alana de Coaña, “la visigoda”, su personaje más famoso, para ofrecernos un viaje fascinante por los arriscados paisajes asturianos, donde se suceden los profundos y nemorosos valles, flanqueados de infranqueables cimas. Parajes donde la tierra parece querer alcanzar el cielo, cuando las copas de los árboles quedan por debajo del camino y las rapaces se dejan llevar por las corrientes de aire, hasta situarse a ras de la vista del caminante. Estos primeros peregrinos discurrirán por lugares tan míticos, en la actualidad, como el Puerto del Palo (1.146 m.), la Mesa, el Puerto del Acebo (1.024 m.) o la capital Lucense, para desviarse, a continuación, hasta la abadía benedictina de San Julián de Samos, donde el Rey Alfonso había pasado su infancia entre los monjes. Tras esta breve visita, el soberano y su séquito se encuentran con el obispo Teodomiro, certificando que, efectivamente, aquellas son las reliquias del Hijo de Zebedeo. Para finales del siglo IX, a pesar de las dificultades en las comunicaciones, la devoción jacobea se había extendido por Europa, lo que hace que dos siglos después el número de peregrinos aumentara considerablemente, gracias a los flujos económicos y culturales que se establecen entre los distintos reinos europeos. Siguiendo esta vía, la península se incorpora a las corrientes artísticas de la época, primero el románico y luego el gótico, así como a las distintas expresiones artísticas y reformas monacales del medievo, muy especialmente la cluniaciense, que establece toda una red de monasterios, en lo que hoy conocemos como el Camino francés. Después del siglo XIV el Camino de Santiago fue cayendo en el olvido hasta su resurgimiento de la mano del ministro Manuel Fraga en la década de los sesenta del pasado siglo.

Llegados a este punto, cabría preguntarse si Santiago está realmente donde dicen que está. Frente a quienes aceptan la tradición al pie de la letra, la fe tiene razones que la razón no comprende. Hay autores que afirman que los restos óseos custodiados en Compostela pertenecerían a Prisciliano de Ávila (Gallaecia, aprox. 340-Civitas Treverorum, actual Tréveris, 385) obispo hispanorromano que fue ejecutado junto a otros compañeros, tras ser acusado de brujería y gnosticismo. Por otra parte, los que niegan la presencia del Apóstol en Compostela, hablan de una invención por parte del obispo Teodomiro, para contrarrestar la creciente influencia del Islám. En el año 756, Abderramán I había establecido en nuestra ciudad, el Emirato Independiente, dando comienzo a la dinastía Omeya de Al Andalus, que culminaría dos siglos después con la proclamación del Califato de la mano de Abderramán III. Recordemos que Almanzor convirtió las campanas de la catedral compostelana en lámparas para la mezquita aljama. La mítica batalla de Clavijo, fechada el 23 de mayo del año 844, dirigida por el rey Ramiro I de Asturias contra el emir Abderramán II, con la no menos mítica intervención milagrosa de Santiago, sirvió como aglutinante de los reinos cristianos entorno a la figura del Apóstol, generando un espíritu de unidad religioso cultural y, a la postre, política que, con el paso de los siglos, al grito de “Santiago y cierra España”, consolidó las posiciones cristianas, frente a los musulmanes que, paralelamente, entraron en declive hasta su expulsión total. Esta devoción provocó que, en 1630, reinando Felipe IV, el papa Urbano VIII decretara oficialmente que el Apóstol Santiago, el Mayor, fuera considerado solo y único Patrón de la Nación Española.
Por otra parte, no cabe duda que Santiago el Mayor y la peregrinación hasta su tumba, a pesar de los peligros que entrañaba, permitió una incipiente globalización que, basada en los principios grecolatinos y cristianos -hoy seriamente cuestionados y atacados por la ceguera funcional del neocomunismo más rancio y populista- puso las bases de la futura civilización occidental, la única que, a pesar de todas sus sombras, colocó a la persona en el centro de la acción política y social.
Foto portada: La tumba del Apóstol. El origen de esta historia. Foto: PacoRomán





